1. Casi ninguna verdad
    ©Bárbara Sánchez Palomero | Casi ninguna verdad
  2. Casi ninguna verdad
    ©Bárbara Sánchez Palomero | Casi ninguna verdad

Reseña

Casi ninguna verdad

5 de 5 estrellas
  • Teatro
  • Crítica de Time Out
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Time Out dice

Salir de esta función con la tentación de contarla es casi inevitable. Y, sin embargo, hacerlo sin destriparla se convierte en un pequeño ejercicio de contención, casi de ética, que una no siempre logra dominar. Me acordé, mientras bajaban las luces, de aquella frase de 'Grandes esperanzas': "No voy a contar la historia al pie de la letra, la contaré como yo la recuerdo…". Quizá sea la forma más honesta de acercarse a lo que aquí ocurre, porque asumir que lo que una ha visto no es exactamente lo que otro verá, ni siquiera lo que volverá a ver si repite.

La pieza se presenta, en apariencia, bajo una estructura reconocible: una conferencia sobre la mentira, un coloquio posterior en el que se analiza lo que acabamos de ver, y un concierto que vuelve a insistir, o a dinamitar, esa misma idea. Pero pronto se entiende que todo está levemente desplazado. No es exactamente una conferencia, ni un coloquio, ni un concierto. Es, si acaso, una especie de simulacro consciente de serlo, una pseudoconferencia, un pseudodebate, un pseudoconcierto que se permiten el lujo de no responder ante nadie más que ante su propio juego.

La pregunta aparece sin avisar: ¿quién tiene el control del relato?

Y ahí empieza lo interesante. Porque la obra no solo habla de la mentira, la practica, la exhibe, la desmonta… y la vuelve a montar delante de tus ojos sin pedir permiso. Hay un momento (no diré cuál, por puro respeto a quien aún no la haya visto) en el que una anécdota situada en octubre de 2006 parece ser compartida por todos los presentes en escena. Es inquietante, incluso un poco incómodo. No tanto por lo que se cuenta, sino por cómo se instala la sensación de que ese recuerdo podría ser tuyo también. La pregunta aparece sin avisar: ¿quién tiene el control del relato?

Esa inquietud encuentra un eco especialmente potente en una de las escenas más celebradas y, al mismo tiempo, más desasosegantes, unas cañas en un bar castizo de Madrid, de esos que cada vez abundan menos. Allí, entre risas y cierta incredulidad, se deslizan acontecimientos que, en aquel momento, suenan disparatados. Y sin embargo, como espectadora en 2026, una no puede evitar una punzada. Porque ahí están: la pandemia, los muertos en las residencias, el genocidio de Gaza, historias mediáticas que han rozado lo grotesco, decisiones políticas que entonces parecían imposibles de imaginar. La escena funciona como un espejo deformante que, curiosamente, devuelve una imagen demasiado nítida.

La obra invita a quedarse dentro, a vivir en bucle esa ficción, porque el futuro es desalentador

Es en ese punto donde la obra da un giro que, personalmente, me dejó removiéndome en la butaca. No tanto por lo que afirma, sino porque que quizá el refugio más cómodo sería quedarse a vivir dentro de esa ficción, en bucle, repitiendo una y otra vez ese pasado en el que el futuro aún no había sucedido. Porque el futuro, nuestro presente, no resulta especialmente acogedor. La obra invita a quedarse dentro, a vivir en bucle esa ficción, porque el futuro que espera fuera es desalentador. Y ahí está, creo, su pregunta más incómoda, qué cosas estamos creyendo ahora, en 2026, que dentro de veinte años descubriremos que era mentira. Quién tiene el control del relato. Y si acaso importa saberlo.

Lo fascinante es que, a pesar de que la obra insiste constantemente en la fragilidad de cualquier verdad, una cae. En algún momento compré una versión, creí una emoción, me dejé llevar por una lógica que luego se desmoronaba sin previo aviso. Y lejos de sentirme engañada, lo que apareció fue una especie de placer raro, casi infantil. Como cuando sabes que te están haciendo un truco de magia y aun así quieres creerlo.

A pesar del caos, y de dar la sensación, en algunos escenas, de que todo podría estar improvisándose en ese mismo instante, la obra funciona con una precisión casi quirúrgica. Todo desmonta donde tiene que desmontar, todo cae en su sitio en el momento justo. Lo que parece descontrol es, en realidad, un artefacto muy bien calibrado. Y eso, que podría volverse frío o mecánico, aquí está disfrazado de un caos absoluto que se disfruta.

La obra funciona con una precisión casi quirúrgica

La escenografía de Pablo Chaves Maza acompaña ese viaje: arranca desde un espacio casi desnudo y va creciendo, acumulando capas, objetos, ruido, hasta desembocar en un desorden que, contra todo pronóstico, resulta gozoso. Los elementos reciclados de otros montajes del CDN no restan, al contrario, hay algo muy honesto en esa economía de medios que termina generando su propio lenguaje. Hay una gotera. Hay una gotera que es completamente real aunque sea mentira, o mentira aunque sea completamente real, y en ese detalle está condensado buena parte del espíritu de la obra.

En escena conviven ocho intérpretes que manejan registros muy distintos y que, sin embargo, encuentran una naturalidad compartida que no debe haber costado poco construir. Hay momentos de Norberto Llopis sonriendo al público con cara de incredulidad que no olvidaré en mucho tiempo. Hay algo en Espe López que hace que una quiera quedarse a vivir en cada escena en la que aparece. Cris Blanco está sencillamente sublime, transitando una evolución tan precisa como sorprendente. Su presencia inicial, casi excesiva, llena de capas y artificio, va mutando poco a poco en algo mucho más desnudo, más reconocible, sin que apenas una perciba el momento exacto en que sucede. Tiene varios instantes de una brillantez muy particular, de esos que se te quedan adheridos. También destacan los momentos de Óscar Bueno, con una energía muy afinada para el tono cambiante de la pieza, y José Lucena, que se despliega en varios personajes a lo largo de la función con una soltura que sostiene buena parte del juego escénico. Y hay una Gloria March que hace exactamente lo que tiene que hacer en el momento exacto en que tiene que hacerlo, y eso, que parece sencillo, es de una dificultad enorme. Quizá por eso la pieza se percibe, en conjunto, como la crónica de una mentira anunciada. No en un sentido fatalista, sino como una especie de advertencia lúdica. Todo puede ser cuestionado, incluso lo que parece más evidente. Y, aun así, seguimos necesitando creer en algo.

Lo que queda, al final, no es tanto una conclusión como un eco. Una vibración incómoda y, al mismo tiempo, estimulante. La sensación de haber asistido a algo que no se deja atrapar del todo. Y la sospecha, cada vez más persistente, de que al salir del teatro, seguimos dentro de la función.

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