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Montaña artificial del Parque del Retiro
Aytto. de Madrid

¿Sabías que en el Retiro hay una montaña artificial?

Fue un capricho del rey Fernando VII, y hoy alberga una sala de exposiciones

Dani Cabezas
Escrito por
Dani Cabezas
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Quien haya pasado por la esquina de las calles Menéndez Pelayo y O'Donnell seguro que se ha dejado cautivar por la pintoresca montaña que se puede observar en el interior del parque del Retiro. Bañada por una sinuosa cascada, es uno de los rincones más singulares del parque. 

Lo que no todo el mundo sabe es que se trata de una montaña artificial. Una estructura que nació como fruto de un capricho del rey Fernando VII, que delimitó el uso público del parque para poder contar con una parte dedicada a su disfrute y el de su familia. 

Montaña artificial del Parque del Retiro
Daderot

Las obras se iniciaron en 1817, cuando Fernando VII nombró director del jardín a Bernardino Berogán para darle a distintas estancias del parque una inspiración romántica, tomando como ejemplo el Pequeño Trianón del Palacio de Versalles. En el proyecto se incluyeron diferentes edificaciones proyectadas por el arquitecto real Isidro González Velázquez, como la Casa del Pescador, la Casa del Contrabandista, la Casa del Pobre, la Casa Rústica o Persa, la Pajarera, la Casa de Fieras, el Embarcadero del Estanque Grande o esta montaña artificial.

Con su frondosa vegetación, la montaña ocultaba una gran bóveda. En su cima hubo un templete de inspiración oriental, ya desaparecido, del que se conserva la base y que servía de observatorio. Pero quizá lo más atractivo del lugar es el riachuelo y el estanque, que originalmente estuvo habitado por peces y gansos, así como sus cascadas. La principal de ellas está adornada con la cabeza de un león de yeso.

La montaña artificial del Retiro es conocida también por los madrileños como como Montaña de los Gatos. ¿El motivo? Durante mucho tiempo, algunos madrileños se deshacían de sus gatos dejándolos ahí. La construcción ​fue restaurada en los años 80 para ubicar en su interior una sala de exposiciones.

Los madrileños que ya tengan unos años recordarán, a buen seguro, la anécdota ocurrida en 1957. Aquel año, un experto en radiaciones electromagnéticas aseguró que el lugar escondía un tesoro enterrado. El Ayuntamiento autorizó las excavaciones, pero no encontró ni rastro del preciado botín tesoro. Sin embargo, el experto no iba desencaminado: años más tarde, en 1968, dos operarios que cavaban una fosa a escasos metros del lugar hallaron 59 monedas de oro con las efigies de Carlos III, Carlos IV y, sorpresa, el propio Fernando VII.

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