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Reseña
Hay obras que no buscan deslumbrar con grandes gestos, sino algo mucho más difícil: reconocer en escena ese pequeño temblor que todos conocemos, ese instante íntimo en el que uno mira su vida y se pregunta en qué recodo la dejó pasar. El entusiasmo, la nueva creación de Pablo Remón para el Centro Dramático Nacional, es precisamente eso: un espejo cálido, a veces compasivo, a veces irónico, que devuelve la imagen de una generación que intenta sostener la ilusión entre rutinas, hijos, trabajos inestables y amores en barbecho.
Lejos del dramatismo solemne, Remón opta aquí por una comedia atravesada por el desasosiego, un vaivén entre carcajadas y punzada. En escena, un cuarteto afinadísimo sostiene ese equilibrio con precisión quirúrgica: Francesco Carril, Natalia Hernández, Marina Salas y Raúl Prieto. Los cuatro comparten un mismo pulso, como si respiraran el instante antes de entrar en cada frase; y eso, en un texto que juega con cambios de punto de vista, saltos temporales y personajes que se multiplican, es un logro de altura.
El centro del relato son Toni y Olivia, una pareja que ronda los cuarenta y cinco. Él, profesor universitario que intenta recordar por qué escribir le salvaba la vida. Ella, periodista que ama a sus hijos pero que se pregunta si eligió la maternidad o si fue la vida la que la eligió por ella. Ambos avanzan por una cotidianeidad que les pesa y, al mismo tiempo, les sostiene. Y ese retrato, que podría ser gris, Remón lo ilumina con un humor que nunca señala con crueldad, sino con ternura.
Francesco Carril, intérprete esencial en el universo de Remón, se mueve con su conocida mezcla de fragilidad luminosa y observación inteligente. Su Toni no es un antihéroe ni un cínico, sino un hombre que todavía escucha el eco de lo que fue; y cada vez que ese eco se rompe, en una conversación con su hermano, en un recuerdo de juventud, en un monólogo al borde del agotamiento, Carril lo muestra con una delicadeza que conmueve.
Natalia Hernández, por su parte, está impecable en su contención. Construye a Olivia desde lo cotidiano: los silencios, la paciencia que ya no alcanza, la lucidez que llega tarde. Cuando la obra le permite estallar, lo hace con una verdad desarmante. Sus momentos finales, entre la comicidad y la melancolía, dejan un poso de humanidad difícil de olvidar.
La columna vertebral del espectáculo la completan Marina Salas y Raúl Prieto, auténticos transformistas emocionales: hijos, amantes, psicólogo, madre, vecinos, fantasías… Cambian de piel con una ligereza que roza lo mágico. No solo sostienen el ritmo: lo oxigenan, lo expanden, lo abren a un mundo de posibilidades. En ellos se concentra el juego de ficciones que propone la obra, ese recordatorio de que muchas veces inventamos nuestra vida porque vivirla tal cual sería demasiado complicado.
Uno de los aciertos de Remón es la manera en que teje humor, pensamiento y emoción sin que ninguno pese más que el otro. Hay escenas que funcionan como pequeños cuentos autónomos; otras, como ráfagas de poesía escondida en lo doméstico; y algunas, como ventanas a un absurdo muy reconocible (padres en parques infantiles convertidos en náufragos, o decisiones vitales tomadas como quien elige detergente en un supermercado).
Sí, es cierto que en ocasiones la estructura formal se vuelve exuberante y que el dispositivo narrativo juega a tantas capas que el público puede perder momentáneamente el hilo. Pero incluso en esos instantes, la función mantiene su magnetismo, porque lo que late detrás es honesto: la necesidad humana de seguir contándonos quiénes somos para no desaparecer del todo.
La escenografía de Mónica Boromello, una suerte de lienzo de madera que se transforma ante nuestros ojos, refuerza ese viaje de reconstrucción: una casa que se arma y desarma, como la propia vida. La música, la luz y el vídeo completan un universo que nunca compite con la palabra, sino que la acompaña con sobriedad.
En definitiva, El entusiasmo no es solo una comedia sobre la crisis de la mediana edad: es un recordatorio suave de que todavía podemos permitirnos buscar aquello que nos pone en marcha. No se trata de un entusiasmo épico, grandilocuente o juvenil; es un entusiasmo pequeño, resistente, a veces torpe, pero profundamente humano.
Una obra ideal para quienes, alguna vez, han sentido que la vida se les llenaba de ruido… y aun así han seguido adelante buscando una chispa. Porque, como sugiere Remón, quizá no se trate de recuperar el entusiasmo, sino de aprender a reconocerlo en formas nuevas.
Una propuesta recomendable, cálida, inteligente y llena de una belleza silenciosa que acompaña más allá de la función.
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