Hay funciones que se miden por el silencio con el que termina el aplauso. Otras, por las conversaciones que provocan al encenderse las luces de la sala. Con 'Las que gritan' me ocurrió esto último. Apenas había salido del Teatro Maravillas cuando escuché a una espectadora resumir la experiencia con una frase espontánea: "¡La vida misma!". No creo que exista una definición más acertada de la propuesta de Antonio Rincón-Cano y José María del Castillo.
La obra parte de una reunión familiar aparentemente sencilla. Tres hermanas acuden a la llamada de su madre, una mujer que, tras enviudar, ha decidido romper con la imagen que todos tenían de ella. Cambia las normas, se sube a una Harley, quiere lanzarse en paracaídas y, sobre todo, vivir sin pedir permiso. A partir de ahí comienza una sucesión de confesiones, reproches, recuerdos y reconciliaciones que cualquiera puede reconocer, porque todas las familias esconden conversaciones pendientes que nunca encuentran el momento adecuado para salir. La propuesta se mueve con comodidad entre la comedia y la emoción. El humor ocupa buena parte de la función y conecta de inmediato con el público. De hecho, pocas veces se escucha un patio de butacas tan entregado a la risa durante prácticamente toda la representación. Las carcajadas aparecen con naturalidad, sin forzar el chiste, gracias a situaciones reconocibles y a unos personajes que cualquiera podría identificar con alguien de su propia familia.
Quizá ahí esté la principal fortaleza del montaje. No busca sorprender con grandes artificios ni construir una trama llena de giros imposibles. Prefiere poner el foco en algo mucho más cercano como los vínculos familiares, el peso de los cuidados, las expectativas que heredamos y la dificultad de responder una pregunta tan sencilla de formular como complicada de contestar: quién soy y quién quiero ser.
Pero la obra no se queda ahí. Poco a poco va dejando espacio para preguntas que permanecen después de abandonar la sala. ¿Cuántas veces vivimos la vida que esperan los demás? ¿En qué momento dejamos de escucharnos? ¿Es demasiado tarde para cambiar de rumbo? Son cuestiones universales que aparecen sin solemnidad, envueltas en una historia cercana y fácil de seguir.
José María del Castillo dirige la función con un ritmo ágil que apenas da tregua al aburrimiento. La puesta en escena apuesta por la sencillez y pone el foco donde realmente importa, en las relaciones entre los personajes y en el trabajo de las actrices. Esa decisión permite que el texto respire y que las emociones aparezcan cuando tienen que hacerlo.
Se agradece especialmente que ese recorrido tenga una mirada claramente feminista desde la experiencia de sus protagonistas. Habla de mujeres que deciden recuperar el control de sus propias vidas, de madres que también tienen derecho a reinventarse, de hijas que descubren que comprender a quienes las criaron quizá sea uno de los aprendizajes más difíciles de la vida. Es un mensaje de empoderamiento que nace de los personajes y encuentra su sentido dentro de la propia historia.
También es un homenaje cariñoso a esas familias imperfectas que se quieren incluso cuando parecen incapaces de entenderse. A las madres que sostienen, a las hermanas que discuten por todo y terminan siendo refugio.
El reparto sostiene con solvencia todo ese universo cotidiano. Soledad Mallol encuentra muy bien el equilibrio entre la comedia y la ternura en una Consuelo llena de una energía contagiosa, mientras Marina San José, Rocío Marín, Mariona Terés y Laia Alemany construyen personajes reconocibles, diferentes entre sí y siempre creíbles. Se nota una buena escucha entre ellas, algo imprescindible en una función donde gran parte del atractivo reside precisamente en las dinámicas familiares y en cómo evolucionan a lo largo del encuentro.
Quizá algunos momentos resulten más previsibles de lo esperado para quienes frecuentan este tipo de comedias familiares, pero eso difícilmente empaña una propuesta que sabe muy bien cuál es su objetivo y lo cumple con honestidad. No pretende revolucionar el género; quiere contar una historia cercana, hacer reír y recordar que siempre estamos a tiempo de reconciliarnos con quienes queremos... y con nosotros mismos. Resulta fácil comprender por qué 'Las que gritan' está encontrando tan buena respuesta. Tiene humor, tiene corazón y, sobre todo, tiene la capacidad de hacer que muchas personas se vean reflejadas sobre el escenario.
Al final, una abandona el teatro pensando que quizá todas necesitamos gritar un poco más. Decir lo que callamos, perdonarnos algunos errores y concedernos la oportunidad de vivir con menos miedo. Puede sonar sencillo, pero no siempre lo es.
Dentro de la cartelera madrileña de este verano es, sin duda, una opción muy recomendable para quienes buscan disfrutar de una buena comedia, compartir unas cuantas carcajadas y salir del teatro con la agradable sensación de haber pasado un buen rato. Porque, entre risas y alguna emoción inevitable, esta familia consigue recordarnos algo muy sencillo: vivir merece la pena cuando una se atreve, por fin, a hacerlo a su manera.




