[category]
[title]
Reseña
Cuando People, Places & Things se estrenó en Londres en 2015, lo hizo como un pequeño temblor que pronto se convirtió en una onda expansiva. Una pieza feroz y tierna a la vez que hablaba de la vulnerabilidad humana desde un lugar poco habitual en los escenarios. Años después, Irene Escolar leyó aquel texto y sintió la pulsión, casi física, de llevarlo a escena. Consiguió los derechos, imaginó su propia versión y llamó a Pablo Messiez con una mezcla de pudor y entusiasmo, consciente de que él suele trabajar con su propio equipo creativo. Aquella llamada, según él mismo ha contado, fue un salvavidas. Venía de un proceso creativo vertiginoso (Los gestos) y agradecía zambullirse en un texto ajeno que a la vez exigía precisión absoluta y una entrega emocional sin reservas.
De ese gesto nació esta Personas, lugares y cosas que aterrizó en el Teatro Español a finales de noviembre como una pieza que respira, se expande y abraza al público desde una profunda humanidad.
La historia es conocida. Una actriz se desploma en plena representación de La gaviota y, desbordada por sus consumos, termina ingresando en un centro de desintoxicación. Pero reducir la obra a la trama sería traicionar su espíritu. Macmillan escribió un texto sobre la compulsión, sobre todas las compulsiones, y sobre la dificultad de volver a habitar la propia vida cuando todo parece haber perdido forma. Messiez entra en esa materia desde lo sensorial. En su propuesta, el escenario se convierte en una cámara oscura, casi un cerebro iluminado por impulsos eléctricos, por recuerdos quebrados, por destellos que interrumpen la percepción. El espacio de Max Glaenzel es deliberadamente vacío, casi un territorio en bruto donde el cuerpo de la actriz, frágil, errático, en busca de sí misma, resuena con más fuerza. La luz de Carlos Marquerie vibra como un pensamiento, como un fallo de sistema; la música de Óscar G. Villegas respira con la misma irregularidad que la protagonista en sus momentos de pánico o claridad.
Durante dos horas y media (con un intermedio que funciona como un necesario descenso de pulsaciones, incluso con su DJ en escena), la obra nos acompaña por un camino que no es solo físico ni químico, sino profundamente emocional. Emma, interpretada por una Irene Escolar en uno de los trabajos más afinados de su trayectoria, se enfrenta no solo a la terapia, a la abstinencia y a su propia mentira, sino a las grietas de su biografía. Una madre con la que dialoga desde territorios íntimos y políticamente tensos y un hermano muerto que sigue viviendo en la arquitectura de su culpa. Escolar transita ese arco, desde la negación a la aceptación, con la textura de lo inevitable. Hay algo en su presencia que parece deshacerse y rehacerse a cada escena.
El elenco que acompaña a Escolar es otro de los pilares del montaje. Nombres como Javier Ballesteros, Brays Efe, Claudia Faci, Sonia Almarcha, Tomás del Estal, Daniel Jumillas, Mónica Acevedo, Blanca Javaloy, Manuel Egozkue y Josefina Gorostiza conforman un equipo de enorme solvencia artística. Son intérpretes de largo recorrido, voces propias dentro de la escena contemporánea, y su presencia aquí habla también de una generosidad poco habitual, la de sumarse a un proyecto donde el foco dramático recae, inevitablemente, sobre la protagonista. Aun así, cada uno de ellos consigue brillar desde lugares más contenidos, aportando matices que ensanchan la obra y sostienen su verdad sin reclamar centro ni artificio. El resultado es que nadie es secundario cuando el tema es la supervivencia.
Messiez insiste en en esta puesta en huir de la idea de "adicción" como etiqueta. Prefiere hablar de "consumo problemático" o, más aún, de compulsión. Y desde ahí toma una decisión escénica crucial. La obra no mira a sus personajes desde arriba. No los juzga, no los exime, no los ubica en un mapa de víctimas y verdugos. Todos, absolutamente todos, están intentando salvarse a su manera. Todos reclaman ser escuchados. Todos buscan volver a ser ellos mismos frente a esas "personas, lugares y cosas" que forman la geografía cotidiana de su caída.
Hay además un reto silencioso que atraviesa el montaje. Messiez, que siempre ha sido un defensor acérrimo de la voluntad, ahí está La voluntad de creer como testimonio de esa fascinación por los mecanismos íntimos que empujan a un ser humano hacia adelante, se obliga aquí a un acto de extraordinaria humildad. El tema podría invitar al subrayado, a la tesis, al juicio moral o incluso a la tentación de "vendernos" un punto de vista sobre la adicción o sus procesos de recuperación. Sin embargo, Messiez hace justamente lo contrario. Mantiene su mirada en un margen casi secreto, se borra y abre espacio para que el espectador ocupe la duda, la complejidad y la contradicción. No orienta, no adoctrina, no ordena el caos emocional que despliega. Simplemente lo ilumina y lo deja respirar. Ese gesto, tan contrario al impulso de controlar el relato, es, quizá, uno de los mayores actos de confianza del montaje. Confiar en que el público sabrá encontrar su propia voluntad en medio de la tormenta.
Y así, inevitablemente, nos lleva a otro de los mayores logros del montaje: su universalidad. No hace falta haber atravesado una adicción para reconocerse en el dolor de comenzar de nuevo, en la dificultad de elegir el presente, en la lucha por desactivar aquello que nos lastima aun sabiendo que nos lastima. Lo que Messiez ofrece es un espejo delicado y a la vez implacable: muestra lo que duele, pero también lo que sostiene.
Personas, lugares y cosas no es solo un viaje terapéutico. Es un ejercicio de presencia. De voluntad. De mirada. Y sobre todo, un recordatorio de que nadie se salva solo.
Un espectáculo que conmueve sin golpear, y que confirma, una vez más, que el teatro, cuando encuentra su verdad, es siempre un lugar al que volver.
Discover Time Out original video