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Reseña
Hay un momento muy bonito en 'Guayominí' en el que Roi recuerda cómo veía Eurovisión con su madre y su hermana desde el salón de casa, jugando a repartir puntos entre países mientras sonaba Madonna de fondo y la vida todavía parecía algo sencillo. La escena dura apenas unos minutos, pero ahí está condensada buena parte de lo que propone la función de Laura Garmo y Pablo Martínez Bravo: hablar del éxito y del fracaso desde un lugar profundamente doméstico. Quitarle solemnidad al mito de la estrella para devolverlo al comedor familiar, a la habitación donde uno canta solo, a esa necesidad un poco absurda y muy humana de que alguien nos mire y diga "vas bien".
La obra parte de una imagen poderosa. Un cantante español, Roi, se queda en blanco durante tres segundos durante su actuación en Eurovisión. Tres segundos que separan la gloria del meme nacional. El referente inevitable es el de Manel Navarro, aunque nunca se le nombre, el eco está ahí. Ese joven convertido de pronto en fenómeno nacional, triturado después por el mismo mecanismo que primero lo elevó. La obra toma claramente elementos de aquel episodio doloroso y los transforma en otra cosa más amplia, un relato sobre la industria del entretenimiento, la precariedad emocional y la velocidad salvaje con la que hoy fabricamos ídolos para después abandonarlos. 'Guayominí' tiene la inteligencia de no convertir aquello en caricatura ni en ajuste de cuentas. Lo que hace es algo más interesante. Toma ese episodio reconocible de la cultura pop reciente y lo utiliza para hablar del vértigo de exponerse, de la violencia del juicio público y de la rapidez con la que fabricamos ídolos para luego abandonarlos a la primera caída.
Inma Cuevas tiene esa capacidad rara de hacer que una frase dicha casi de pasada te rompa un poco por dentro
El texto de Laura Garmo tiene algo generacional muy reconocible. Esa mezcla de ironía, precariedad, referencias pop y angustia laboral que atraviesa a quienes crecieron escuchando que si trabajaban mucho acabarían encontrando "su sitio". Hay escenas realmente divertidas, casi delirantes, como todas las relacionadas con el equipo eurovisivo encabezado por un productor tan encantador como tóxico, interpretado por Selu Nieto con un desparpajo magnífico. Su personaje da risa y miedo a la vez. Tiene algo de vendedor de crecepelo emocional, de ejecutivo televisivo pasado de vueltas, de señor que te abraza mientras te convierte en producto. Hay algo patético en él, casi desesperado. Como alguien que ya lleva demasiado tiempo dentro de la maquinaria y ha terminado hablando únicamente con slogans televisivos.
También está inmensa Inma Cuevas, probablemente el corazón secreto de la función. Hace de madre andaluza, sí, pero también aparecen en ella ecos de tantas figuras televisivas reconocibles que el personaje termina convertido en un pequeño retrato popular español. Hay algo de presentadora de magazine, algo de comentarista televisiva y algo de mujer cansada de sacar adelante una casa mientras el mundo le promete cosas imposibles a su hijo. Cuevas tiene esa capacidad rara de hacer que una frase dicha casi de pasada te rompa un poco por dentro. Cuando le ofrece fajitas después del desastre eurovisivo, una entiende de golpe todo el amor que existe en esa relación aunque nunca sepan verbalizarlo bien. Y luego llega ese momento en el que canta por Paloma San Basilio y el teatro cambia de temperatura. Ahí sucede algo especial. Basta verla cantar.
Omar Banana sostiene el peso emocional de la obra con mucha verdad. Su Roi empieza siendo un chico tímido, casi desbordado por lo que le está ocurriendo, y poco a poco se convierte en alguien atrapado entre la ilusión de triunfar y la sensación de haberse ido perdiendo por el camino. Banana entiende muy bien algo difícil y es que el personaje debe resultar a veces ridículo sin dejar de ser profundamente humano. Y eso hace que el golpe final tenga bastante más emoción de la que uno espera en una comedia sobre Eurovisión.
El público se ríe con ganas, pero debajo de esa superficie ligera hay una tristeza persistente
Julia aporta a la función una energía muy necesaria. Su Ada funciona como cable a tierra emocional de la historia. Tiene varios momentos muy divertidos relacionados con las redes sociales y el universo fan. Está especialmente bien en las escenas domésticas, donde consigue sonar verdaderamente a hermana.
Porque sí, 'Guayominí' es muy graciosa. El público se ríe con ganas. Pero debajo de esa superficie ligera hay una tristeza persistente. Está en los silencios de Roi, en el miedo a decepcionar, en las llamadas ignoradas del novio, en ese fantasma de Luigi Tenco que aparece como conciencia rota de todos los artistas triturados por la industria. Zack Gómez-Rolls juega muy bien esa doble dimensión entre Samu, el novio paciente que ve cómo la fama se lleva por delante su relación, y ese Luigi fantasmal, medio borracho y medio profeta.
La dirección de Pablo Martínez Bravo abraza sin complejos el imaginario eurofan. Hay luces, coreografías, humo, comentaristas exaltados, cambios de vestuario y números musicales con una energía muy contagiosa. El montaje entra muy bien en el exceso televisivo. La función no pretende ser perfecta; quiere parecerse a ese caos emocional que atraviesa a su protagonista. Me gustó especialmente cómo utiliza las leyes de Newton como espejo emocional del protagonista. Podría parecer un recurso intelectual demasiado visible, pero termina encajando con naturalidad en la cabeza de Roi. La caída, la inercia, el impulso. Todo eso acaba construyendo una dramaturgia bastante más sensible de lo que aparenta en un principio.
Guayominí se ríe de la maquinaria del espectáculo, pero jamás de quienes entran en ella creyendo que ahí encontrarán cariño
Y quizá lo mejor sea que no mira con superioridad a quienes sueñan con triunfar. La obra entiende muy bien lo que significa para alguien de un pueblo pequeño imaginar que otra vida puede estar esperándole en alguna parte. La necesidad de escapar. De gustar. De ser visto. Guayominí se ríe de la maquinaria del espectáculo, pero jamás de quienes entran en ella creyendo que ahí encontrarán cariño, identidad o sentido.
Al final, cuando Roi vuelve a cantar en el salón de casa mientras su familia lo graba con el móvil, la función encuentra una verdad sencilla y bastante emocionante. Quizá el éxito no era aquello. Quizá cantar en una habitación y seguir teniendo ganas de volver a intentarlo ya era suficiente.
Al salir del teatro una piensa menos en Eurovisión y más en lo difícil que es sostener una identidad cuando todo el mundo te pide convertirte en personaje. En el vértigo de exponerse. En el miedo terrible a decepcionar. Y también, curiosamente, en la necesidad de volver a casa para recomponerse un poco.
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