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Baños en un festival
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19 cosas que no imaginabas que ibas a echar de menos

¿Quién te iba a decir que acabarías añorando cosas como estas? La pandemia lo ha conseguido

Por Time Out Madrid
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A punto de cumplirse un año del inicio de la pandemia, ya casi no nos acordamos de lo que era la vida antes del coronavirus. Salir a la calle sin mascarilla, entrar a un bar abarrotado de gente, no preocuparse de a qué hora llegar a casa, ni de abrazar a los nuestros... Cosas que, a buen seguro, volverán más pronto que tarde.

Pero además de todo aquello que nos encantaba hacer y que echamos (mucho) de menos, también hay una serie de cosas que jamás pensábamos que añoraríamos. Cosas que, de hecho, odiábamos con todas nuestras fuerzas y que, por culpa de esta maldita pandemia, hemos llegado incluso a desear. 

1. Las comilonas de Navidad. Las fiestas navideñas quedaron atrás, y muchos nos quedamos sin un clásico de esas fechas: las comilonas familiares. Indigestiones y ardor de estómago. El cuñado que todo lo sabe. Hasta los besos húmedos de tu tía la del pueblo. Antes todo ello te provocaba escalofríos: ahora pagarías por volver a vivirlo. 

2. Compartir el ascensor. Reconócelo: en alguna ocasión te has dado un poco de prisa para subir solo en el ascensor y no tener que enfrentarte a la clásica e insustancial conversación sobre el tiempo con tu vecina la del cuarto. Ahora no sólo la echas de menos, sino que serías capaz de departir con ella sobre cualquier tema. Y de hecho, disfrutarías haciéndolo.  

3. Pasear por una Preciados abarrotada. Podía llegar a ser un auténtico suplicio. Y sin embargo, de un tiempo a esta parte nos parecería un lujo. Ya no te molestarían las bolsas de la compra que te golpean al pasar, ni los jóvenes que te abordan carpeta en mano para que te hagas socio de alguna ONG. Ni siquiera los segways de los turistas. Irías con una sonrisa de oreja a oreja.

4. Volver a casa con olor a fritanga. Patatas bravas, calamares, morcilla... Ese olor tan madrileño que desprenden muchos de nuestros bares, y con el que tantas y tantas veces has llegado a casa. ¿Nauseabundo? Hoy te parecería la fragancia del paraíso. Hedor de dioses. Mejor que la más cara de las colonias. 

5. Las visitas inesperadas de tus suegros. "Pasábamos por aquí... y se nos ha ocurrido subir a veros". Una frase que hace no tanto podía ser el preludio de una pesadilla hoy sería sinónimo de planazo. Mucho mejor que ver una peli o tu serie favorita, algo que ya estás harto de hacer. Si a ello le sumas unos deliciosos tupers de comida casera, no se puede pedir más. 

6. Hacer colas. En general. Para sacarte la entrada de un concierto, sentarte en un buen restaurante o pedirte una copa. Hay pocas cosas que odiemos más que hacer cola. Y sin embargo, ahora mismo pagaríamos gustosos por volver a hacerlas. Y bien pegaditos al de delante. Sería sinónimo de que todo ha vuelto a la normalidad.

7. La comida de los aviones. Antes te parecía una basura. Hoy en día te resultaría lo más parecido a un restaurante con estrella Michelin. Sobre todo, porque significaría que puedes volver a hacer eso que tanto echamos de menos: viajar. Viajar sin preocupaciones, ni pruebas PCR, ni cuarentenas. Viajar como hay que viajar: libremente. 

8. Las despedidas de soltero/a. Ir a un boys o hacer el ridículo en plena calle con un disfraz grotesco nunca sonó a un gran plan. Pero a estas alturas de pandemia, hoy disfrutarías de la más casposa de las despedidas de soltero como si no hubiera un mañana. ¿Karaoke? ¿Penes en la cabeza? Sí a todo. 

