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Comer en el cine, ¿a favor o en contra?

Por Time Out Madrid
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Hace un par de semanas que los Yelmo de Plaza Norte 2 inauguraron la sala Luxury, un híbrido entre cine y restaurante, con menú y camareros, donde uno cena mientras ve la película. El nombre viene envuelto con un halo ostentoso, como de cosa muy 'chic'. Pero esto de comer en el cine no es ninguna novedad para el hombre de a pie. Palomitas, nachos, pistachos y tanques de Coca-cola. Esta semana, en la redacción de Time Out, nos hemos peleado por el consumo de 'snacks' en las salas. Y vosotros, ¿estáis a favor o en contra?

Sin palomitas es menos cine
El cine es a las palomitas lo que la pantalla táctil a los teléfonos móviles. Y que conste que no lo digo yo, lo dice la historia: casi 100 años ya desde que entrase el primer cucurucho de palomitas en una sala de cine en 1927, gracias a la llegada del sonido y la consiguiente democratización del cine, hasta ese momento reservado solo a unos cuantos ricos y privilegiados, como la ópera o el teatro. Desde entonces, todos hemos crecido con ese aroma a palomitas humeantes recién hechas, asociado de por vida a ir a ver una peli. Y la tradición está tan arraigada, que incluso en esta era de venta de entradas 'online' que vivimos, la cola para comprarlas es, de hecho, la única que hacemos –hasta que Deliveroo o Glovo quieran llevárnoslas a la butaca–. Eso sí, imposible no estar de acuerdo con la prohibición de comer cualquier otra cosa, desde una hamburguesa o un bocadillo a una ración de bravas, porque eso es perder los modales y abusar de la confianza de quien tienes al lado. Igual que nunca estaré de acuerdo con quienes no saben comportarse y comen las palomitas como si nadie les viera –y lo que es peor, nadie les escuchara–: con la boca abierta y masticando como si tuvieran que descuartizar un chuletón con sus propios dientes. Pero solo por eso no vamos a terminar con la tradición de comerlas, porque ellas no tienen la culpa y nosotros tampoco. Dicho de otro modo: no es que sobren las palomitas, es que falta educación. –Noelia Santos

¡Malditos roedores!
Yo, que a mis 30 años ya tengo maneras de viejo cascarrabias, a los que se meten en el cine con las alforjas cargadas de snacks los ajusticiaría en la plaza pública. Sin piedad. Primero, por el tufo a mantequilla requemada que exudan las palomitas, que parece que entras en la sala y ya te sube el colesterol solo con respirar. Pero lo peor es ese ruido constante, como una gota malaya, que convierte la experiencia del cine en un baño de termitas. Confieso que soy un poco como la princesa del guisante, pero ya estoy harto de experiencias dañinas con espectadores afectados por el complejo de castor. Recuerdo una muy 'hardcore', hará un año, quizá un poco más, viendo 'Silencio' de Martin Scorsese en una de las sucursales de los Yelmo junto a un matrimonio de tragaldabas impertinentes que, a la vista está, no se dejaron intimidar por tan imperativo título. Durante las casi tres horas de metraje se pusieron finos a cortezas y Doritos, a mi vera, abriendo bolsas y más bolsas, masticando con la boca abierta y espolvoreando sobre el hombro incorrupto de un servidor un residuo iridiscente de virutas naranjas que parecía lluvia ácida. Mientras tanto, en la pantalla, unos pobres misioneros se sometían a una muerte lenta y dolorosa, crucificados a merced de las olas del mar que poco a poco les iban arrancando la piel a tiras. La imagen me dio un par de ideas sucias. A mí, que soy un angelito. ¡Malditos roedores! –Josep Lambies

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