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Mount Olympus: 24 horas para ser el partido del siglo

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A eso de las ocho de la tarde del sábado 13 de enero de 2018, varios de los actores y bailarines de ‘Mount Olympus’ hacían corro en la puerta de los Teatros del Canal. Algunos fumaban y bebían cerveza. Sí, después de llevar sus cuerpos hasta el límite de sus posibilidades, estaban como si nada bebiendo y fumando, recibiendo los tímidos aplausos y bravos y congratulations de los que estábamos allí exhaustos y con las entendederas vueltas del revés, sin comprender cómo era posible que esa gente no estuviera en una camilla recibiendo masajes y disponiéndose a dormir otras 24 horas seguidas. ¿Son extraterrestres?

Más allá del talento del creador belga Jan Fabre, responsable de esta maravillosa locura escénica, el mayor mérito de la jornada, por derecho, por justicia, hay que reconocérselo a los intérpretes, 30 personas que literalmente nos llevaron al éxtasis con sus cuerpos. Poco importa que estuvieran desnudos, que enseñaran lo que todos tapamos en sociedad, que jugaran al sexo y a la muerte para representar lo que somos: humanos que para nacer usan el sexo y para morir usan la vida. Los cronistas pacatos que se escandalizan a sueldo harían bien en rascar la superficie y mirar libres de imperativos morales trasnochados.

Y dicho esto, sí, ‘Mount Olympus’ ha sido lo que prometía ser: el acontecimiento teatral de la temporada, casi del siglo si me apuras, con permiso de ‘La trilogía de los dragones’ de Robert Lepage, ‘La barraca’ de los Hermanos Forman (ojo, que estos estrenan en el Matadero la semana que viene) y ‘La casa de la fuerza’ de Angélica Liddell. Otros tendrán, con toda razón y legitimidad, títulos distintos en su olimpo particular, pero estos son los míos. Lo de este fin de semana en los Teatros del Canal ha sido mucho más que una obra de teatro de 24 horas. Ha sido la comunión perfecta y profunda entre los que hacen el teatro y los que lo miran. Ha sido la ocasión idílica para la hermandad. Y siento decir que esto último solo lo entenderán en su totalidad los que estuvieron allí.

 

La expectación se venía rumiando durante la semana en las conversaciones y en las redes sociales. Las entradas estaban agotadas desde el verano pasado. El viernes por la mañana nos preparábamos como para ir de campamento o de festival, llenando la mochila de ropa, cojines, mantas, neceser, frutas, chucherías, bebidas… La organización y la logística por parte del recinto era perfecta, pero eso no impidió que la obra empezara casi 20 minutos más tarde de lo esperado. Y empezó con una escena en la que un tipo hablaba con la cara pegada al culo del otro y este repetía lo que decía el anterior. ¿El orá-culo? Es posible (chiste que tomo prestado de una buena amiga).

A partir de ahí se sucedieron las esencias de las 33 tragedias griegas conservadas destiladas a lo largo de 14 capítulos y tres descansos, también llamados “horas de dormir”. Sí, hubo tuerquin, fisfaquin y perreo en el más amplio sentido de la palabra, pero qué queréis que os diga, el teatro es un pacto de mentiras que el escenario firma con la platea. Para mí lo importante es la belleza y la poesía y para llegar a ellas el artista dispone de multitud de herramientas, todas legítimas. Lo importante es que Fabre quiere dinamitar la tiranía del tiempo, poniendo al límite a sus intérpretes y al público. El que quiso se fue a dormir a casa (unos volvieron y otros no) o a las salas habilitadas para el descanso. Otros, como yo, dormitábamos en la butaca y los sueños se mezclaban con ecos de Fedra, Hipólito o Hércules. Cada cual elige. Yo elegí perderme a Electra para comer tranquilo y caminar un rato en soledad mientras casi todo el mundo estaba dentro. Y así fueron pasando las horas.

A medida que se acercaba el final, empecé a sentir ya su cercanía y, con ella, una cierta nostalgia prematura de lo que estaba viviendo. Con Medea sentí que estaba alcanzando la cumbre y la sangre hervía a pesar del cansancio con Ayax y con Antígona. Y en estas apareció Dioniso bañado en dorado para levantar a todo el patio de butacas, que no dejó de saltar, gritar, aplaudir, jalear, corear, enloquecer en definitiva, durante la última media hora de función y durante los 20 minutos de aplausos posteriores a la rúbrica que sellaba la vivencia: “Recupera el poder. Disfruta de tu propia tragedia. Respira, solo respira. E imagínate algo nuevo”. ‘Mount Olympus’ ha sido mucho más que un espectáculo. Es una obra radical. Y como dijo una vez Rodrigo García, “hay esperanza en las obras radicales”.

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