Su nombre real era Ana María Gómez González, pero decidió adoptar el segundo apellido de su padre, Mallo, y firmar con su apodo, Maruja. Fue integrante de la Generación del 27 y estuvo vinculada a la Escuela de Vallecas y al Grupo de Arte Constructivo.
Máscara y compás nos adentra suavemente en la producción de la artista a través de sus diferentes etapas. La primera, Estampas y Verbenas, se compone de cuadros que recoge en el gentío de una feria y la diversidad de cuerpos y clases sociales unidos por el jolgorio. A continuación Cloacas y campanarios supone un cambio abrupto. Mallo muestra un mundo apocalíptico y oscuro que atrajo el interés de surrealistas como André Breton quien adquirió un cuadro de esta serie, Espantapájaros (1930), que se puede ver en la exposición.
A principios de la década de los 30, Maruja viajó a París y estudió escenografía y teatro. Realizó la escenografía de Clavileño, un ballet de Rodolfo Halffter que no pudo estrenarse debido al estallido de la Guerra Civil. En la exposición se ha realizado una réplica de esta escenografía que deja patente la modernidad de la propuesta.
La Guerra Civil marcó a Maruja. Se exilió a Argentina y allí realizó la serie La religión del trabajo, una serie de retratos y composiciones que homenajean a la mujer trabajadora. La obra que inició esta serie es Sorpresa del trigo, donde ya apuntaba unos rasgos femeninos de proporciones armónicas que se repetirían a lo largo de toda la serie. Los estudios sobre el cuerpo femenino se sucedían y la artista se interesó por retratar cuerpos y cabezas femeninos de diferentes razas. Este interés por la fisionomía se transformó en una exploración de la máscara como posibilidad armónica de rasgos humanos.
Maruja regresó a España en 1962 y la obra de este periodo está marcada por la geometría y la ciencia.
Mallo falleció en Madrid en 1995, a los 93 años, sin que se le hubiera dedicado una gran retrospectiva. Ahora el Museo Reina Sofía salda esta deuda histórica.




