10 preguntas a Paco León

"Me aburro de mí mismo y me da miedo que la gente se aburra de mí", dice el actor sevillano, creador de las 'Carminas', que ahora estrena 'La peste' en Movistar+

©Julio Vergne

Paco León es un ser inquietante, como un hombre lobo que se transforma a la luz de la luna llena. Camiseta a rayas, los ojos de un verde iridiscente que abruma, se toma su taza de rooibos con una serenidad sospechosa. Nos encontramos en una cafetería cerca del Retiro para hablar de 'La peste', una miniserie de seis capítulos dirigida por Alberto Rodríguez ('La isla mínima', 'El hombre de las mil caras'), ambientada en la Sevilla del siglo XVI. Se estrena en Movistar+ el viernes 12 de enero.

Es una serie atmosférica, de ambientes lúgubres y grisáceos. ¿Cómo definirías ese descenso a los infiernos de los tiempos de la Inquisición?

Yo creo que la recreación, el intentar viajar en el tiempo a la Sevilla del siglo XVI, ha sido el mayor reto, muy bien conseguido. Nunca se ha hecho nada parecido en este país, a nivel de presupuesto y de arte. Había más de 140 localizaciones y más de mil personajes, entre principales y secundarios. Está todo muy documentado, no solo la manera de vivir, también las ropas y el clima. A mí, como sevillano, me hace entender la ciudad, esa ciudad tan creída de sí misma que se da tantos aires de gran capital. Y es que lo ha sido. Sevilla fue la capital del mundo, era el Nueva York al que llegaban los barcos llenos de oro de América y de animales exóticos. 


Tenemos ese contexto histórico, costumbrista. Por otro lado, hay un aspecto tenebroso. Incluso aparece la Muerte, como un personaje despellejado con la ropa hecha jirones que acecha. ¿Qué papel juega el elemento de terror?

Alberto Rodríguez introdujo esa parte mágica en lo que yo creo que es un thriller existencialista. Es muy fuerte, pero lo que plantea, todas las dudas que abre, son puro existencialismo. ¿Qué es Dios? ¿Qué es lo humano? ¿Y si lo mejor que puede pasarnos es morirnos? Habla de un mundo que vivía entre la ciencia y la magia. No había diferencia entre una y otra. A los actores nos enseñaban muchas cosas de libros de medicina, por ejemplo, y había teorías que partían de clasificaciones basadas en el color de las cosas. Así se determinaba que un tomate era venenoso porque era rojo, y el rojo era una alerta de peligro, el color del demonio y del infierno.

Parece que 'La peste' es un total cambio de registro en tu carrera. ¿Crees que ha desaparecido el elemento Paco León?

En ese sentido fue un gusto ponerme en manos de Alberto Rodríguez y hacer un thriller como puede serlo 'La isla mínima', en este caso de época, pero también con un tono muy descarnado, muy sobrio, muy uniforme incluso. Ese carril tan estrecho que proponía al principio era muy difícil. A mí me costó. Y tuve que trabajar mucho porque ninguno de mis recursos como actor valían. Sin embargo había algo como persona que sí que valía. Con la edad vas teniendo un peso y un poso que sí puedes utilizar, aunque yo nunca había trabajado con eso.

Interpretas a Zúñiga, un nuevo rico bastante maquiavélico. ¿De verdad que hay algo en ti que se pueda asociar al personaje?

No lo sé. Mis otros papeles siempre eran cosas mucho más ligeras. Me apetecía meterme en esa cosa animal que tiene Zúñiga, que esconde muchísimo a nivel depredador, sibilino, felino. Es un personaje muy bonito. Es un personaje al que compadezco mucho también. Es un personaje bastante solitario. Hay un capítulo en el que se va de cruising, en una época en la que cualquier sospecha de homosexualidad suponía la hoguera, es decir, quemar viva a una persona.

La Inquisición era un yugo que pesaba sobre todo aquél que fuera sospechoso de herejía. En la serie no hay personaje que no viva al filo de esa amenaza. ¿Cómo afecta eso a Zúñiga?

Me contaba Alberto una anécdota histórica en la que la sociedad sevillana se manifestó en contra de la inquisición porque quemaron vivos a dos niños de ocho años acusados de homosexualidad. Me parecía muy emocionante. Hubo una revuelta popular, diciendo basta ya, son niños. Es cierto que Zúñiga es un despiadado capaz de todo, pero tiene sus motivos y su corazoncito.

