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5 secretos sorprendentes de la exposición de Man Ray

Man Ray
Erotique voilée

La Fundación Canal acaba de inaugurar la exposición 'Man Ray. Objetos de ensueño', una inmersión en el lado onírico de la obra del maestro dadaísta, en la que se reúnen más de 100 piezas, entre fotografías y esculturas. Por cierto, la entrada es gratis, que siempre es un buen aliciente. Si necesitáis más razones para visitarla, aquí os las damos. Empecemos por la imagen de aquí arriba, el famoso 'Erotique voilée', en el que la artista Meret Oppenheim posa desnuda junto a una rueda de imprenta, con un brazo manchado de tinta alquitranada, algo andrógina, perfecta suma de lo sensual y lo mecánico. Sirva como umbral para adentrarnos en los reinos donde brotan las fabulaciones del subconsciente más perverso.

1. Este es el cadáver de Marcel Proust. La exposición empieza con un pequeño mural de la fama. Ahí están los retratos espectrales de Jean Cocteau y del poeta Louis Aragon, consumidos por el aura radiante que emana de su piel, de los miembros del grupo surrealista disfrazados para una fiesta de disfraces, de Gertrude Stein posando delante del cuadro que le pintó Picasso. Pero lo más impactante es una foto mortuoria del escritor Marcel Proust amortajado, envuelto en el sudario, con las ojeras ennegrecidas y la piel de cera, durmiendo el sueño eterno en un tiempo reencontrado que florece como las hojas del tilo que se abren en un barreño de agua caliente.

2. La luz que lo empaña todo. La exposición recoge las temáticas recurrentes de la obra de Man Ray. Ahí están, por ejemplo, sus experimentos con la luz, divididos en dos secciones. Primero, la serie de los rayogramas, que son fotografías tomadas sin cámara, en las que los objetos se fijan directamente sobre el papel fotosensible mediante golpes de luz. Llaves, bombillas, ralladores de queso, botones y tijeras quedan inscritos como destellos de lo cotidiano. Aquí abajo tenéis un ejemplo. Luego está la serie de las solarizaciones, esos retratos sobreexpuestos en los que los rostros tienen un brillo misterioso, astral, a medio camino entre lo humano y lo fantasmagórico.

3. Muñecas rotas, mujeres de cera. En 1938, la Galerie des Beaux-Arts de París acogió un encuentro internacional de artistas surrealistas, para el cual cada uno de los participantes creó un maniquí. El de Dalí, por ejemplo, mostraba una mujer de plástico con incrustaciones de cuero negro y cubierta de cucharas de aluminio,entre la sensualidad del desnudo y el relumbre metálico del cyborg. Man Ray los fotografió a todos, y luego los reunió en un libro de edición limitada que tituló 'Resurrection des mannequins'. Además, creó su propio modelo, con dos pipas burbujeantes enredadas en la peluca y cuatro lágrimas de cristal derramándose desde los párpados.

4. La forma sospechosa de la garganta de Lee Miller. A menudo, y de manera injusta, la historia ha relegado a Lee Miller a una nota al pie de página en la enciclopedia surrealista, donde siempre se la presenta como musa y amante de Man Ray. En realidad, Miller era una artista como la copa de un pino. Hasta hace unas semanas en la Fundació Miró de Barcelona podíamos familiarizarnos con su obra fotográfica visitando la exposición 'Lee Miller y el surrealismo en Gran Bretaña'. Es cierto que Man Ray estaba obsesionado con todas y cada una de las partes de su anatomía. Pintó sus labios en el cuadro 'À l'heure de l'observatoire' y fotografió su cuello echado atrás coronado con la línea del mentón. Hay quien reconoce en esta imagen el eco subliminal de una forma fálica.

5. Ese oscuro objeto del deseo. Hay algo perverso en todas las esculturas de Man Ray que conecta con la parte más tenebrosa de la líbido. Están esos brazos, esas manos de cobre como exvotos o fetiches que nos seducen como el canto erótico de lo más macabro. Está el busto imaginario del Marqués de Sade, creado a retazos, como una manifestación del morbo resquebrajado. Y están esos melocotones congelados dentro de un reliquiario pintado de azul como nalgas sodomitas expuestas a un sol de verano. En la serie de los autorretratos, Man Ray posa junto a algunos de estos objetos, convertidos en extensiones de su propia anatomía, anticipando el advenimiento de la nueva carne.

 

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