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El escenario es sagrado

Por
Álvaro Vicente
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A veces parece que el teatro es mucho más importante de lo que es para la sociedad. En España, solo un 7% de la población va al teatro, y gran parte de ese porcentaje no va más de dos veces al año. Pero de pronto, una salida de tono de Leo Bassi, un bufonesco “cagarse en España” de Pepe Rubianes, una mofa de Albert Boadella sobre la conquista de América o la reciente utilización de la bandera española en espectáculos de la compañía El conde de Torrefiel y de Calixto Bieito, despiertan reacciones que trascienden y alteran la normalidad apacible del ecosistema escénico.

Es en estas reacciones cuando el hecho artístico pasa a segundo plano y entra la política en escena. Pero es que la política siempre está en escena, porque cada acto humano es político y mucho más tratándose de actos artísticos. Grupos de poder (o aspirantes a poderosos) reaccionarios y sus voceros mediáticos, están al acecho para sobredimensionar estos acontecimientos que suceden sobre un escenario y sacar réditos políticos. Y gran parte de la sociedad entra al trapo, porque esa gran mayoría que vive de espaldas al teatro no sabe que el escenario es sagrado y lo que ocurre allí es solo un signo poético cuestionable solo desde parámetros poéticos, no reales.

No es culpa suya, ni mucho menos. Es culpa de un sistema educativo que arrincona cada vez más la cultura, que nos ha ido hurtando las herramientas para enfrentarnos crítica y libremente a los acontecimientos. Si el arte desaparece del currículo escolar desaparece la posibilidad de entender su utilidad y las obras artísticas y de pensamiento quedan al albur de los manipuladores y de la sociedad del espectáculo, que buscará el escándalo fácil atizando los más bajos instintos. Entonces, por miedo a lo que pueda ocurrir, se cercenan las escenas “polémicas” de la ‘Carmen’ de Calixto Bieito en el Teatro Real.

Por miedo y porque los mecenas del gran teatro de ópera de Madrid prefieren que las aguas estén tranquilas. Esto nos tendría que hacer pensar en lo que sería esa futura ley de mecenazgo (si es que alguna vez llegamos a verla), en la que entidades privadas financiarían hechos artísticos, pero ¿a cambio de qué, de tener control de decisión sobre esos mismos hechos que auspician con sus dineros? Cuidado ahí. El escenario es sagrado. Como sagrada es la emoción que cause lo que suceda ahí arriba en el espectador, que tiene la libertad de divertirse o indignarse, de aplaudir o de patalear. Pero no se le puede quitar esa opción intentando hacer del arte algo inofensivo.

Nadie se plantea arrancarle las páginas a una novela de Houellebecq o cortar un trozo ahora del Guernica por lo que pueda pasar, ¿no? Pues esto es lo mismo. Otra cosa es lo de Álex Rigola, que ha dimitido de la co-dirección de los Teatros del Canal (porque no era el solo el director, sino que la compartía con Natalia Álvarez Simó), en una decisión que tiene que ver con lo ocurrido en Catalunya durante el 1-O. Es la decisión personal de un director nombrado a dedo que creo que hay que respetar, más allá de estar de acuerdo o no. Si hubiera ganado un concurso público… otro gallo cantaría.

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