Los caminos de Federico
©David Ruiz | Los caminos de Federico

Reseña

Los caminos de Federico

5 de 5 estrellas
  • Teatro
  • Crítica de Time Out
Publicidad

Time Out dice

Hay espectáculos que no regresan: pasan, dejan un eco y siguen su camino. Y hay otros, que vuelven porque nunca se han ido del todo. 'Los caminos de Federico' pertenece claramente a esta segunda estirpe. A punto de cumplir once años desde su estreno y con más de 90 funciones, regresa a El Umbral de Primavera no como una pieza anclada en la nostalgia, sino como un cuerpo vivo que ha sabido crecer, afinarse y resistir. Que esto ocurra en el marco del XI Ciclo de Teatro Argentino y cuando la sala cumple doce años de actividad en marzo en el siempre frágil circuito off madrileño no es un dato menor; habla de una forma de estar en el teatro, de permanecer en la trinchera sin cinismo, con convicción y amor al oficio.

Antes incluso de que suenen los versos, Flor Saraví establece un pacto invitando a escucharla como si estuviéramos en su cuarto, como si fuéramos amigas, y advierte que no viene a entretenernos sino a decirnos poesía. No es una frase al pasar. Es una declaración de intenciones y, sobre todo, una forma de estar.

Ese gesto inicial marca todo lo que vendrá después. No hay distancia solemne ni voluntad de exhibición; hay cercanía, escucha compartida, una intimidad que se ofrece sin impostura. En un tiempo dominado por el ruido y la prisa, pedir atención para la palabra poética es casi un acto de resistencia. Y hacerlo desde un lugar tan doméstico, tan humano, desarma cualquier prevención.

Una entra escuchando a Lorca y sale escuchándose un poco más a sí misma

La propuesta se presenta, en apariencia, como un recital lorquiano. Empieza casi con pudor: "Siempre que hablo ante mucha gente me parece que me he equivocado de puerta…", y se despide con esa imagen bellísima del hombre que barre su tejado por galantería con el cielo. Entre un punto y otro, sin embargo, ocurre algo más complejo, una deriva escénica que va tejiendo poemas, cartas, conferencias y fragmentos teatrales hasta construir una experiencia que ya no se percibe como sucesión de textos, sino como un viaje emocional compartido. Una entra escuchando a Lorca y sale escuchándose un poco más a sí misma.

Flor Saraví sostiene el espectáculo con una solvencia que no necesita demostrarse. Hay una serenidad en su decir que solo da el tiempo y la experiencia. Modula cada verso con una musicalidad muy precisa. Hay respiración, hay carne, hay riesgo. Su trabajo corporal, tan presente como la palabra, se convierte en un personaje más: a veces raíz, a veces animal herido, a veces celebración. El cuerpo no ilustra los poemas, los atraviesa. Y eso se agradece, porque evita el museo y apuesta por la escena viva.

El vestuario blanco, casi inmaculado, funciona como una evocación clara de Lorca sin caer en la postal. Es un blanco que recoge la luz, que deja ver las sombras, que se mancha simbólicamente con cada texto. La escenografía, sencilla en su planteamiento, se apoya en una mesa que va mutando, transformándose poco a poco hasta componer una imagen escénica tan sencilla como poderosa. Esa transformación acompaña muy bien el tránsito del espectáculo. De lo íntimo a lo colectivo, de lo cotidiano a lo mítico.

El resultado es un espacio escénico donde la poesía respira y encuentra su tempo 

La dirección de Samuel Blanco opta por una limpieza que roza la valentía. En un material tan cargado de significado, la tentación del subrayado es grande; aquí, en cambio, se confía en el poder de la palabra y en la actriz que la dice. Menos es más, y no como consigna vacía, sino como práctica consciente. El resultado es un espacio escénico donde la poesía respira y encuentra su tempo sin ser empujada.

La selección de textos, desde Herido de amor hasta Grito hacia Roma, dialoga de manera inquietante con el presente. El hambre, la desigualdad, la deshumanización, la violencia estructural… Todo eso que Lorca nombró con lucidez sigue aquí, incómodo y vigente. Escuchar hoy frases como "mientras haya desequilibrio económico, el mundo no piensa" no provoca arqueología, sino una especie de vértigo. Y quizá ahí reside una de las mayores virtudes del montaje, no actualiza a Lorca, no lo necesita. Basta con decirlo bien, en voz alta, ahora.

Lo que comienza como un recital termina siendo un espectáculo luminoso, en el sentido menos ingenuo del término. Luminoso porque ilumina zonas que preferimos no mirar, pero también porque ofrece una salida: la del amor, la del otro, la de la palabra compartida. En tiempos de consumo rápido y memoria corta, resulta casi revolucionario volver a una pieza estrenada en 2015 y comprobar cómo ha crecido. Ahora que está tan de moda el trend del "yo de ahora vs. yo de 2016", 'Los caminos de Federico' invita a hacer ese ejercicio desde el arte: volver, mirar, y descubrir que algunas cosas, cuando están bien hechas, no envejecen; se afinan.

Esta reposición no se vive como repetición, sino como reencuentro

Que el espectáculo se haya convertido en pieza de repertorio de El Umbral de Primavera es motivo de celebración. Sostener un trabajo durante una década, y hacerlo volver, no es habitual ni sencillo. Por eso esta reposición no se vive como repetición, sino como reencuentro. Y una sale del teatro con la sensación de haber asistido a algo necesario. No grandilocuente, no impostado. Simplemente necesario. Como barrer el tejado, a veces, solo por galantería con el cielo.

Detalles

Dirección
Publicidad
Últimas noticias