1. Obra 'Del fandom al troleo'. Foto: Celina Martins
    Obra 'Del fandom al troleo'. Foto: Celina Martins
  2. Teatro La Abadía. Foto: celina_martins
    Teatro La Abadía. Foto: celina_martins
  3. Obra 'Del fandom al troleo'. Foto: Celina Martins
    Obra 'Del fandom al troleo'. Foto: Celina Martins
  4. 'Del fandom al troleo'. Foto: Celina Martins
    Obra 'Del fandom al troleo'. Foto: Celina Martins

Reseña

Del fandom al troleo

4 de 5 estrellas
  • Teatro
  • Crítica de Time Out
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Time Out dice

Si estás harta de sobrepensar, te hago un favor: corre a ver Del fandom al troleo.

Así, sin rodeos. Te ahorro el proceso mental, como haría la propia obra. Nosotras, que podemos quedarnos 15 minutos decidiendo si un mensaje lleva un emoji o dos, deberíamos agradecer cuando alguien reduce nuestro consumo por decreto artístico. Y esta pieza de Berta Prieto es justamente eso: un salvavidas para la mente cansada, un descanso activo, una invitación a reír mientras otros piensan demasiado por ti, con más estilo, más purpurina existencial y bastante más gracia. 

Lo digo con absoluta sinceridad: me gustaría estar dentro de la cabeza de Berta Prieto. Una cabeza que es un planeta con leyes propias, donde el humor absurdo convive con la lucidez, donde la ironía se mueve como pez en el agua, donde el sarcasmo no hiere sino que ilumina. Y lo más admirable, más allá de las ideas brillantes, es que Prieto no escribe ni dirige para gustar. No está tratando de venderse. No busca ser "la voz de una generación". Hace lo que le interesa, como le interesa y desde donde le interesa. Y quizá por eso conecta de manera tan poderosa.

Una prueba clarísima es que pocas cosas son tan de verdad como ver un teatro lleno de gente de todas las edades riendo al unísono. Desde veinteañeros de la generación Z hasta jubilados que podrían ser nuestros abuelos. Una mezcla que, en principio, podría sonar improbable para una pieza tan situada en la sensibilidad contemporánea… pero ahí está la magia: Del fandom al troleo parece destinada a un público muy concreto pero termina metiéndose en el bolsillo a quien se siente a escucharla.

En Del fandom al troleo. Una sátira del bla bla bla, Berta Prieto vuelve a demostrar que su imaginario tiene un superpoder muy peligroso: convertir la neurosis colectiva en un artefacto escénico que, a base de exceso, espejos deformantes y humor corrosivo, nos obliga a mirarnos sin filtros… aunque quizá preferiríamos dejarlos puestos. Tras Derecho a pataleta y su paso por Autodefensa, Prieto regresa al Teatro de la Abadía con una propuesta que puede desorientar, fascinar y picar a partes iguales. Y sí, todo eso es un halago.

La pieza, producida por la Sala Beckett, combina humor corrosivo, lucidez generacional y una inteligencia escénica que apuesta fuerte sin miedo al derrape. Aquí no hay miedo a exponerse, ni al ridículo, ni a la contradicción. Más bien al contrario. Prieto convierte la contradicción en combustible. La pieza es, en muchos sentidos, un retrato del overthinking como enfermedad del siglo: esa compulsión a interpretarlo todo, a tener posición en todo, a filtrar emociones para ver si "son válidas", a pensarse a una misma como si fuéramos un proyecto de investigación perpetuo.

La estructura en tres actos funciona como una muñeca rusa metateatral: película dentro de obra, coloquio dentro de película, performance dentro de coloquio… hasta llegar a esa sensación deliciosa (y algo agotadora, muy coherente con el tema) de que todo es discurso sobre el discurso sobre el discurso. Pero Prieto sabe jugar con el artificio sin abandonar a su público: aunque la propuesta se permita ser excéntrica y excesiva, siempre hay un hilo claro que seguir, un gesto o un gag que nos vuelve a situar.

Y si el dispositivo dramatúrgico es interesante, el reparto está a la altura. Belén Barenys, Roser Dresaire, Judit Martín, Irene Moray y Laura Roig forman un quinteto afinadísimo que salta de registro en registro con una facilidad casi insultante. Pueden estar rozando el esperpento en una escena y, dos minutos después, un personaje que parecía caricatura se llena de piel. Ninguna busca el lucimiento individual. Trabajan como un organismo vivo que respira, tartamudea, grita, calla y se quiebra al unísono. El humor no siempre es delicado, ni falta que hace, pero sí está trabajado con precisión y un sentido del timing envidiable.

El primer acto funciona casi como un mockumentary hiperhormonado que presenta la vida de Paula Miró, la ciberactivista que decide "transicionar a tonta" para dejar de sufrir por exceso de pensamiento. Lo que podría sonar a chiste de dos líneas adquiere profundidad gracias a la interpretación y al descaro con que Prieto trata temas incómodos: el culto a la productividad existencial, la presión autoimpuesta, la romantización del burnout y ese agotamiento emocional que tantas personas jóvenes llevan tatuado bajo la piel (y que a veces esconden del mismo modo que esconden el filtro de TikTok).

El segundo acto es quizá el más redondo en términos de escritura. El falso coloquio sobre la película, con la directora Ximena White al frente, permite una sátira especialmente lúcida sobre la obsesión por las "nuevas voces", la explotación simbólica de la vulnerabilidad y esa industria del discurso comprometido que no siempre predica con el ejemplo. Aquí Prieto demuestra una puntería especialmente fina: lanza dardos, sí, pero siempre desde un lugar crítico más que cínico. Se nota la intención de decir algo sin cargarse ningún puente profesional. Y eso se agradece. Es un acto brillante porque se ríe del sistema sin caer en la superioridad cínica; señala sin destruir; critica sin deshumanizar.

El tercer acto abraza el caos, y lo hace con gusto. La mezcla entre podcast, performance, confesión y desbarre conceptual es arriesgada, pero tiene un encanto extraño. Funciona como un colofón que, más que cerrar, abre preguntas. ¿Cuándo empieza la responsabilidad y cuándo termina la pose? ¿Cuánto hay de verdad en nuestras identidades digitales? ¿En qué momento el fandom se convierte en devoción y la devoción en radicalidad? El acto se permite ser excesivo, pero ahí está el juego: si la generación Z vive en el exceso, representarlo desde la mesura sería, directamente, mentir.

¿Hay aspectos mejorables? Alguno, claro. Hay momentos donde el discurso se alarga un pelín más de lo necesario, quizá porque la pieza ambiciona abarcar demasiados conceptos. Pero, siendo honestos, esto forma parte del ADN de la obra. Una reflexión sobre el exceso difícilmente puede hacerse desde la contención absoluta.

Del fandom al troleo es una obra que no pide permiso, no pide perdón y no pretende gustarle a todo el mundo. Quizá por eso gusta tanto. Es ácida, tierna, caótica y profundamente lúcida. Y si quieres un último consejo para no sobrepensarlo: vete a verla (antes de que agoten todas las entradas).

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Desde 25 €
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