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Por qué detesto 'Cincuenta sombras de Grey'

Cincuenta sombras de Grey

Admito que todavía no he tenido ocasión de ver 'Cincuenta sombras liberadas', el muy cacareado clímax de una saga de películas que me parece, desde el primer minuto, una solemne vergüenza. Pero nada invita a pensar que vaya a ser mejor que sus predecesoras. Las entradas para el estreno se pusieron a la venta el 3 de enero, como parte de una operación de marketing que sigue intentando que este infame producto sea un acontecimiento como, qué sé yo, 'Los odiosos ocho' de Tarantino. Por fin llega a nuestras pantallas la tercera adaptación de las novelas de E.L. James y yo empiezo a derramar bilis.

1. Sexo que aburre. Os habrán dicho que esta es una historia lúbrica, donde abunda el sexo extremo, el bondage y otras prácticas de catre retorcidas. No os lo creáis. Siempre he pensado que 'Cincuenta sombras de Grey' es el fenómeno Corín Tellado de nuestros días, tres volúmenes de novela rosa con alguna escena subida de tono para desinhibir los deseos ocultos de la clase más púdica. Las películas van de atrevidas, pero lo cierto es que son de un puritanismo que abruma, como si las hubieran pensado a todas luces para evitar el sello del no 'apto'. Lo más tórrido que hemos visto son cuatro azotes mal dados y una secuencia de coito en la ducha en la que los personajes ni siquiera se quitan la ropa.

 

2. Un amor descafeinado. No es que al cine el asunto del BDSM le resulte completamente ajeno. En el año 1978 Nagisa Oshima dirigió 'El imperio de los sentidos', una cinta de culto ambientada en los tiempos del Japón feudal, sobre un hombre y una mujer encerrados en un dormitorio poco aireado en el que se entregaban al vicio de la carne por métodos fantasiosos y brutos. Mítica es la escena en la que él coge un huevo duro y se lo mete a ella entre los pliegues del sexo, hasta las profundidades del útero. Se me ocurren otros títulos, como 'Portero de noche' o la porno de Lars von Trier, 'Nymphomaniac'. 'Cincuenta sombras de Grey' no tiene nada que ver con estos casos. En realidad es una historia de amor insulsa, como las de las novelas de Federico Moccia. Y ya.

3. Moralismo retrógrado. Pero el problema no es solo que 'Cincuenta sombras de Grey' sea un fiasco calvinista que no ofrece lo que promete. El problema es su moralismo reprimido y adoctrinante, y ese discursito sobre el bien, el mal y la culpa que a mí me pone los pelos como escarpias. Hay muchas personas en el mundo a quienes les gusta el BDSM, hombres y mujeres por igual, y no son enfermos. Preguntadle a algún miembro de la comunidad practicante qué opina del flaco favor que les hace esta película y seguro que monta en cólera. El hecho de que las preferencias sexuales de Grey estén estrechamente ligadas a una infancia traumática me parece de juzgado de guardia. Parece pensado por la misma gente que cree que la homosexualidad la cura un psiquiatra.

 

4. Encima es machista. No os engañéis, el problema de Grey no es que le vaya el sado. Su problema es que es un millonario arrogante que no se harta jamás de recordarnos que gana unos 25.000 dólares cada quince minutos. Eso, y que va por la vida buscando a una Cenicienta con la ropa hecha jirones a la que convertir en princesa con la ayuda de su poderoso talonario. Y el problema de Anastasia no es que se enamore de Grey por sus fantasías. Eso, en realidad, hubiera sido el comienzo de un bello romance, como en 'Secretary'. El problema de Anastasia es que se deja deslumbrar por ese mundo de apartamentos lujosos, jets privados y caprichos de clase alta, y se pone al servicio de un macho dominante que solo sabe hablar en modo imperativo, en la cama y fuera de ella.

5. La redención del niño maltratado. En este punto, 'Cincuenta sombras de Grey' me pone realmente malo. Esas ínfulas evangelizadoras, esa chica piadosa que no sabe levantar la voz y que obedece como un perro, ese niño torturado con el pecho lleno de quemaduras de cigarrillo... Todavía no he visto la tercera entrega, pero en mis peores pesadillas aparece un desenlace en el que damos con un Christian Grey que habrá exorcizado el demonio de la indecencia y que, por virtud del amor piadoso de esa mujer abnegada –o boba, según se mire– que es Anastasia, estará listo para su reinserción en la sociedad, donde practicará el sexo cual hombre macho y cristiano que sabe satisfacer su libido con la sencilla eficacia del misionero. El obispado dormirá tranquilo. A mí, qué queréis que os diga, me parece un peligro.  

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