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María Pilar Estades y José Manuel Rodríguez llevan más de dos décadas bregando en la restauración madrileña. Ellos, apoyándose en un equipo sólido y de confianza (algo casi imposible en el panorama actual), convirtieron la pequeña cervecería El Enfriador en la taberna más solicitada de Chamartín. A golpe de mucho trabajo y un crecimiento orgánico se ha transformado en referencia y emblema en la zona. No hay vecino que no la conozca, que no haya probado sus tostas ni se haya pedido un doble de cerveza en su barra. Medio Madrid se ha sentado en la terraza de esta leyenda de la plaza del Perú.
Estos años el negocio familiar ha ido ampliándose, diversificando sus locales (ya tienen media docena de establecimientos) y las ubicaciones (también están presentes en Azca, donde se han ido asentando otros negocios con mucho más músculo financiero) hasta llegar a su proyecto más ambicioso, más exigente. Llevan desde 2019 detrás de lo que hoy es una realidad. Un monumental espacio abierto, sin hacer ruido, desde finales del año pasado. Quieren rodar la propuesta (la carta definitiva no está al 100%, crecerá), ver por dónde respira el lugar, ajustar dinámicas de equipo y con el cliente... Así que, a pesar de su vasta comunidad de feligreses, aún es un secreto por descubrir en la capital, una parada que ganará muchos enteros para esta primavera/verano. Con un gran parking en la puerta.
Reservar mesa y hacer deporte en un Bien de Interés Cultural
Escuchando las demandas de sus clientes, la pareja empresarial y de vida buscaba un espacio para eventos y se cruzó en su camino lo que es un Bien de Interés Cultural de Madrid, a orillas del río Manzanares, cercano al Hipódromo de la Zarzuela. Lo construyó Manuel Muñoz Monasterio en 1932 siguiendo postulados racionalistas. Su silueta y función desapareció con la guerra civil; estaba en primera línea del frente, a medio camino entre El Pardo y Ciudad Universitaria. Se rehabilitó hacia 1947/48. Llegó a ser el club social para los empleados de la antigua Telefónica hasta 2014 que quedó un poco a su suerte (con leves labores de mantenimiento pero deshabitado) hasta que María y José se interesaron por él y preguntaron a Patrimonio Nacional.
Tras salir a concurso, suya es la concesión para los próximos 50 años. Suyo es el objetivo de redescubrir para todos los madrileños este histórico rincón. Son 18 hectáreas las que rodean esta joya de la arquitectura que resucita de manos de María y José. Un lugar emblemático para comer pero también para hacer deporte. Por ahora sólo 3 hectáreas de todo el complejo están en uso pero ya han empezado a abrir a diario tanto al mediodía como por la noche (sólo cierran el domingo por la tarde).
Ahora, como en aquel 1932, es tanto un recinto deportivo (con pistas de pádel y otra de patinaje perfecta para ir con niños) como un restaurante de dimensiones mayúsculas. Nosotros venimos por lo segundo. Aquí sigue la línea fundacional de la casa. Platos al medio para compartir. Obviamente es más extensa la carta que en sus cervecerías pero el espíritu de servicio cercano, buen producto (elegido con cariño en Mercamadrid semanalmente), cocina sencilla y precios honestos (aquí el ticket medio ronda los 45€) se mantienen. A pesar de que los días desde su estreno hayan sido cortos y lluviosos, los clientes habituales ya han venido a conocer su nueva propuesta (anticipándose a su temporada estrella que será primavera/otoño) y los que viven cerca incluso han repetido. "Ese es el mejor feedback que te pueden dar después de muchas noches sin dormir, de un largo y exigente camino (sobre todo a nivel administrativo)", apunta María.
Cómo es la carta en el restaurante de Playa de Madrid 1932
El tomate, presentado en incontables versiones, es santo y seña en el Náutico (así se llama el restaurante por ese perfil de buque que navega hacia el faro, otra curiosa construcción dentro del recinto) de Playa de Madrid 1932. Pero son muchos los entrantes que van al centro de la mesa en esta nueva pista secreta para comer en la capital. De unas croquetas a una ración de ensaladilla rusa.
Postres artesanales (de un flan de queso a una panna cotta) y platos principales que van de la tradicional a lo viajero. A saber, de una cachopín de ternera asturiana a unas lágrimas de ibérico con satay de cacahuete y coco pasando por piezas (lomo madurado, solomillo de vacuno mayor) que salen de su horno de brasas. Y semejante juego de técnicas y recetas aparecen en la sección marina: teriyaki de atún, rodaballo a la plancha, langostinos crujientes con shiso...
Distribuido en dos plantas con terrazas en altura y otras al pie del edificio, el comedor interior puede recibir alrededor de 200 personas (mientras La Rosa de los Vientos, su gran espacio exterior rodeado de naturaleza, tiene capacidad para 300 personas en banquete y hasta 500 en formato cóctel). El proyecto quiere ser versátil. Servir para una comida en la que quedar con amigos, para un evento de empresa o para una cena íntima al atardecer porque hay rincones con vistas de escándalo y andan sobrados de todo lo que le pides a un oasis urbano: sosiego, zonas verdes, comodidad...
Aviso a navegantes. Están a punto de colocar el cartel indicativo para que no os perdáis (porque pasa, porque tienen varias entradas) con las coordenadas pero sus propietarios sugieren utilizar Waze para llegar sin dar vueltas de más. Y no os olvidéis de incluir el año en la búsqueda. Así es Playa de Madrid 1932 (Carretera del Pardo, 31 / Moncloa-Aravaca).

