1. Obra 'Euforia y desazón'.  Foto: ITSASO ARIZKUREN
    Obra 'Euforia y desazón'. Foto: ITSASO ARIZKUREN
  2. Obra 'Euforia y desazón'.  Foto: ITSASO ARIZKUREN
    Obra 'Euforia y desazón'. Foto: ITSASO ARIZKUREN
  3. Obra 'Euforia y desazón'.  Foto: ITSASO ARIZKUREN
    Obra 'Euforia y desazón'. Foto: ITSASO ARIZKUREN

Reseña

Euforia y desazón

5 de 5 estrellas
  • Teatro
  • Crítica de Time Out
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Time Out dice

Hay espectáculos que nos observan antes de que nosotros sepamos cómo mirarlos. Euforia y Desazón, el montaje que Sergio Boris trae por primera vez a Madrid junto a la compañía El Eje, se instala justo en ese territorio; un lugar intermedio, incómodo, fértil, donde el fracaso no es un final sino un modo de existir. Más que una obra, es un pulso; una respiración entrecortada que atraviesa lo grotesco, lo tierno y lo inútil con una lucidez que nunca se declara.

La historia se despliega en un instituto de adultos que ha ido perdiendo su destino original hasta convertirse en una especie de santuario interrumpido. Lo que antes fue un espacio dedicado a enseñar contabilidad, esa disciplina que pretende poner orden al caos, convive ahora con neumáticos gastados, parches de caucho, herramientas desajustadas y un olor persistente a pegamento. La decadencia es tan palpable que casi podemos tocarla, pero ahí reside parte de su potencia. El lugar ya no aspira a ser lo que fue, sino lo que el tiempo ha permitido que sobreviva.

En medio de ese paisaje híbrido vuelve Amanda, una hija adoptiva que regresa a hacerse a cargo de la institución creada por su madre. Todo ha cambiado desde que la directora, víctima de una intoxicación accidental, fue internada. Su relación con Aguilés, el mecánico que arreglaba su coche y que terminó instalándose con sus hermanos en el centro educativo, ha dejado huellas visibles. Ruedas desinfladas sobre los antiguos pupitres, exámenes amarillentos amontonados junto a cubos de agua sucia, secretos que flotan aunque nadie los nombre. Esa noche, en la que Amanda regresa a un espacio reducido a ruinas y supervivencias, la obra abre un paréntesis de fiesta triste, una celebración que parece pedida en voz baja.

Allí resiste también Elián, quizá el personaje más revelador del montaje interpretado por David Teixidó. Un adulto que repite curso una y otra vez, aferrado a la ilusión de aprobar contabilidad como si ese gesto fuera, literalmente, su pasaporte a otro mundo. De memoria recita su currículum, una reliquia más del sistema que lo ha dejado fuera, mientras sus examinadores parecen no estar del todo seguros de qué evalúan realmente. Suspender deja de ser un castigo para convertirse en una forma de permanecer, de seguir existiendo en un mundo que no ofrece demasiados lugares donde quedarse. ¿Es él quien fracasa o el propio sistema que lo examina? La obra deja esa pregunta en el aire, sin imponer una respuesta.

Boris ha construido, a lo largo de su trayectoria, un teatro que desconfía de la palabra excesivamente pulida y prefiere trabajar con el cuerpo, la contradicción del gesto y la verdad involuntaria del silencio. Aquí vuelve a desplegar ese método con una precisión delicada. Los personajes nunca dicen exactamente lo que sienten ni lo que desean; más bien hablan para ocultar aquello que ni ellos mismos terminan de comprender. Esa incapacidad para nombrar lo que arde dentro de ellos es uno de los grandes logros de la puesta en escena. No es que no tengan lenguaje, es que la vida los ha dejado sin un vocabulario propio para explicar por qué temen avanzar, por qué prefieren quedarse en ese limbo adolescente de exámenes eternos antes que enfrentarse al mercado laboral o a la exigencia de ser "alguien".

La obra muestra un grupo de personas heridas por un modelo de éxito que nunca estuvo hecho para ellas. En su pequeñez, en su torpeza, en su tendencia a engañarse a sí mismos, desde un currículum inventado hasta el deseo de aparentar un futuro que no llegará, late una crítica profunda a la meritocracia contemporánea. No desde el discurso, sino desde el cuerpo. Desde la emoción que se desborda. Desde la necesidad infantil de encontrar un lugar donde no ser expulsados.

Pero quizá lo más conmovedor es cómo Euforia y Desazón consigue convertir ese mosaico de perdedores en un retrato universal. Sí, son personajes que se han quedado a un lado de la carretera del éxito y aunque han quedado relegados a subsistir desde los márgenes podrían ser votantes potenciales de cualquier fuerza de extrema derecha. Pero la obra nunca los juzga ni los subraya. Les ofrece un espejo en el que mirarse sin crueldad, un refugio donde el fracaso no es un estigma sino una manera de sobrevivir a un mundo que exige brillo incluso cuando todo está roto.

La escenografía de Gabriela Aurora Fernández acompaña esta mirada con una precisión casi poética. Lo que está en desuso, los neumáticos gastados, los muebles vencidos por el paso del tiempo, las habitaciones que se intuyen pero no se muestran, no se presenta como basura, sino como restos de vida. Todo está un poco torcido, pero no muerto. Cada objeto parece tener memoria propia, como si hubiera absorbido la desesperación silenciosa de quienes habitan ese lugar.

El trabajo actoral sostiene, con una sensibilidad admirable, esta atmósfera de fragilidad y humor extraño. Eric Balbàs, Maria Hernández, Sebastián Mogordoy, Cristina Mariño y David Teixidó construyen vínculos que no se explican, se respiran. No hay psicología explícita ni grandes revelaciones; lo que importa es lo que sucede entre ellos, ese territorio impreciso donde surgen chispazos de ternura en mitad del caos.

Euforia y Desazón es, en definitiva, un recordatorio de que la inutilidad también puede ser fértil. Que hay belleza en quienes tropiezan una y otra vez con la misma frontera. Que, a veces, suspender no es fallar, es resistir un poco más. En un mundo que exige éxito inmediato, esta obra ofrece un elogio íntimo a quienes no encajan, a quienes siguen intentando, a quienes se quedan en la grieta. Allí donde la vida, aunque no lo parezca, también sucede. Un montaje que recuerda que el fracaso, a veces, también puede ser una forma de luz.

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Desde 25 €
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