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Madrid oculto

El escritor Servando Rocha nos descubre ese Madrid escondido bajo el asfalto, camuflado en los pliegues de su Historia reciente

La isla en el Manzanares
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La isla en el Manzanares

La imagen que proyectaba cuando terminó la Guerra Civil era la de un barco bombardeado y varado en medio del Manzanares, justo frente a la actual estación de Príncipe Pío. Entre aquella imagen y lo que podía verse cualquier día de verano desde que La Isla, una gran piscina levantada aprovechando una de las islitas artificiales que aún hoy se distinguen en el río, se inauguró en 1931, con la llegada de la República, mediaba un abismo. Siglos antes, en los tiempos de Felipe II, el exiguo caudal del Manzanares estuvo a punto de lograr lo imposible: convertirse en navegable para que uniera la ciudad con Toledo e incluso alcanzase Portugal. Un sueño imperial. Lógicamente, tras varios precarios intentos la idea se descartó. Por eso, cuando el arquitecto Luis Gutiérrez Soto propuso la creación de una piscina con forma de barco en pleno río, algunos recordaron el delirante proyecto. Sin embargo, La Isla, como se llamó, fue todo un éxito. Contaba con amplias piscinas tanto a proa como a popa. También existía una cafetería y vestuarios. Sus instalaciones, con varias alturas, se desbordaban por la afluencia de público. Incluso estaba unida al mismo río, de donde provenía el agua, aunque filtrada y tratada. El Manzanares ha sido cantado, pintado y convertido en verso. También, en ocasiones, ha sido motivo de burla por lo pequeño y modesto de su caudal, a veces casi testimonial. Algunos monarcas, en un alarde de fantasía delirante, soñaron con convertirlo en nuestro Sena. Hasta comienzo

La ciudad subterránea
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La ciudad subterránea

La ciudad aún estaba sembrada por los desastres de la guerra: edificios en ruinas, barrios arrasados y una población mermada por los bombardeos, el exilio o la cárcel. Madrid, tras la Guerra Civil, era una urbe repleta de cicatrices. La Gran Vía, construida en sucesivas fases que llegaron hasta aquellos años de la posguerra y que, inicialmente, se llamaría Avenida A (aunque se pensó en Eduardo Dato, en homenaje al presidente del gobierno asesinado por los anarquistas), sería el corazón de la nueva ciudad. A su alrededor, la gran reforma urbanística acabó con muchos de sus barrios decimonónicos o con oscuros edificios como La Casa del Pecado Mortal, "una casa hermética, sombría, vigilante, en la silente calle del Rosal", escribió Emilio Carrère en su Ruta emocional de Madrid. Cada noche una fila de frailes, portando pequeños faroles, salía de la casona e iba de puerta en puerta a burdeles, botillerías y garitos de mal vivir pidiendo limosna "para hacer bien por las almas de los que viven en pecado mortal". Fue el final de aquellas historias, lo mismo que muchas de esas calles angostas, laberintos urbanos que fueron barridos por una avenida que, al llegar a la plaza de Callao, pudo albergar una ciudad invertida, un Madrid subterráneo. Nuestro particular Blade runner a juzgar por lo que anunciaba el proyecto. En 1948, un ingeniero de caminos llamado Juan de Arespacochaga y Felipe, futuro alcalde de Madrid entre 1976 y 1978 y cuya familia era oriunda de Vizcaya (casi logró un imp

El ejército peripatético
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El ejército peripatético

