1. Obra 'Todos los ángeles alzaron el vuelo'. Foto: Chuchi Guerra
    Obra 'Todos los ángeles alzaron el vuelo'. Foto: Chuchi Guerra
  2. Obra 'Todos los ángeles alzaron el vuelo'. Foto: Chuchi Guerra
    Obra 'Todos los ángeles alzaron el vuelo'. Foto: Chuchi Guerra

Reseña

Todos los ángeles alzaron el vuelo

4 de 5 estrellas
  • Teatro
  • Crítica de Time Out
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Time Out dice

Hay compañías que no solo construyen una trayectoria, sino un modo de estar en el mundo. La Zaranda pertenece a esa estirpe rara y obstinada que, lejos de acomodarse al reconocimiento, sigue trabajando como si cada estreno fuera el primero y el último. Quizá por eso 'Todos los ángeles alzaron el vuelo', recién estrenada la semana pasada en Nave 10, no se percibe como una celebración de los 48 años de la compañía, sino como una nueva bajada a los infiernos, una inmersión en la noche oscura desde la que, a veces, se vislumbra una luz.

Firmo esta crítica desde un lugar íntimo: nací el mismo año en que La Zaranda echó a andar en Jerez. Ellos comenzaron a levantar su teatro desde el barro y la intemperie; yo, desde una isla, Gran Canaria, crecí viendo cómo su lenguaje se iba haciendo carne en la escena española. Ambos sabemos lo que significa crecer desde la periferia, mirar el mundo desde los márgenes y convertir esa distancia en una forma de resistencia y de identidad. Tal vez por eso este reencuentro con su trabajo tiene algo de espejo generacional, de fidelidad compartida al paso del tiempo.

No hay aquí voluntad de denuncia panfletaria ni de realismo social complaciente

La pieza, escrita por Eusebio Calonge y dirigida por Paco de la Zaranda, vuelve a situarse en la periferia de la periferia: yonkis, prostitutas, un expresidiario y un "idiota" que deambula como sombra y conciencia. Personajes a punto de desaparecer que arrastran sus alas por descampados, portales y habitaciones de alquiler por horas. No hay aquí voluntad de denuncia panfletaria ni de realismo social complaciente. La Zaranda, una vez más, muestra sin explicar, expone sin subrayar y confía en la inteligencia sensible del espectador.

El texto de Calonge se sostiene sobre una arquitectura precisa y aparentemente austera. La repetición, la extrañeza y una lírica en constante fricción con lo sórdido van construyendo un ritmo interno que acompaña al espectador sin imponerle una lectura. No hay explicaciones ni consignas morales: son los propios personajes, desde su fragilidad y su crudeza, quienes hacen visible una realidad que solemos preferir no mirar. La palabra no traiciona nunca su condición ni su origen; habla desde el lugar que habita y, justamente por eso, alcanza una belleza inesperada. El personaje del Idiota, con ecos de Dostoyevski y resonancias mitológicas, actúa como figura liminal, puente entre mundos, entre los miserables y quienes los observamos desde la butaca.

Uno de los grandes aciertos del montaje es su huida consciente del discurso explicativo. En tiempos en los que tantas obras parecen desconfiar del espectador, Todos los ángeles alzaron el vuelo se limita a presentar una realidad encarnada en cuerpos concretos. No hay lecciones ni moralejas. Y eso, hoy, es casi un acto de resistencia.

La escena se construye desde una desnudez consciente, casi ascética. La luz aparece como una materia viva que entra y sale, que permite ver y también ocultar, generando una atmósfera de suspensión y de espera. El espacio se define con pocos elementos, pero cada uno de ellos carga con una historia y una función precisa dentro del relato escénico. Los objetos no ilustran, dialogan: se transforman, resisten, acompañan a los cuerpos. En ese equilibrio entre lo concreto y lo simbólico, La Zaranda vuelve a demostrar su capacidad para hacer del escenario un territorio donde todo está al servicio de la experiencia, sin ornamento ni complacencia.

No es fácil sostener ese equilibrio sin caer en la caricatura

El trabajo actoral es, sencillamente, admirable. Francisco Sánchez, Gaspar Campuzano y Enrique Bustos, junto a Ingrid Magrinyá y Natalia Martínez, desaparecen para dejar paso a cinco criaturas heridas, patéticas y profundamente humanas. El estilo físico, desencajado, casi al borde de la dislocación, crea una leve distancia que evita el exceso de crudeza y, al mismo tiempo, intensifica la verdad escénica. No es fácil sostener ese equilibrio sin caer en la caricatura; aquí se logra gracias a una contención y una precisión que solo da el rigor artesanal.

Hay, además, una capa emocional que atraviesa toda la función: la dedicatoria a Laura Gómez-Lacueva, actriz fundamental en la historia reciente de la compañía, fallecida en 2023 y que iba a participar en este montaje. Su ausencia se convierte, de algún modo, en un personaje más. No como evocación sentimental, sino como presencia invisible que habita el escenario. Laura está en los silencios, en los huecos, en esa sensación de diálogo con lo que no está pero sigue acompañando. Una forma honesta y profundamente teatral de entender la memoria.

No faltan tampoco el humor negro, la ironía amarga y una crítica social que nunca se formula en términos obvios. La risa, aquí, nace del dolor y se vuelve mecanismo de defensa, gesto de dignidad frente a lo inevitable. La Zaranda sigue interrogando qué lugar que ocupamos en el mundo, sin ofrecer respuestas cerradas.

'Todos los ángeles alzaron el vuelo' no busca consolar ni tranquilizar. Propone un encuentro. Un descenso al basurero desde el que, contra toda lógica, la esperanza insiste en brotar. Y quizá ahí resida su fuerza: en recordarnos que el teatro, cuando es verdadero, no salva, pero acompaña. Como un ángel de alas sucias que, aun así, se empeña en volar.

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Desde 15 €
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