Llegué al Teatro Valle-Inclán y antes siquiera de entrar a sala ya había algo incómodo flotando en el ambiente. En el hall, entre elementos de escenografía teñidos de un azul turquesa muy presente, aparecía una pregunta escrita que funcionaba como una advertencia suave y también como una invitación: "¿Qué es el colonialismo para ti?". Quien conozca el trabajo de The Cross Border Project sabe que Lucía Miranda acostumbra a abrir ese tipo de grietas antes de que empiece la función. Ya ocurría en 'Fiesta, Fiesta, Fiesta' o en 'Casa'. Aquí vuelve a hacerlo, pero con una puntería especialmente delicada.
Ese azul turquesa me acompañó durante toda la función. A mí me llevaba constantemente al mar de Filipinas, a esa idea de travesía, de distancia, de isla y memoria. Después supe que Miranda buscaba precisamente un color desplazado de la realidad, algo menos naturalista, casi mágico, como si la selva filipina hubiese sido atravesada por un filtro extraño. Y funciona. Hay algo onírico en la propuesta visual que convive muy bien con el caos emocional de la obra.
Porque 'Las últimas' tiene bastante de caos de bueno, del que obliga a recolocarte continuamente en la butaca.
El arranque me golpeó de lleno. Belén Ponce de León aparece y se presenta como la Matria. Tiene cáncer. Un cáncer agresivo, en grado 4. La metáfora del colonialismo entrando en el cuerpo como enfermedad podría sonar demasiado evidente sobre el papel, pero dicha así, casi sin protegerse, llega como un puñetazo seco en el estómago. Y, en mi caso, todavía más porque ahora mismo tengo personas muy cercanas atravesando procesos oncológicos. Escuchar ciertas palabras en escena cuando el miedo ya forma parte de tu vida cotidiana provoca otra clase de recepción. Ya no observas la función desde fuera. Estás dentro.
A partir de ahí, Lucía Miranda construye un artefacto escénico muy difícil de explicar y bastante más difícil todavía de sostener durante casi dos horas. Teatro documental, karaoke, archivo histórico, humor absurdo, memoria familiar, verbatim, performance política. Todo eso está ahí mezclado y, sorprendentemente, casi nunca se siente caprichoso.
Lo interesante es que 'Las últimas' no pretende dar lecciones de historia. Más bien expone agujeros. Vacíos. Ignorancias heredadas. Yo misma iba reconociendo durante la función hasta qué punto sabía poquísimo de la relación entre España y Filipinas. En el colegio jamás me contaron esta historia desde aquí. Y lo poco que quedaba en la memoria tenía más que ver con imágenes sueltas que con una historia entendida. En mi caso, la referencia más nítida era la de la película '1898: Los últimos de Filipinas', la película de Salvador Calvo producida por Enrique Cerezo, precisamente citada dentro de la propia obra con bastante mala leche y bastante sentido del humor.
Desde mi punto de vista, ahí reside una de las mayores virtudes del montaje, que consigue incomodar sin ponerse solemne. Se ríe muchísimo. A veces de manera salvaje. La escena de Magallanes convertido casi en una caricatura testosterónica que canta 'My Way' mientras se precipita hacia el desastre tiene algo de delirio pop. Me reí mucho pero debajo de esa risa reconocí violencia, arrogancia colonial y algo de ridículo histórico.
La función avanza atravesando 461 años de relaciones coloniales, pero no lo hace desde la cronología, sino desde escenas que funcionan como pequeñas fracturas. Hay momentos históricos llevados al límite de lo absurdo, otros más íntimos y otros directamente musicales. El karaoke no es un adorno, es una forma de decir cuando el discurso ya no alcanza en el que descubres que se canta lo que no se puede explicar del todo.
El elenco sostiene el juego con enorme entrega. Alexandra Masangkay tiene una presencia magnética y una inteligencia muy afinada para pasar del humor a la incomodidad sin romper el tono. Julia Enríquez , actriz filipina, aporta una verdad documental muy poderosa incluso cuando el texto se vuelve más poético. Laurence Aliganga, además de la dirección musical junto a Nacho Bilbao, tiene algo hipnótico consigue que la música no funcione como acompañamiento sino como una que pulsión emocional constante. Juan Paños Larrauri y Belén de Santiago manejan muy bien ese equilibrio complicado entre ironía y humanidad que atraviesa toda la función mientras que Belén Ponce de León carga con buena parte del corazón emocional de la obra sin caer nunca en la en la manipulación sentimental. Y después está la Tuna Universitaria Complutense, cuya aparición podría haber quedado en simple guiño folclórico, pero termina convirtiéndose un eco de esa tradición española.
Hay escenas que se quedan pegadas varias horas después. Algunas por lo brutas. Otras por lo pequeñas. A mí me atravesaron especialmente dos frases. "La audacia de preguntar a tu madre lo que no te atreverías". Y más adelante: "La audacia de saber irse en el momento adecuado". No sé si son las frases más importantes de la obra, pero sí fueron las que se me quedaron haciendo ruido al salir del teatro.
Porque una sale hablando muchísimo de 'Las últimas'. De Filipinas, claro. Del colonialismo español. De las herencias incómodas. Pero también de las madres, de lo que se transmite sin querer, del cuerpo, del idioma e incluso de la culpa.
La escenografía de tonos turquesa firmada por Alessio Meloni, que domina buena parte del espacio, se va volviendo un lugar mental. No sé si es intencional o no, pero ese color acaba funcionando como un mar constante que lo envuelve todo. Un mar que se vuelve presencia y en el que caben tanto la historia como la distorsión de ésta.
No todo es igual de preciso. Hay transiciones que se alargan y el ritmo pierde algo de tensión. Pero incluso en esos tramos hay una coherencia interna, la de una obra que no busca cerrarse con facilidad.
En la parte final, cuando el elenco comparte ese canto colectivo casi infantil, algo cambia en el ambiente. Ya no se trata de señalar culpables ni de resolver la historia. Hay más bien una necesidad de reparación o de acompañarse en las heridas. La imagen de los intérpretes dándole la vuelta a la ropa para no perderse en el bosque tiene una potencia simbólica preciosa sin necesidad de enfatizarla demasiado.
Lucía Miranda ha hecho probablemente su trabajo más expuesto y vulnerable y eso se nota. 'Las últimas' es una de esas funciones que te obligan a revisar cosas que dabas por asumidas. Sales del Valle-Inclán con la sensación de que hay historias que no te habían contado bien, o que directamente no te habían contado, con ganas de llamar a alguien, de buscar libros, de discutir, de preguntarle cosas a tu madre. Y con la incomodidad de descubrir que esa falta de relato también forma parte de tu propia educación cultural. Que una obra consiga todo eso ya es muchísimo