No se las conocía como prostitutas. Periodistas y escritores, en los años 20 y 30 del siglo pasado, las llamaban "peripatéticas" (aquello que es "ridículo y extravagante", cuando no "grotesco", aunque la palabra hace referencia a una antigua escuela filosófica griega). Se las veía en cafés y tabernas de mal vivir. También en las tertulias que terminaban de madrugada y eran frecuentadas por bohemios hambrientos, mecheras, sicalípticas y gentes de dudosa reputación, donde se encontraban entre los "suyos". La calle Montera siempre fue su feudo, pero también los aledaños de la Puerta del Sol, nuestro pequeño barrio chino (Encomienda o Esgrima, en lo alto de Lavapiés), Tetuán y las Peñuelas. O en la plaza de Santa María Soledad Torres Acosta (aunque nadie la llama así sino plaza de la Luna). Una vez hubo allí un imponente palacio, el Palacio de Monistrol. En los bajos del edificio estuvo el famoso Café de la Luna, frecuentado por artistas, poetas y numerosas prostitutas que recibían el nombre de la Cofradía de la Piruleta. Su dueño, Joaquín Hevia, fue asesinado en su casa del número 30 de la calle de la Justa (actual Libreros). Fue el famoso crimen de la calle de la Justa, que se sospechó obra de una prostituta, harta de tanta mala vida y también harta de Hevia. Parte del Palacio fue también sede de la anarcosindicalista CNT, sometida a continuas redadas y registros. En una ocasión, las prostitutas echaron una mano a los confederales. Con la autoridad a las puertas, cada una de el

Las duelistas del Retiro
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Las duelistas del Retiro

Espadas, floretes, pistolas. Una vez Madrid fue una ciudad de duelos y pasiones desatadas donde las ofensas al honor se pagaban muy caras. Sin embargo, no todos defendían esta guerrera tradición. Un ilustre trágico como Mariano José de Larra lo veía como algo propio  de países atrasados y bárbaros,  lo mismo que las distintas Ligas Antiduelistas. Políticos, comerciantes, literatos y sobre todo… ¡periodistas! eran habituales blancos de los ofendidos, que no dudaban en enviar a sus padrinos para acordar hora, lugar y modo. Los duelos al sol eran tan frecuentes que el escritor Cansinos Assens aseguró en sus memorias que la redacción del periódico para el que trabajaba disponía de un cuartito destinado a la sala de esgrima, con sus correspondientes floretes y caretas, "donde todos los días practicamos ese noble arte, bajo la dirección de un profesor francés... La profesión de periodista está expuesta a los lances de honor y hay que saber manejar la espada y el sable, por si llega el caso de batirse". Las ofensas se saldaban en los aledaños de Vista Alegre o Carabanchel, lugares célebres por sus enfrentamientos a sangre y fuego. En este último lugar, como si se tratase de un western, tuvo lugar el Duelo de Carabanchel. La mañana del 12 de marzo de 1870, en la escuela de tiro de la Dehesa de Carabanchel, Antonio de Orleans, duque de Montpensier, y Enrique de Borbón, duque de Sevilla, ambos vestidos de rigurosa levita negra, se batieron a muerte. Falleció el segundo, aunque el prim

Cuidado con las bestias
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Cuidado con las bestias

López de Hoyos "trajo" a las primeras bestias, una sierpe o culebra que aseguró presidía la Puerta Cerrada, en la antigua muralla cristiana, cuando esta servía de entrada a la ciudad. Pero alguien convirtió al animal en un gran y peligroso dragón y fue el culpable de una de las teorías más disparatadas acerca del origen de la ciudad: esa misma imagen del dragón había sido usada por los griegos en sus estandartes de guerra. Madrid había sido fundada por ¡los griegos! Durante tres siglos el gran dragón o grifo –mitad águila y mitad león– fue el escudo de la ciudad, hasta que, en los 60 del siglo pasado, el Ayuntamiento se dio cuenta del disparate. Madrid tuvo sus bestias. En 1926, un periodista conoció a unos saltimbanquis que, durante un tiempo, en pleno centro, paseaban osos, monos y hasta camellos. Los fotografió Alfonso. Sucedía muy cerca precisamente de la calle León, que se llama así porque, siglos antes, vivía un hombre junto a su león, que exhibía por dos maravedís: "Cruzábamos la plaza de Santa Ana y nos atrajo, como a los chicos, el son pausado y monótono del pandero. Nos acercamos al corro, formado a la entrada de la calle de Núñez de Arce, y durante unos momentos estuvimos contemplando al fiero domador con admiración de la chiquillería que, sin darle importancia al caso, hacía danzar en dos patas al oso". Avistamientos y terrores. Dos años más tarde, otro animal, un toro, sembró el terror muy cerca del lugar en que el periodista vio al oso. Una mañana, en el Matader

