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Collage de Amaya Lalanda
Amaya Lalanda

Madrid oculto: Paseantes trágicos

Por
Gorka Elorrieta
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"Vivir en la calle es una experiencia muy bonita", confesó Tina Muñoz Barrull, hermana de Carmela, ambas integrantes de Las Grecas, a un atónito José María Iñigo durante una entrevista en televisión. Muchos años antes de fallecer en 1995 en un centro de acogida de Aranjuez, paseaba su desgracia por la calle Toledo. Los vecinos, al reconocerla, se quedaban impactados. Sufría esquizofrenia paranoide y, además, era drogadicta. Este fue un capítulo más de la parte maldita del pop, ese lado oscuro que hace años intenté explicar a los fans de Las Grecas en el otro lado del mundo, en San Francisco, donde las adoran y coleccionan sus discos. Una extraña noche, en un local de la ciudad decorado como si fuese un tablao sevillano, desfilaron ante mí cantantes (gaditanos) junto a guitarristas (estadounidenses) y bailaoras (asiáticas), y entonces recordé la imagen de la ilustre vagabunda que, durante un tiempo, reinó.

Madrid siempre ha sido una ciudad formada por inmigrantes andaluces, extremeños, asturianos, de cualquier lugar, que la toman y hacen suya. Todos, tarde o temprano, van y vienen por la calle Toledo o sus aledaños donde un siglo antes de la tragedia de Tina se sucedían las Casas de Dormir, lugares oscuros y sórdidos donde el proletariado, los mendigos y no pocos apaches pasaban la noche por un puñado de reales. Cada dos horas el tabernero los despertaba para que abonasen otra consumición. Casa Dani es un hermoso superviviente.

Los paseantes trágicos de la calle Toledo incluían al difunto Enrique Sierra, guitarrista de Radio Futura y Kaka de Luxe, que vivió durante un tiempo muy cerca de allí, en una buhardilla del número 7 de la calle Magdalena. Puede que hasta se cruzase con Tina. Aunque su imagen guerrera imponía, muchos que le conocieron me confesaron que era amable y atento.

Hace un siglo, en el tramo que va de la Cebada a la Puerta de Toledo, proliferaban los cafés cantantes, como el de Los Naranjeros, hasta 1912 en el número 5 de la plaza de la Cebada, donde hoy se encuentra parte del Teatro de La Latina. En la calle de la Ruda reinaban la prostitución, la suciedad y los navajazos. Junto a esta, había hileras de puestos callejeros de verduras. Calle abajo, tabernas angostas y antros, el incendiado Teatro Novedades, la memoria de los bajos fondos. La cervecería La Paloma fue uno de ellos. Allí solía verse a Enrique Morente, que se sentía como en casa en aquel Madrid de los parias, quizás porque deseaba vivir los restos de lo que una vez fue Madrid antes de su despedida. Y se despidió, en el invierno de 2010. Poco antes tuve la ocasión de verlo en directo. Impresionado, quise saludarlo. Estaba en la barra junto a su cohorte gitana bebiendo un whisky. Le di la mano, felicité y pregunté por qué había tocado tan poco: "Pues mire usted –me dijo– cuando comienzas a aburrir a los amigos lo mejor es recoger e irse". Qué gran verdad.

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