Arissa. L’ombra i el fotògraf, 1922-1936

Arte, Fotografía
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Arissa. L’ombra i el fotògraf, 1922-1936

Antoni Arissa (Sant Andreu, 1900 - Barcelona, 1980) encarna un prototipo del artista del siglo XX –hay más–. Casi anónimo, amateur, tan pronto emergente como enterrado, y a caballo de las extraordinarias posibilidades ofrecidas por las nuevas tecnologías. Estoy hablando de un fotógrafo, propietario de una pequeña imprenta, que desarrolla su obra en un marco temporal de tan sólo catorce años. Alguien como tú, lector, que un buen día descubre que con una cámara y líquidos de revelar puede crear, no diré arte o belleza, pero sí algo nuevo y excitante. Imagínese un arte que no dependa del galerismo o de la crítica, esencialmente nuevo y autónomo, que se pueda difundir –sin perder su carácter esencial– en revistas locales o internacionales, que no exija una fortuna económica ni unos estudios reglados, sólo sensibilidad y el compañerismo de una comunidad de intereses coincidentes...
Los negativos de Arissa fueron a parar a la Fundación Telefónica, no me preguntéis cómo, y ahora esta institución da difusión a su obra, enraizada en un pictorialismo que evoluciona hacia posturas vanguardistas. Se trata de una selección de 161 fotografías en blanco y negro que rehuyen tanto el reportaje efectista como el formalismo purista.
Arissa arranca con visiones rurales del entorno de Sant Andreu, con composiciones narrativas donde podemos imaginar una historia: la niña perdida en un bosque rescatada por su hermano mayor, el duro trabajo del campo, tareas como ir a recoger leña. Una arcadia de trabajo duro, pero no contaminada por el caos urbano. La espontaneidad no figura entre la lista de prioridades estéticas de Arissa. Aunque hay, a partir del 1930, experimentación efectista con contrapicados relacionados con lo que es industrial: chimeneas amenazantes, un puerto febril de reflejos y contraluces, vidrios y niquelados, motocicletas y cocteleras, atracciones de feria y laboratorios de bata blanca y luz halógena. De pronto, en 1936 y el silencio... Hay sombras que es mejor no despertar.

Por Ricard Mas

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