El futuro que ya fue
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El futuro que ya fue

Hubo una época en la que Madrid soñó con alcanzar las estrellas, hacer realidad eso 'De Madrid al cielo', una frase surgida en nuestro Siglo de Oro, cuando el dramaturgo Luis Quiñones de Benavente escribió: "Pues el invierno y el verano, / en Madrid solo son buenos, / desde la cuna a Madrid, / y desde Madrid al Cielo". Durante aquellas fechas se inauguró el Real Observatorio Astronómico de Madrid donde, además de antiguos telescopios y un péndulo de Foucault, se exhibe una sucesión de relojes que en su día sirvieron para fijar con suprema exactitud la hora para todo el país y que hoy languidecen junto a extraños carteles que advierten: "Retrasado tres segundos". No perdimos el tiempo. Lo de alcanzar el cielo fue una fantasía que en los años 80 tenía aspecto de pesadilla distópica, un particular y castizo escenario Blade runner, sobre todo si uno se daba una vuelta por Atocha. Allí, desde 1968 (año en que la prensa y hasta el portavoz del Centro de Meteorología aseguraron que un misterioso ovni había sobrevolado el centro de la ciudad) hasta 1985 se levantó el gigantesco y pionero Scalextric, un laberíntico escenario de rampas y pasarelas por el que surcaban diariamente miles de vehículos y que convirtió esa zona en irrespirable debido a la contaminación. Al año siguiente se inauguró otro de los enclaves para soñar con el firmamento: el Planetario. Existe una historia secreta del futurismo en la capital, un relato de sinuosas arquitecturas que parecían provenir de otra dimensi

Paseantes trágicos
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Paseantes trágicos

"Vivir en la calle es una experiencia muy bonita", confesó Tina Muñoz Barrull, hermana de Carmela, ambas integrantes de Las Grecas, a un atónito José María Iñigo durante una entrevista en televisión. Muchos años antes de fallecer en 1995 en un centro de acogida de Aranjuez, paseaba su desgracia por la calle Toledo. Los vecinos, al reconocerla, se quedaban impactados. Sufría esquizofrenia paranoide y, además, era drogadicta. Este fue un capítulo más de la parte maldita del pop, ese lado oscuro que hace años intenté explicar a los fans de Las Grecas en el otro lado del mundo, en San Francisco, donde las adoran y coleccionan sus discos. Una extraña noche, en un local de la ciudad decorado como si fuese un tablao sevillano, desfilaron ante mí cantantes (gaditanos) junto a guitarristas (estadounidenses) y bailaoras (asiáticas), y entonces recordé la imagen de la ilustre vagabunda que, durante un tiempo, reinó. Madrid siempre ha sido una ciudad formada por inmigrantes andaluces, extremeños, asturianos, de cualquier lugar, que la toman y hacen suya. Todos, tarde o temprano, van y vienen por la calle Toledo o sus aledaños donde un siglo antes de la tragedia de Tina se sucedían las Casas de Dormir, lugares oscuros y sórdidos donde el proletariado, los mendigos y no pocos apaches pasaban la noche por un puñado de reales. Cada dos horas el tabernero los despertaba para que abonasen otra consumición. Casa Dani es un hermoso superviviente. Los paseantes trágicos de la calle Toledo inclu

Los castizos imposibles
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Los castizos imposibles

La reunión tiene lugar en la sede social de los Chopera, auténticos todopoderosos del mundo taurino. Madrid vive una euforia que tiene algo de impostada y comienza a perder pie. La fiesta, lo mismo que el verano, parece eterna. La Luna de Madrid, la revista emblemática de La Movida, ha tenido una idea: organizar una gran corrida de toros en Las Ventas. El periodista José Luis Moreno-Ruiz propone a tres toreros de renombre: Joaquín Bernardó, Rafael de Paula y Gregorio de Tébar 'el Inclusero'. Y los Chopera asienten. Pero cuando el proyecto está a punto de cerrarse, todo se tuerce: "Al poco de comenzar el encuentro con Manuel Martínez Chopera –escribe José Luis en La Movida modernosa–, los tres chisgarabís [de La Luna de Madrid] que me acompañaban empezaron a soltar paridas. Una de ellas resultó definitiva. Propusieron que los vestidos de torear de los matadores los diseñara Agatha Ruiz de la Prada, y que en vez de la banda de música tocara Gabinete Caligari". Chopera no sabe adónde mirar. Gabinete Caligari (tupés, gesto de desafío y actitud apachesca), con aquel "Somos Gabinete Caligari y somos fascistas" que lanzaron en uno de sus conciertos, o la defensa a ultranza de la Fiesta Nacional, se convirtieron en padres del rock "castizo y torero". Su cantante y líder, Jaime Urrutia, habría llorado si se hubiera hecho realidad ese sueño de un concierto suyo en pleno ruedo. Séptimo Sello cantaban por aquella época un antihimno como era Todos los paletos fuera de Madrid. Macarras con

