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Reseña
Hay funciones que una ve, disfruta, comenta… y deja atrás. Y hay otras que, sin pedir permiso, se quedan viviendo dentro. Como me ocurrió con 'Los caminos de Federico' de Flor Saraví, 'Ni flores, ni funeral, ni cenizas ni tantán' (Adiorik ez en euskera) pertenece a esas experiencias escénicas que regresan a ti cuando menos te lo esperas, en un silencio incómodo, en una conversación sobre hospitales o en una despedida demasiado breve.
Yo la vi hace casi un año en Bilbao. Ahora llega al Teatro de la Abadía con el pulso ya afinado de las obras que han sido probadas en el cuerpo vivo del público, pero mi relación con ella empezó antes, en aquel inicio de año en el que todavía no sabía, o no quería saber, hasta qué punto lo que estaba viendo iba a parecerse a lo que vendría después en mi vida. La función se me presentó entonces como una especie de preludio. No exagero. A lo largo de 2025 vi a personas muy cercanas despedirse de sus seres queridos de formas tan distintas como inesperadas, y volví mentalmente a aquella función muchas veces. Como quien regresa a un lugar donde algo fue comprendido antes de tener palabras para explicarlo.
Casi un año después, sigue resonando tanto que me veo casi obligada a sentarme a escribir, ya desde la calma, sobre ella.
Mirar de frente la finitud sin renunciar al humor, a la ternura, incluso a cierta ligereza luminosa
La propuesta de La Dramática Errante aborda un territorio que el teatro contemporáneo a menudo rodea: los cuidados paliativos, el proceso de morir, la manera en que acompañamos y somos acompañados cuando la vida empieza a plegarse sobre sí misma. Pero lo hace sin una solemnidad excesiva. Lo que propone es algo más complejo y, paradójicamente, más sencillo. Mirar de frente la finitud sin renunciar al humor, a la ternura, incluso a cierta ligereza luminosa.
La historia de ese padre y esa hija que emprenden el Camino de Santiago funciona como columna vertebral emocional, pero lo que realmente articula la pieza es la experiencia compartida del tránsito. No solo el geográfico, sino el íntimo. Ese desplazamiento lento hacia lo esencial que ocurre cuando ya no hay distracciones posibles.
La pieza se mueve con fluidez entre lo narrativo, lo documental y lo poético
Hay una frase en la pieza que dice que "hay que amar más la trama que el desenlace, amar más el camino que la llegada", que inevitablemente me llevó al Ítaca de Cavafis como una vibración subterránea. La obra respira la idea de que el viaje no es preparación para algo posterior, sino la materia misma de la vida. Y que quizá también lo sea de la muerte.
La pieza se mueve con fluidez entre lo narrativo, lo documental y lo poético. La integración del audiovisual amplía el espacio emocional del escenario, abre horizontes y permite respirar cuando la intensidad aprieta en la butaca. Hay momentos en los que la escena parece caminar y el tiempo adquiere esa elasticidad tan propia de los trayectos largos, donde todo parece simultáneamente detenido y en movimiento.
La interpretación del elenco sostiene con precisión ese equilibrio delicado entre emoción y contención. No hay personajes grandilocuentes, y ahí reside parte de su potencia. Son figuras cercanas, reconocibles y me atrevería a decir que casi familiares. Cuando la enfermedad entra en una familia, y esto la obra lo entiende muy bien, las complejidades se simplifican de golpe. Lo importante queda desnudo y lo accesorio cae sin ruido.
Recuerdo haber salido de la función con los ojos húmedos y, al mismo tiempo, con una sensación extraña de serenidad
Y sin embargo, aun pareciendo una contradicción, uno de los mayores logros del montaje es su capacidad para hacer reír donde no parecía haber espacio para ella. María no aligera el dolor pero sí ayuda a hacerlo habitable permitiéndonos respirar dentro de él.
Recuerdo haber salido de la función con los ojos húmedos y, al mismo tiempo, con una sensación extraña de serenidad. No era consuelo, exactamente. Era más bien la impresión de haber compartido algo profundamente humano sin dramatizaciones innecesarias.
Como si alguien hubiera encendido una luz suave en una habitación donde solemos movernos a oscuras. Como en Altsasu y Yerma, la propuesta vuelve a traernos una dimensión política y social, en esta ocasión con una reflexión sobre los cuidados paliativos, sobre cómo una sociedad decide, o no, acompañar a quienes se acercan al final de su vida. Y una vez más evitando el tono discursivo. Las preguntas aparecen encarnadas en experiencias concretas, en vínculos o en gestos pequeños.
Quizá por eso la obra conmueve tanto, porque no habla sobre la muerte, sino desde la vida que continúa alrededor de ella.
Un teatro que no teme lo incómodo sin renunciar a la belleza
La Dramática Errante confirma aquí algo que quienes seguimos su trayectoria ya intuíamos, su capacidad para montar propuestas contemporáneas sin perder conexión con lo esencial. Un teatro que no teme lo incómodo sin renunciar a la belleza.
Y ahora que la pieza llega al Teatro de la Abadía, no puedo evitar pensar que cada persona que se acerque a descubrir la obra hará su propio viaje con ella. Algunas saldrán removidas. Otras, acompañadas. Otras, quizá, simplemente más atentas a lo que significa estar vivas hoy.
Por el teatro que se atreve a mirar donde cuesta mirar
Yo solo sé que aquella función de principios de 2025 se quedó conmigo. Que volvió una y otra vez durante el año, como regresan las imágenes importantes. Y que ahora, al recordarla, sigo sintiendo algo muy parecido a lo que sentí entonces, gratitud. Por el teatro que se atreve a mirar donde cuesta mirar. Y por el que, además, lo hace con tanta delicadeza.
Quienes se acerquen ahora a verla al Teatro de la Abadía tendrán además la oportunidad de prolongar esa conversación que la obra abre con tanta honestidad. El miércoles 4 de marzo el teatro organiza un encuentro con el público, un espacio que, intuyo, será tan necesario como la propia función para seguir poniendo palabras a lo que muchas veces no sabemos nombrar. Y el jueves 26 de febrero habrá además una función en euskera con sobretítulos en castellano, una ocasión especialmente valiosa para escuchar el pulso original del texto y su musicalidad primera.
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