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Collage de Amaya Lalanda
Amaya Lalanda

Madrid oculto: La ciudad subterránea

Por
Gorka Elorrieta
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La ciudad aún estaba sembrada por los desastres de la guerra: edificios en ruinas, barrios arrasados y una población mermada por los bombardeos, el exilio o la cárcel. Madrid, tras la Guerra Civil, era una urbe repleta de cicatrices. La Gran Vía, construida en sucesivas fases que llegaron hasta aquellos años de la posguerra y que, inicialmente, se llamaría Avenida A (aunque se pensó en Eduardo Dato, en homenaje al presidente del gobierno asesinado por los anarquistas), sería el corazón de la nueva ciudad. A su alrededor, la gran reforma urbanística acabó con muchos de sus barrios decimonónicos o con oscuros edificios como La Casa del Pecado Mortal, "una casa hermética, sombría, vigilante, en la silente calle del Rosal", escribió Emilio Carrère en su Ruta emocional de Madrid. Cada noche una fila de frailes, portando pequeños faroles, salía de la casona e iba de puerta en puerta a burdeles, botillerías y garitos de mal vivir pidiendo limosna "para hacer bien por las almas de los que viven en pecado mortal". Fue el final de aquellas historias, lo mismo que muchas de esas calles angostas, laberintos urbanos que fueron barridos por una avenida que, al llegar a la plaza de Callao, pudo albergar una ciudad invertida, un Madrid subterráneo. Nuestro particular Blade runner a juzgar por lo que anunciaba el proyecto.

En 1948, un ingeniero de caminos llamado Juan de Arespacochaga y Felipe, futuro alcalde de Madrid entre 1976 y 1978 y cuya familia era oriunda de Vizcaya (casi logró un imposible: ¡un alcalde vasco!), presentó un ambicioso proyecto arquitectónico que parecía ciencia ficción. Diseñó una auténtica ciudadela bajo tierra a la altura de Callao, con subavenidas, centros comerciales y acceso a las casas. Según él, todo eran ventajas. Incluso nos protegería del desastre nuclear: "En momentos de tan poca estabilidad y con las armas que se afilan, valga el eufemismo, desde buena parte de las naciones del globo, el argumento tiene una fuerza decisiva en pro de la tesis expuesta, aunque sea de desear que nunca fuera preciso utilizar las obras preconizadas para tales fines", afirmó en el proyecto. A muchos madrileños esto les recordaba a las sirenas y a los refugios antiaéreos, y no gustó demasiado. La vida bajo tierra, para su promotor, sería excitante, arte en estado puro: "Se ofrecerá al usuario la policromía de los escaparates de las tiendas de subavenida [...]. Se dotaría a la urbe de un pasaje cómodo y agradable que, en lo que respecta a su ornamentación, ha sido previsto con verdadero alarde de lujo". El proyecto fue olvidado, pero su creador no. Su paso por la alcaldía estuvo rodeado de polémica: tras defender a Pinochet y oponerse al pujante movimiento vecinal, dimitió aquel que fuese el alcalde (casi) vasco que quiso soterrar una ciudad.

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