Nuestra ciudad de la luz
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Nuestra ciudad de la luz

Madrid se convierte en la otra ciudad de la luz: una puesta de sol que es como un incendio de colores ocres o naranjas, que surge tras los edificios e invade el horizonte al despedirse la tarde. Los lugares para el deleite son muchos, como el parque de las Siete Tetas (Cerro del Tío Pío). Ese mismo atardecer ensangrentado fue el que contempló la escritora y filósofa Simone de Beauvoir, quien en 1945 paseó por un barrio de Vallecas destruido por la guerra. Junto a Sartre, su pareja, había visitado la ciudad con la proclamación de la República. Fue inmensamente feliz. Cuando llegó el golpe fascista, una apesadumbrada Simone escribe en su diario: "Nos hundimos en el drama que durante dos años y medio dominó todas nuestras vidas: la guerra de España. Las tropas de Franco no habían triunfado tan rápidamente como esperaba la derecha; tampoco habían sido aplastadas tan pronto como suponíamos". Su segunda visita tenía una misión específica: entregar una carta de un antifranquista a una vallecana. Lo que ve le impresiona: "Vallecas era menos campesino, se respiraba un olor de fábrica, pero había la misma desnudez; las calles servían de vertederos, las mujeres lavaban andrajos en el umbral de sus chozas; vestidas totalmente de negro, la miseria endurecía sus rostros a tal punto que parecían casi malvadas". Muchos intelectuales y artistas, bohemios y temerarios pasearon por esta otra ciudad de la luz y se enamoraron de ella. Aquí jugaron a ser exploradores, a descender a los subterráneo

Las cupleteras y el Apocalipsis
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Las cupleteras y el Apocalipsis

Se deslumbraban y caían presos de amor generales (Primo de Rivera), reyes (Alfonso XIII) y hasta maharajás. En 1906, en los días previos al enlace real entre Alfonso XIII y Victoria Eugenia, interrumpido por la famosa bomba del anarquista Mateo Morral al paso de la comitiva, la ciudad se engalana y recibe a numerosas autoridades. Entre ellas, al fastuoso maharajá de Kapurthala, quien acude al teatro del Gran Kursaal para ver el espectáculo de la cupletera Anita Delgado. Inmediatamente, rendido ante su belleza, pide su mano. Más tarde, en la correspondencia que ambos mantuvieron, don Ramón del Valle-Inclán hizo de celestino y ayudó a una Anita casi analfabeta a redactar la carta que facilitó la boda, a la que llegó a lomos de un gran elefante. Pero Anita Delgado fue solamente una más de entre todo aquel ejército sicalíptico (una derivación de ‘apocalipsis’, por lo que generaba en el imaginario ciudadano la actitud de las cupletistas) capitaneado por Raquel Meller, La Fornarina, Tórtola Valencia, La Bella Chelito, Pastora Imperio, Carmen Flores, Dora la Cordobesita, Salud Ruiz y tantas otras. Eran transgresoras y unas adelantadas feministas que las mismas sufragistas tomaron como ejemplo. Sus espectáculos, en ocasiones, eran tumultuosos y su imagen provocadora convertía algunas zonas de una capital que nunca dormía en pequeños Montmartres y recordaba a lo que entonces sucedía en los bajos fondos de la República de Weimar: desinhibición, libertad y alegría. La prensa lo llamab