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Mujeres en un collage de Amaya Lalanda
Amaya Lalanda

Madrid oculto: El ejército peripatético

Por Servando Rocha
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No se las conocía como prostitutas. Periodistas y escritores, en los años 20 y 30 del siglo pasado, las llamaban "peripatéticas" (aquello que es "ridículo y extravagante", cuando no "grotesco", aunque la palabra hace referencia a una antigua escuela filosófica griega). Se las veía en cafés y tabernas de mal vivir. También en las tertulias que terminaban de madrugada y eran frecuentadas por bohemios hambrientos, mecheras, sicalípticas y gentes de dudosa reputación, donde se encontraban entre los "suyos".

La calle Montera siempre fue su feudo, pero también los aledaños de la Puerta del Sol, nuestro pequeño barrio chino (Encomienda o Esgrima, en lo alto de Lavapiés), Tetuán y las Peñuelas. O en la plaza de Santa María Soledad Torres Acosta (aunque nadie la llama así sino plaza de la Luna). Una vez hubo allí un imponente palacio, el Palacio de Monistrol. En los bajos del edificio estuvo el famoso Café de la Luna, frecuentado por artistas, poetas y numerosas prostitutas que recibían el nombre de la Cofradía de la Piruleta. Su dueño, Joaquín Hevia, fue asesinado en su casa del número 30 de la calle de la Justa (actual Libreros). Fue el famoso crimen de la calle de la Justa, que se sospechó obra de una prostituta, harta de tanta mala vida y también harta de Hevia. Parte del Palacio fue también sede de la anarcosindicalista CNT, sometida a continuas redadas y registros. En una ocasión, las prostitutas echaron una mano a los confederales. Con la autoridad a las puertas, cada una de ellas salió del brazo de un anarquista, sacando a escondidas las armas ocultas entre sus ropas.

Las peripatéticas fueron testigos y protagonistas de nuestra historia y por eso esa historia está en deuda con ellas: "En la calle de Espoz y Mina –cuenta una crónica de la época– se encontraron ayer dos peripatéticas chamberileras, entre las que mediaban antiguos resentimientos, y después de condecorarse mutuamente con varios insultos de gran espectáculo y larguísimo metraje, se acometieron con furor asesino, propinándose una doble paliza, tan suculenta como estrepitosa. La feliz circunstancia de ir ambas con el pelo a lo garçonne evitó que pudieran tirarse del moño, y la previsora moda de las faldas cortísimas hizo que pudiesen azotarse sin necesidad de tener, como hace años, que levantar las faldas susodichas a la enemiga para confeccionar el azotado. La causa de la reyerta parece ser que consiste en el amor de un pollo pera, que ambas se disputan". Por ellas brindamos.

Si te perdiste el artículo anterior: Una ruta infernal por Madrid

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