Hay funciones de las que una sale pensando en la puesta en escena, en el texto o en una interpretación brillante. Y luego están las que te obligan a sentarte un rato antes de volver a casa porque todavía sigues removida por dentro. A mí me pasó con Soledad. Vida y obra de mi abuela, el unipersonal de Selu Nieto que puede verse estos días en el Teatro Lara.
Selu toca lugares muy delicados. Habla de la depresión, del duelo, de la culpa, de la ansiedad y de esa generación de mujeres que nunca tuvieron tiempo para preguntarse cómo estaban porque siempre había una casa que atender y alguien a quien cuidar.
Sobre el escenario aparece Soledad, la abuela del actor. Pero, en realidad, también aparece Yaya, mi abuela. Y sospecho que la de buena parte del público. Porque detrás de esa mujer andaluza que friega, cocina, se preocupa por todos y se olvida sistemáticamente de sí misma, reconocemos a tantas abuelas españolas que crecieron sin estudios, trabajando desde niñas y sosteniendo familias enteras con una fuerza que hoy sigue resultando difícil de comprender.
Yo nací en Canarias y, sin embargo, todo ese costumbrismo que atraviesa la función me resultó profundamente familiar. Cambian algunos acentos, algunas comidas o ciertos nombres, pero el paisaje emocional es exactamente el mismo. Mientras escuchaba a Soledad hablar por teléfono, preguntar si habías comido o preocuparse por los suyos, era imposible no pensar en mi propia abuela.
Cuando me vine a vivir a Madrid la llamaba todos los días a la misma hora. Tenía uno de aquellos teléfonos rojos antiguos, sin identificación de llamadas. Descolgaba y siempre decía lo mismo: «¿Cómo está mi niña Cathaysa?». Después venía la verdadera prioridad: saber qué había comido, qué había cenado y si me estaba cuidando lo suficiente. Viendo la obra, me sorprendí sonriendo al recordarla.
La gran virtud del trabajo de Selu Nieto está precisamente ahí. En que una deja de ver a un actor interpretando un personaje. Hay algo muy orgánico en la manera en que transita desde el Selu narrador hasta convertirse en su propia abuela. Apenas necesita unos gestos, una mirada o un cambio de energía para que la transformación suceda delante de nosotras con una naturalidad pasmosa. Y quizá sea porque parte de ella sigue viviendo en él. Porque, al fin y al cabo, somos también las personas que nos criaron.
La propuesta escénica, diseñada con muy pocos elementos, resulta especialmente efectiva. El escenario está ocupado por cubos de fregar y un bosque de fregonas suspendidas en el aire. Los cubos se convierten en cama, en refugio o en escondite para ir revelando pequeños tesoros domésticos: ropa, medicamentos, recuerdos. Con esa sencillez se construyen imágenes de una enorme potencia y se dibuja una casa reconocible para cualquiera que haya crecido al lado de una abuela.
El humor ocupa un lugar importante en la función. Y menos mal. Porque Selu tiene la inteligencia de no caer en el drama solemne. Se ríe de sí mismo, de sus manías y de las contradicciones familiares. El público se ríe mucho. Pero justo cuando una se ha relajado, llega una frase, un silencio o un recuerdo que pellizca el estómago.
Hay pasajes especialmente duros relacionados con la salud mental de una intensidad emocional que apenas concede tregua. Pero incluso ahí se percibe una honestidad desarmante. Nada parece impostado. Teatro A La Plancha lleva años trabajando con personajes aparentemente pequeños, esos seres a los que la sociedad suele mirar de reojo. En Soledad vuelven a demostrar que detrás de las vidas más corrientes se esconden historias enormes.
Cuando terminó la función pensé en todas esas mujeres que lo dieron todo por sus familias sin pedir nada a cambio. Mujeres luchadoras, muchas veces analfabetas, que levantaron hogares enteros con una mezcla de sacrificio y amor difícil de explicar con palabras. Selu Nieto ha escrito una carta de despedida para su abuela. Pero también una carta de agradecimiento para todas las demás.
Hazte el regalo de ir a verla. Es una de esas funciones que permanecen contigo varios días. Y si todavía tienes la suerte de tener a tu abuela viva, llévatela. Probablemente ambas saldréis del teatro con ganas de abrazaros un poco más fuerte de lo habitual.