Hablemos de tu regreso a la televisión, en este caso a la televisión de pago, después de mucho tiempo, en el que has recibido numerosas ofertas que has desestimado. ¿Qué ha pasado esta vez?

Después de diez años de 'Aída', con un personaje tan notorio, me habían ofrecido otras cosas, sí. Pero yo sentía que había que cuidar esa vuelta a la tele. Ahora el regreso me parecía oportuno. La televisión de pago tiene poco que ver con la televisión en abierto y esta serie tiene poco que ver con 'Aída'. Pero, como me aburro tanto de mí miso y me da miedo que la gente se aburra de mí, me empeño en hacer cosas diferentes. Aunque cambiar conlleve unos riesgos, creo que merecen la pena. Estoy contento de haber estado en una serie histórica: la primera superproducción de la televisión de pago en España.

Parece que le has pillado el gustillo, porque estás a punto de empezar a rodar 'Arde Madrid', una miniserie sobre la estancia de Ava Gardner en España. Esta vez, como director. ¿Es una casualidad?

Llevamos casi cinco años trabajando en ella, escribiendo el guion e intentando venderlo. Fue antes de 'Kiki, el amor se hace'. De hecho, es lo que me hubiera gustado hacer después de las dos 'Carminas'. Será una serie de ocho capítulos, en blanco y negro, que cuenta un momento histórico y una coyuntura muy especial y poco conocida: esa 'dolce vita' que se vivió en Madrid en los años 60, para una élite de muy poca gente. Imagínate. Dentro de una dictadura franquista, a la manera de 'El pisito', en una sociedad muy cateta con tanto analfabetismo sexual, llega el huracán Ava Gardner. Y lo original de la propuesta, lo más radical, es que está vista desde la perspectiva del servicio. Me interesaba ese punto de vista voyeur de los criados, que son los auténticos protagonistas.

Para la historia, serían los extras. Tú los colocas en un primer rango. ¿Qué verdad te ofrecen?

Detrás de cada momento histórico hay alguien haciendo las camas. Yo quería saber qué pasaba con la gente que convivía con esos famosos, qué pasaba con la que tenía que recoger los vómitos al día siguiente, después de la borrachera. Me han inspirado muchos libros, entre otros el de una criada negra que Ava tuvo aquí en Madrid, 'Living with Miss G.', que te pone muy bien el punto de vista. Y, cuando supo lo que me traía entre manos, Almodóvar me regaló 'Big time', de Marcos Ordóñez, con un post-it en el capítulo en el que Perico Vidal cuenta la primera vez que vio a Ava y otro en el de la última vez que vio a Ava.


¿Qué imagen de Madrid das en la serie?

Yo que llevo ya viviendo suficiente tiempo en Madrid para saber y reconocer que es la capital de la fiesta en el mundo, igual que París es la ciudad del amor. Es una de las ciudades más divertidas del mundo. Y eso hay que decirlo, hay que reivindicarlo. Es una ciudad muy canalla, que no tiene postureo, en la que hay una actitud de pasárselo bien. Hay una cultura de after, de bares, de antros, de sitios. Hay una oferta muy rica de ocio nocturno que existía entonces y sigue vigente. Yo no quiero hacer una serie nostálgica, sino una serie aspiracional, donde se reviva todo eso, el espíritu de lo bueno que pasó en esa época y que sigue ahí, hoy, porque puedes ir al Chicote y al Villa Rosa, y rehacer el recorrido que seguía Ava Gardner cada noche.

He visto que tu madre, Carmina, tiene un papelito en 'Arde Madrid'. ¿Has descartado completamente volver al cine familiar de las Carminas?

Pues no lo sé, yo creo que ya estoy satisfecho con lo que hay. Me parece que el personaje ya está contado. Igual que con la primera pensé que se podía dar una vuelta de tuerca, después de la segunda creo que ya está. Además, ahora mi madre tiene una carrera independiente. Se ha hecho youtuber, tiene una serie, sale en publicidad... Está feliz, se divierte muchísimo y ha conectado con una cosa que se le da muy bien. Y yo encantado de haber sido el que le ha hecho ese regalo y la ha puesto ahí.

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