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En el Madrid antiguo, el agua era un lujo que no salía de ningún grifo. Eran los aguadores quienes, con sus cántaros de barro o grandes cubas montadas en mulas, abastecían a vecinos, conventos y tabernas. Recorrieron la ciudad desde el siglo XVI hasta bien entrado el XIX, cuando su presencia era tan común como el pregón que anunciaba su llegada.
Los aguadores no solo distribuían agua: también eran parte del paisaje urbano. La Plaza Mayor, la Puerta del Sol o el Rastro se llenaban de aguadores, ofreciendo el líquido más necesario al precio de unas pocas monedas. Su trabajo era duro, cargado de esfuerzo físico, pero indispensable para la vida cotidiana de la Villa, que crecía sin una red moderna de abastecimiento.
No todos los que se dedicaban a este oficio eran iguales. Había distintos tipos de aguadores: los que vendían agua directamente de fuentes públicas y los que llevaban cántaros hasta los domicilios más acomodados. Muchos se convirtieron en personajes populares, reconocidos en su barrio y cercanos a la gente, aunque siempre ocupando los peldaños más bajos de la escala social.
Testigos del día a día
El oficio de los aguadores no se limitaba a transportar agua. También eran testigos privilegiados de la vida madrileña: sabían quién debía, quién bebía más de la cuenta o qué familia estaba en apuros. Como pasaba con los serenos o las lavanderas, su papel era al mismo tiempo práctico y humano, insertado en la trama de relaciones cotidianas de la ciudad.
La llegada del Canal de Isabel II en 1858 cambió todo. Los grifos comenzaron a brotar en las casas, y el viejo oficio se fue desvaneciendo. Los aguadores desaparecieron sin hacer ruido, dejando atrás siglos de servicio anónimo, aunque aún sobreviven en cuadros de Goya, estampas costumbristas y en la memoria de una ciudad que durante mucho tiempo bebió gracias a ellos.

