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Amaya Lalanda

Madrid oculto: Las cupleteras y el Apocalipsis

Por Servando Rocha
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Se deslumbraban y caían presos de amor generales (Primo de Rivera), reyes (Alfonso XIII) y hasta maharajás. En 1906, en los días previos al enlace real entre Alfonso XIII y Victoria Eugenia, interrumpido por la famosa bomba del anarquista Mateo Morral al paso de la comitiva, la ciudad se engalana y recibe a numerosas autoridades. Entre ellas, al fastuoso maharajá de Kapurthala, quien acude al teatro del Gran Kursaal para ver el espectáculo de la cupletera Anita Delgado. Inmediatamente, rendido ante su belleza, pide su mano. Más tarde, en la correspondencia que ambos mantuvieron, don Ramón del Valle-Inclán hizo de celestino y ayudó a una Anita casi analfabeta a redactar la carta que facilitó la boda, a la que llegó a lomos de un gran elefante.

Pero Anita Delgado fue solamente una más de entre todo aquel ejército sicalíptico (una derivación de ‘apocalipsis’, por lo que generaba en el imaginario ciudadano la actitud de las cupletistas) capitaneado por Raquel Meller, La Fornarina, Tórtola Valencia, La Bella Chelito, Pastora Imperio, Carmen Flores, Dora la Cordobesita, Salud Ruiz y tantas otras. Eran transgresoras y unas adelantadas feministas que las mismas sufragistas tomaron como ejemplo. Sus espectáculos, en ocasiones, eran tumultuosos y su imagen provocadora convertía algunas zonas de una capital que nunca dormía en pequeños Montmartres y recordaba a lo que entonces sucedía en los bajos fondos de la República de Weimar: desinhibición, libertad y alegría.

La prensa lo llamaba, con cierto desdén, "arte frívolo", porque cuestionaba las convenciones sociales, la cultura masculina y, por supuesto, el papel que se suponía debía tener la mujer. Sus más fieles defensores fueron una tropa igual de llamativa y excesiva: escritores abiertamente gays como el "divino" Álvaro Retana, cupletólogo oficial de la Villa, o el marqués Antonio de Hoyos y Vinent, que marcharía al frente fusil al hombro y chaleco de seda roja por bandera.

El escándalo comenzó cuando una cupletera alemana, Augusta Berges, cantó entre contorsiones La pulga mientras buscaba al dichoso bicho oculto en algún lugar de su cuerpo. Sucedió en el teatro Barbieri, que por las tardes servía de tribuna política en mítines que a veces terminaban con incidentes callejeros. Por la noche, llegaban las sicalípticas. Hubo un Trianón Palace, un Ideal Rosales y hasta un Moulin Rouge (su reclamo decía: "No veranee en la Sierra. Molino Rojo es más alegre y su temperatura más agradable") que se levantaba, con molino incluido, en la calle Tribulete, en el actual edificio de la UNED. La Guerra Civil fue el final de los días gloriosos de las cupleteras, que a mediados de la década de los 30 llegaron a cantar vivas a la República o al comunismo libertario, y hasta propusieron un Gobierno Cupleteril.

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