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Reseña
Dice Ignasi Vidal, director de este montaje sobre lo que ya es un clásico contemporáneo del teatro americano, que desde muy joven le fascinó David Mamet. Y es cierto que ese amor por el autor estadounidense se refleja en una dirección muy fiel al universo y a la esencia del teatro de Mamet, esas historias pequeñas de gente corriente un tanto maltratada por la vida, que sobreviven como pueden a base de trapicheo y sueños de baja estofa. Pero por muy simples que parezcan, los personajes de Mamet, como ocurre en American Buffalo, suelen tener más capas de lo que en un principio aparentan.
Vidal saltó al ruedo de la autoría y la dirección teatral con una obra, El plan (que acabaría llegando al cine también) absolutamente mametiana y que, en muchos aspectos, le debe mucho a American Buffalo, no sólo por esta estructura basada en tres personajes masculinos y un tiempo y un espacio únicos donde se desarrolla una acción que gana en suspense, sino también por una cierta doblez cómica que tienen los personajes a su pesar y que no es más que un escudo para sobrellevar una realidad de la que querrían huir pero que los atrapa como atrapa a tanta gente un sistema voraz que exige hacer malabares para mantenerse a flote.
El montaje presenta un atiborrado escenario que emula la tienda de artículos de segunda mano de Don (David Lorente), un fondo hiperrealista en el que se mueven las figuras que representan, con dos ritmos distintos, Teach (Israel Elejalde), que no para quieto ni un momento, que parece puesto de speed el 90 por ciento del tiempo, y Bob (Roberto Hoy) el muchacho al que Don ha acogido bajo su protección. Bob y Don tienen una especie de relación padre hijo un tanto extraña. Bob fue yonki, parece ser, y se mueve como flotando, lento y despistado, aparentemente, aunque algunas de las cosas que hace y dice parecen esconder algo más. Este triángulo es el que genera una acción que es más verbal que física, con una traducción del texto original a cargo del también dramaturgo Borja Ortiz de Gondra que ha españolizado un poco los chascarrillos y los improperios, pero que en esencia ha trasladado a Mamet con bastante fidelidad.
La obra se vive como se viven las típicas películas norteamericanas de los años 70 y 80 del pasado siglo y todas las malas y buenas copias que ha ido generando ese estilo, películas de tipos normales que se buscan la vida poniendo carne, grito y testosterona a saco al lado oscuro del sueño americano, al individualismo feroz y a esa figura tan recurrente en la idiosincrasia de Estados Unidos que es el perdedor, que a fuerza de dedicarle obras, novelas, cuadros y obras de teatro, se ha convertido casi en un mito que, por otro lado, culturalmente tiene poco que ver con nosotros, pero que nos empeñamos en importar fascinados no se sabe muy bien por qué, supongo que, en este caso, porque para un actor resulta un ejercicio interpretativo muy atractivo.
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