Cuando un monstruo se enamora

Guillermo del Toro nos sumerge en un mundo de fantasía en 'La forma del agua' y nosotros recordamos otras criaturas melancólicas que nos descubrieron su ternura

Ya se ha estrenado 'La forma del agua', la última película de Guillermo del Toro, una cinta que trata del misterioso idilio entre una chica muda y una criatura de aspecto anfibio, piel viscosa, que vive enjaulada en un tanque de agua. La imagen se tiñe de un verde esmeralda, con matices de turquesa y dorado. Nosotros aprovechamos la ocasión para ahondar en uno de los motivos más poéticos de la tradición del relato fantástico: el llanto del monstruo enamorado, cuyas lágrimas se deslizan por unas mejillas que no son las de un ser humano.

Flores para un muerto resucitado

Flores para un muerto resucitado

Boris Karloff encarnó a la criatura de Frankenstein en 1931, y le dio la apariencia de un zombi desaliñado, con la cara como un cubo abollado y dos clavos a ambos lados del cuello, que daban la sensación de que su cabeza se mantenía erguida por una barra de hierro que le atravesaba la garganta. En la escena más bonita de la cinta, vagaba entre los árboles y se encontraba a una niña vestida de blanco que, al borde de un lago, lanzaba margaritas al agua y las veía flotar. Aquí es donde el monstruo, tan feo y frustrado, con ese aliento pútrido que se había traído de la ultratumba, dejaba aflorar su melancolía.

Un principio de zoofilia

Un principio de zoofilia

En el fondo, 'La forma del agua' se puede leer como una variante del ya universal argumento de 'La bella y la bestia', que ha dado lugar a muchas adaptaciones, entre ellas la de Disney, la primera cinta de animación que incorporó efectos elaborados por ordenador. Pero nosotros nos inclinamos por la de Jean Cocteau, una obra de vanguardia muy lírica, que nos introducía en un castillo encantado donde los candelabros eran brazos que se movían, y donde había un guante mágico hecho con la piel de  un pez que tenía poderes. La cuestión zoofílica, de la mujer que se siente atraída por una bestia parda y peluda, ya flotaba en el subtexto.

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El baile subacuático

El baile subacuático

Perrault popularizó el relato de 'La bella y la bestia' en el siglo XVII, pero a la vez este cuento es heredero de las 'Metamorfosis' de Ovidio. Del referente culterano, a la cultura pop: esta tradición hace eco en algunas producciones de serie B de los años 50, como el clásico de Jack Arnold 'La mujer y el monstruo'. Hay una secuencia en la que el monstruo acorazado en su traje escamoso, se acerca a la bañista de piernas lechosas desde las profundidades del Lago Negro. La cámara los va siguiendo en una especie de danza involuntaria, un baile de seducción inconsciente que a ojos del espectador resulta delicioso.

Copos de nieve para un amor imposible

Copos de nieve para un amor imposible

Casi todas estas películas tienen una secuencia de baile –y tal vez la más mítica sea, sí, la de 'La bella y la bestia', cuando canta la tetera–. En la de Guillermo del Toro, hay un momento en el que Sally Hawkins abre el grifo del lavabo y deja que el agua corra hasta que el cuarto queda completamente inundado. Entonces ella y el hombre salamandra, sumergidos, se entrelazan y hacen el amor. Recuerdemos ahora la escena de 'Eduardo Manostijeras' en la que Johnny Depp recorta un bloque de hielo como si fuera un seto y Winona Ryder, melena rojiza, da vueltas de bailarina bajo la nevada de escarcha con los brazos extendidos hacia el cielo.

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Patinando con un gorila

Patinando con un gorila

El monstruo cabizbajo, con la mirada perdida, que sueña con ser humano para poder amar a la mujer de carne y hueso, tiene otra deriva fantástica en el simio más grande que ha conocido jamás la ciencia. Hablamos de King Kong, sobre todo en el remake de Peter Jackson, en la que el titánico gorila se llevaba Naomi Watts a patinar por el lago helado de Central Park. Ella, con vestido de satén, giraba sobre los brazos del primate y reía con erótica picardía, en una escena con un alto contenido sexual implícito. 

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