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Amaya Lalanda

Madrid oculto: Nuestra ciudad de la luz

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Madrid se convierte en la otra ciudad de la luz: una puesta de sol que es como un incendio de colores ocres o naranjas, que surge tras los edificios e invade el horizonte al despedirse la tarde. Los lugares para el deleite son muchos, como el parque de las Siete Tetas (Cerro del Tío Pío). Ese mismo atardecer ensangrentado fue el que contempló la escritora y filósofa Simone de Beauvoir, quien en 1945 paseó por un barrio de Vallecas destruido por la guerra. Junto a Sartre, su pareja, había visitado la ciudad con la proclamación de la República. Fue inmensamente feliz. Cuando llegó el golpe fascista, una apesadumbrada Simone escribe en su diario: "Nos hundimos en el drama que durante dos años y medio dominó todas nuestras vidas: la guerra de España. Las tropas de Franco no habían triunfado tan rápidamente como esperaba la derecha; tampoco habían sido aplastadas tan pronto como suponíamos".

Su segunda visita tenía una misión específica: entregar una carta de un antifranquista a una vallecana. Lo que ve le impresiona: "Vallecas era menos campesino, se respiraba un olor de fábrica, pero había la misma desnudez; las calles servían de vertederos, las mujeres lavaban andrajos en el umbral de sus chozas; vestidas totalmente de negro, la miseria endurecía sus rostros a tal punto que parecían casi malvadas". Muchos intelectuales y artistas, bohemios y temerarios pasearon por esta otra ciudad de la luz y se enamoraron de ella. Aquí jugaron a ser exploradores, a descender a los subterráneos madrileños. Tristan Tzara, una leyenda dadá, con su característico monóculo y su contumaz anarquía, en 1929 bajó hasta la Sagrada Cripta de Pombo en el mismo Café Pombo, que fue lo más parecido que tuvimos a un Cabaret Voltaire.

Nuestra transmutación en París era sencilla, bastaba atravesar un pasaje, como el del Comercio, que recuerda a los mil pasajes parisienses, fundado por el empresario Mateo Murga en 1845 y que fue perdiendo su esplendor, para fundirse con una ciudad que coqueteaba con París: los cabarets y teatros de variedades, la rebelión de sicalípticas, cocotas parisinas y revistas como París alegre, una de las más célebres del primer soft porn patrio. Llevaba como subtítulo Revista ilustrada con fotografías al natural y publicó una serie titulada Los placeres de París. De eso sabía mucho Victor Hugo, que vivió dos años en Madrid, entre 1811 y 1812. Se alojó en la calle Clavel número 3, a unos pasos de la Gran Vía, esa que en su creación intentó imitar las reformas urbanísticas de su hermana mayor francesa, la otra ciudad de la luz.

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