9. Compartir mesa con desconocidos. Que te sienten en una de esas mesas corridas con un desconocido que hace ruido al comer o habla demasiado alto puede ser una de las cosas más molestas a la hora de ir a un restaurante. O mejor dicho, podía serlo antes de que estuviéramos como estamos. Ahora estarías encantado de hacerlo. Y te irías de copas con todos después de la cena. 

10. Que te piten los oídos. Era síntoma inequívoco de que habías estado bailando demasiado tiempo junto al más grande de los altavoces. O de que el guitarrista de tu banda favorita se había pasado con el volumen del amplificador. Hay pocas más molestas que el pitido de oídos. Y sin embargo, ahora te sonaría a música celestial. 

11. Aguantar al pesado/a de la discoteca. Ya fuera porque quería ligar. O porque tenía muchas cosas que contarte (y no se le ocurría mejor sitio para hacerlo), en las discotecas siempre hay un/a pesado/a dispuesto a darte la noche. Hoy, y con tal de poder ir a una discoteca, te parecería de lo más entrañable. 

12. Los baños de los festivales. Ese hedor insoportable, mezcla de ambientador industrial con regusto a fresa y el orín de otros centenares, miles de festivaleros. ¿Puede haber algo peor? Sí: haberlo olvidado por culpa del tiempo que llevas sin experimentarlo en tus narices. Todos echamos de menos los festivales. Hasta el último y más maloliente de sus rincones. 

13. Los músicos del metro. Hora punta en la estación más concurrida del metro. El músico que viene todos los días a cantar a voces la misma canción no falta a la cita. Así eran las cosas, al menos, hasta que estalló la pandemia. Y aunque detestabas que se te pegase la melodía como un chicle a un zapato, ahora la echas de menos. Y a él también. El día que le veas puede que incluso le des un abrazo. 

14. Las conversaciones en la oficina. Era un clásico de todos los lunes: las discusiones sobre fútbol. Y aunque a ti el deporte rey te interese tanto como la petanca, ahora añoras esas apasionados debates sobre la jugada polémica de la jornada o el penúltimo fichaje del club que sea. Sí: teletrabajar está bien, pero nada como esas pausas para el café con los compañeros. 

15. Las resacas. Qué mal se pasa cuando, al abrir un ojo, recuerdas que ayer te viniste arriba con las cañas, los vinos o las copas. Y qué bien sentaría ahora poder salir sin toque de queda y con las discotecas abiertas hasta horas intempestivas. Aunque eso significase sufrir la madre de todas las resacas al día siguiente.

16. Esquivar a turistas por la Puerta del Sol.  También lo echamos de menos. Porque eso significaría que vuelve el turismo, que nuestros vecinos que viven de ello pueden volver a cuadrar sus cuentas y que la ciudad recupera todo su esplendor y su latido. Madrid sin turistas no es la misma ciudad. 

17. Pagar a medias con 15 personas. Vale. A menudo echar cuentas tras una cena pantagruélica para un numeroso grupo de amigos era bastante enrevesado. ¿Efectivo o tarjeta? ¿Te doy la calderilla o ahora te invito a la penúltima? ¿Y si te hacemos un Bizum? Ay, cómo echamos de menos las comidas y las cenas multitudinarias.

18. Saludar con dos besos a todo el mundo. Puede llegar a ser bastante molesto, especialmente si eres mujer y te toca hacerlo con todo aquel que te presenten: a veces no apetece nada de nada. Pero ahora toca reconocer que pagarías por ir repartiendo besos a diestro y siniestro. 

19. Que te toque el alto delante en un concierto. Si eres una de esas personas bajitas que iba a muchos conciertos, ya sabes de lo que te hablamos. Ese clásico de que te toque el tipo más alto delante puede ser una pesadilla. Aplicable también al pesado que no deja de grabar con el móvil. Volver a sufrir a ambos será sinónimo de que ha vuelto nuestra añorada música en directo. Sin aforos reducidos que valgan. Con toda su magia y su cercanía.

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