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Reseña
A cien metros contados de Watts Cantina, los venezolanos Dano Jiménez y Francisco Medina recuperaron a finales de 2025 su idea primigenia con la apertura de un diner a la americana. Ellos no son nuevos, ya sabéis, son los que con sus pancakes gloriosos han contribuido al renacer diurno —y mestizo— del latineo. Y es que antes de que existiera Watts, Dano y Francisco imaginaron lo que sería montar algo alrededor de este tipo de restaurantes estadounidenses fomentados desde la tradición de la migración judía y polaca. No se atrevieron del todo y les salió una cantina, sí, latina. En La Latina. Pero siempre estaba lo de tener buenos pancakes —ahí lo clavaron—, buen sirope de arce canadiense, beicon y café. Mejor que el de los diner de allí, claro. De especialidad, como el de Toma Café, el tostador donde ambos habían trabajado. Así que, una vez afianzaron la comunidad en torno a Watts, a la vuelta de la plaza de los Carros se lanzaron con todo su arsenal.
The Diner sale con una carta más simplificada que cualquiera de las interminables que protagonizan los diner de carretera californiana o de esos sueltos en viejos vagones de tren y emplazamientos fronterizos, como antes se daban a la entrada y salida de Manhattan. Por ahora levantan de 9 de la mañana a 6 de la tarde, aunque en verano querrán aprovechar hasta más tarde la terraza abierta a la plaza de la Paja.
El antiguo lugar estaba destruido, así que lo reformaron al completo. Con detalles como el suelo de damero, los bordes inox en la barra y las mesas naranjas, los booths de madera y acolchados en verde, o las persianas con leds camuflados para que dentro se tenga la sensación de que el día es eterno. La cocina esconde poco a través de la cristalera del fondo y es acorde a la amplitud del local, separada la barra de los comedores por un largo pasillo. Aspiran a tener 19 mesas en total, van poco a poco y no admiten reservas. Por ahora se echa en falta más detalles retro en un espacio tan diáfano.
En las mesas, las servilletas y las cubetas con los cubiertos y las salsas. Aparecerán la jarrita de sirope y, muy necesaria, la de agua, así como la casi obligada taza de café, con opción a refill. Preparan flat white, algunos tés y hasta tonic espresso. Por seguir con la bebida, abarcan la pinta de Guinness, pero también la kombucha y la limonada Arnold Palmer (con iced tea), tan yanki. No la dejan ahí y la convierten en Tipsy Palmer añadiendo un poquito de bourbon para hacer de ella un trago largo, ligero y refrescante, inspirado en uno que probaron en Clinton St. Baking de Nueva York.
Como estos chicos saben lo que se hacen, completan el pequeño apartado de cócteles con un Bloody Mary al que en vez de tabasco añaden sriracha gochujang, un Big Papa que no es sino una limonada de bienvenida con jengibre pero alegrada por el tequila, una jarra de Mimosa, y un estupendo Mont Blanc, muy australiano, de espresso y nata montada, fragante por la ralladura de naranja y al que el vodka le acaba dando el chispazo boozy.
A primera hora entre semana debería volar la fórmula Early Bird de un par de huevos con beicon (o aguacate), pan y café, a 9 euros. Para sábados y domingos, el brunch no entra en su lenguaje y menos aquí que a cualquier hora del día se permite pedir la carta entera. Siempre está la posibilidad de ir sumando extras en un pedido personalizado que suele contentar al cliente extranjero. Marchando una salchicha, una tostada, tiras de beicon y unos huevos revueltos.
Pero The Diner tiene sus encargos fundamentales. Están los pancakes de Watts, con mantequilla y sirope de arce, o con beicon y huevos. Están los waffles con pollo frito, irresistiblemente excesivos: lo tempurizan al estilo coreano con una mezcla de harina, fécula o maicena, y especias antes de entrar a la freidora para lograr un rebozado muy crocante que con el sirope no se reblandece. Y está el Reuben, otro clásico de Nueva York, sándwich de ternera en salmuera, chucrut, mostaza y queso suizo. También el bocadillo de albóndigas caseras, con carne de ternera y parmesano, pequeñas y muy italoamericanas.
Bubbles & Fries es un concepto más de los que cazan al vuelo y que se sale del aperitivo de vermut y gilda: 40 euros a mesa completa que incluye una botella de espumoso, normalmente algún pet nat (champán y cremant llevan suplemento), y un cubo de patatas fritas, bien saladas y crujientes. La fiebre por las patatas es tal que los fines de semana despachan entre 40 y 45 kilos. Los que gusten de vinos naturales, que pregunten por la selección. Y los que aporten niños, que aquí se lo pasarán en grande, tienen la seguridad de los tenders de pollo y de la cheeseburger.
Difícil que la familia, o quien sea, eluda la parte dulce en The Diner. No ya por sus pancakes sino por unos socorridos canelé, pequeños cilindros caramelizados, por los pasteles de temporada, por el babka de fin de semana, o por la cheesecake del todo neoyorquina, con queso philly y más compacta que nuestra tarta vasca. Ah, y la cookie de chocolate está tremenda, muy cremosa gracias a que en lugar de mantequilla meten tahini. Os hemos dicho que saben lo que se hacen.
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