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Reseña
“Vamos, vamos, habibi, corre que te lo pierdes”. Imaginamos así la invitación a probar el tercer local del chef Imran Rafi en Lavapiés. Yala Yala nos llega del árabe a modo de cariñosa llamada a darse prisa. Lo que se cuece en lo más alto del barrio, en la zona de Antón Martín, es la reciente llegada de este pequeño restaurante dedicado a las recetas de Oriente Medio. Presentadas con ese mimo tan necesario para no caer en los lugares comunes. Imran es cocinero desde hace 25 años. Llegó de Londres y ya no es forastero en Lavapiés. Empezó a triunfar un lustro atrás con Caravan Café y su propuesta de brunch y café de especialidad. Antes había probado suerte en el mismo lugar con una coctelería, pero acabó prefiriendo algo más “sano” y con lo que entender mejor el barrio. Después llegó Bunny Chao, street food asiático, con una carta dinámica que no cae en el saco de la fusión. Algo fácil, rápido y sabroso, otro éxito en miniatura.
Así, llegó hace año y medio la oportunidad de macerar este nuevo local que ahora empieza a andar. ¿Qué faltaba en el barrio dentro de lo que le gustaba? Oriente Medio fue la respuesta. Sabiendo que Imran estuvo en contacto con la cocina india, influenciada por el legado mogol. Esta vez, Yala Yala presenta una oferta más fina y elaborada. Imran va sin socios, tan solo de la mano de su mujer que a su vez cuenta con la cafetería Nomade unos metros más arriba, en la esquina con la calle Tres Peces. Que se hayan hecho fuertes hasta fidelizar un equipo, con su mano derecha Gabriel al frente, no es mala señal.
En la fachada convive la pintada del nuevo rótulo con el viejo letrero que corresponde a un gastrobar gallego. Entremedias se dio cita un japonés más. Dentro, destaca una integración muy luminosa que se vale de los gruesos muros del edificio, del ladrillo original al igual que el entramado de madera del techo. Sobre este esqueleto, la reforma colocó bancos de obra y aplicó microcemento y unos azulejos traídos desde Valencia. Hubo que eliminar una escalera que lo invadía todo y desalojar el almacén de abajo para instalar una cocina de producción que complementa la de arriba. Separando los dos espacios de sala, una socorrida barra que da servicio. De aquí salen algunos cócteles, todavía con cierta timidez y más para la noche. Por ahora intentan defenderse con mojitos y palomas, pero suman otras opciones refrescantes y de aperitivo como un tom collins, un negroni, un sbagliato o un americano. Poco a poco, veremos.
La carta de comida es más bien corta. Lo que importa de entrada es que todo se hace en casa, desde el pan de pita a las salsas. De los entrantes sobresalen el labneh (8 euros) y el muhammara (9 euros). El primero, muy cremoso, fragante y fresco, con puerros asados, guisantes, habas, hierbas frescas y ajo confitado. El segundo, muy demandado, mezcla pimiento rojo asado, nueces y pasas. Además de un hummus, el resto de mezzes (aperitivos o platillos de arranque) son una ensalada de granada y un atún rojo aliñado con limón, semillas de mostaza, aceitunas negras, cebollino y cilantro (14 euros). Para no llegar demasiado lleno a los principales, mejor alternar cualquiera de estos dos últimos platos con uno de los de untar pan.
Y es que lo que queda también es contundente. La berenjena borani (16 euros), estofada a la parrilla con tomate y cúrcuma, además de yogur especiado, cumple entre la parte vegetariana. El tajine de kefta (16 euros) es uno de los que se impone más, con albóndigas de ras al hanout y un mejunje final templado y picantito, además del dulzor del albaricoque, que vuelve a agotar las existencias de pita. Tan completo como el imprescindible shawarma de pollo, en su punto por dentro y bien tostado por fuera, con pepinillo y cherrys confitados. Demasiada ensalada de hierbas, tal vez, mientras el bocado gana jugosidad al incluir en la base un pan empapado en suave alioli de ajo.
La selección de helados facilita rebajar el contraste de sabores, el regusto a ajo y la generosidad de las cantidades. Los más golosos se fijarán en la tatín de manzana con helado de vainilla o en la creme brulee con pistachos. Sin embargo, creemos que el postre estrella es el chocolate delice (10 euros), un lingote al 55% sobre una base crujiente de corn flakes triturados con praliné de avellanas para sustituir al hojaldre francés, junto a un delicioso helado casero de café turco. Buen equilibrio.
Por lo demás, la lista de vinos en Yala Yala es mínima: tres blancos, tres tintos. Al menos, bien escogidos para acompañar (potenciar y limpiar, según) sin que decaiga la experiencia. Desde el coupage gallego en natural de Tiro al Blanco (Morto Wines, Matías Michelini) al monastrell con garnacha de Remordimiento (Cerrón), en Jumilla. Del riesling alsaciano y tropicalista de Schoffit al Ribera de Los Cantos (Torremilanos), la tinta de Toro buenrollista de Dominio El Bendito o la siempre disfrutable xarel·lo Miranius de Celler Credo. Lástima que a mediodía entre semana solo abran los viernes.
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