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Collage con Mari Trini, Nicholas Ray, Los Pekenikes...
Amaya Lalanda

Madrid oculto: Las noches del Nikka's

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Los ojos de los sorprendidos miembros de Los Pekenikes, el legendario grupo de rock, casi se salían de sus órbitas. Un enorme camión había comenzado a descargar baterías, guitarras Stratocaster o bajos Fender. Por entonces, entre los pioneros de la música ye-yé, contar con buenos instrumentos era una misión casi imposible. Apenas existían tiendas. Tampoco, por lo general, había dinero. Cuando se calmaron, preguntaron a quién debían aquella inusitada muestra de generosidad: "Cortesía de Juan Domingo Perón", contestó el empleado. Más tarde, durante la primavera de 1963, actuaron frente al depuesto presidente argentino, entonces en España.

Aunque a Perón le gustaba el pop, no le agradaba el ruido que llegaba de la lujosa casa de su vecina de arriba, Ava Gardner, quien tras vivir en La Moraleja, en un chalé que llamaba La Bruja (en su tejado había una veleta con la imagen de una bruja montada en una escoba), se mudó a la calle de Oquendo y, finalmente, al número 11 de la avenida del Doctor Arce. Cada noche se sucedían las fiestas, gritos y la música alta. Se bebía en exceso y puede que algo más. Perón, harto de las algaradas, la denunció. Gardner había llegado a España en 1951. Le gustó tanto nuestro país y, sobre todo Madrid, que dos años más tarde, ya divorciada de Frank Sinatra y rendida ante el torero Dominguín, se instaló en nuestra ciudad. No le faltaban amistades. Una de estas, su media naranja en las noches de noctambulismo, era el director Nicholas Ray, al que había conocido en una de las fiestas de La Bruja, en 1959. Ray, que vivía a unos pasos de su casa, fundó un templo a su medida en avenida de América esquina con Cartagena, junto a las Torres Blancas, que llamó Nikka’s (en realidad, “Nick Ass”, el culo de Nicholas Ray, una broma suya). En el local podía suceder cualquier cosa. Encuentros imprevistos, desenfreno y delirio entre una variopinta bohemia en busca de su estrella. Su amiga Gardner pasaba ahí la noche entre vasos de tequila, jerez o bourbon. Allí se formaron los primeros grupos de rock madrileños, como Los Pekenikes, pero también desfilaron Dizzie Gillespie o Los Brincos, e incluso una jovencísima y arrolladora Mari Trini vestida de cuero negro, que después se iría a París y encandilaría a Jacques Brel.

Sus mejores años habían pasado. Ray, repudiado por la industria, adicto a las drogas y el juego, ingresó en alguna ocasión en el Hospital Angloamericano, llevado por los militares de Torrejón. Dirigió el Nikka’s durante un par de años, tras lo cual nombró encargado a su sobrino, que lo convenció para cambiarle el nombre y, en su lugar, abrir el Sum-Sum. Pero él, incansable en su pasión nocturna y alcohólica, abrió otro garito, un piano bar convertido más tarde en un club llamado Tosca, hasta que se trasladó a París. En 1967 hizo lo mismo Gardner, quien acabó en Londres como exiliada de esa diáspora del Hollywood más excesivo.

Collage con Mari Trini, Nicholas Ray, Pekenikes...

Amaya Lalanda

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