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Sara Mesa: "Hemos asumido que la política conlleva corrupción"

Hablamos con la escritora de ‘Cara de pan’, una historia muy incómoda, que ocurre entre los setos de un parque, donde una niña se encuentra a diario con un señor

Sara Mesa
©Alfredo Arias Sara Mesa
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Tras unos matorrales, una niña de 13 años que ha decidido que no volverá al instituto se encuentra con un hombre mayor de aspecto raro, tal vez un pervertido. Así empieza 'Cara de pan', la última novela de Sara Mesa, un 'pas à deux' ambiguo, siniestro, que ahonda en las cavernas donde mora el monstruo de la desconfianza y el prejuicio.

La novela pasa casi en un solo espacio, en ese rincón del parque donde los dos personajes se ven cada día a escondidas.
Quería crear una historia que sucediera fuera de campo, en un sitio cerrado. Lo que pasa fuera de este refugio se escucha de forma amortiguada, como el vaivén de las hojas. Es una especie de sitio sagrado, pero a la vez resulta transitorio, pues existe siempre la amenaza de que se vaya a acabar. Llegarán las lluvias de otoño, el frío. Se anticipa un invierno difícil.

Pienso en ese escenario como si fuera, por ejemplo, el arbusto tras el cual el pedófilo de 'M, el vampiro de Düsseldorf' mataba a la pequeña Elsie. ¿Hay algo en el lugar que propicia una sensación de sospecha?
La ambigüedad de esa relación es el sentido que alienta el libro. Pero lo más sorprendente es que en realidad no está escrita, sino que existe en nosotros mismos. El lugar en el que tiene lugar la acción trae aparejadas una serie de connotaciones, lo que decías tú, el bosque y el peligro. Pero es el lector quien las proyecta. La sospecha se formula en nuestra mirada, y somos nosotros quienes creamos unas expectativas sobre lo que tiene que ocurrir.

¿Dirías que la idea del prejuicio se encuentra en la raíz de esta historia?
El título, 'Cara de pan', sigue el modelo de 'Pelo de zanahoria' de Jules Renard, que trata de un niño pelirrojo con un apodo que le cae encima en modo imperativo. Eso dice mucho de nuestra sociedad. Parece que no nos quitamos de encima esa necesidad de psiquiatrizar lo que se sale de la corriente, de patologizar las conductas excéntricas y de crear, a muchos niveles, etiquetas para lo que escapa de la normalidad.

¿Te refieres al hecho de que un señor mayor no pueda ser amigo de una niña?
Te cuento una anécdota que creo que me rondaba por la cabeza mientras escribía el libo. Es de un amigo mío que tiene 50 y tantos años, prejubilado, que una mañana espléndida se va a un parque a pasear y se sienta en un banco. Está solo, no lleva ni un libro, ni el móvil. Ahí al lado, en los columpios, juegan los niños de una guardería vecina. Él los mira, porque le parecen graciosos. Al poco rato llega un agente de policía. Alguien ha dado la alerta.

En tus novelas siempre está presente la idea del delito y la infracción, de cruzar los límites de lo prohibido. ¿Es un trabajo consciente?
Entiendo la infracción como una transgresión de ciertas normas que desde mi punto de vista no son tan graves. Hemos asumido que la política conlleva corrupción, que los bancos roban dinero. En cambio, el hecho de que una niña como la de 'Cara de pan' falsifique un papel para burlar la burocracia y no ir a clase nos hace pensar que hay en ella una maldad congénita.

Pienso también en el ladrón de libros y lencería de 'Cicatriz'.
Sí, pasaba algo parecido ahí. Yo no quería alentar a nadie a robar, pero ese personaje tenía un planteamiento filosófico del hurto que por lo menos no me parece tan terrible como ese fallo sistémico que se produce en el reparto de funciones sociales, es decir, todos aceptamos que un expresidente retirado cobre más que la que limpia escaleras.

Toda falta implica un castigo. No es casual que en muchas de tus historias aparezcan colegios, profesores, alumnos.
He escrito bastante sobre qué suponen los sistemas educativos. Nacemos asilvestrados y nos van encauzando hacia una sociedad coherente y homogénea. A veces, a niveles absurdos. En 'Mala letra' había un cuento sobre la integración escolar que generó muchísima incomodidad. Era una historia real, que yo viví, y trataba de un chico tetrapléjico que asistía a una clase de educación sexual.

En ese libro también hablabas de cómo te corregían la manera de coger el lápiz, imitando la pauta de los cuadernos Rubio.
Me interesa recordar esa niña que yo fui, los pequeños conflictos que tenía. Por eso me identifico con la niña de 'Cara de pan'. A mí, como a ella, también me gustaba estar sola, era introvertida y detestaba que me obligaran a participar en actividades en grupo, a jugar a voleibol con otras chicas, que me dijeran que tenía que superar mis miedos.

Aparte de colegios, tus novelas transitan psiquiátricos, internados, geriátricos...
Son espacios artificiales donde se fuerza un contacto social, y donde hay un reparto del poder que dictará las normas, en círculo cerrado. De ahí saldrán situaciones de jerarquía, de abuso, de injusticia.

Esos conceptos ya estaban en 'Un incendio invisible', donde también había una niña, que iba descalza, escondiendo tesoros en el río.
Siempre he pensado que en 'Un incendio invisible' están los orígenes de las demás novelas que he escrito. Pero bueno, en todos mis libros estoy siempre dando vueltas buscando algo, y no siento que acabe de encontrarlo. Cuando lo encuentre, tendré que parar, pero por el momento sigo escribiendo. No sé si evoluciono o involuciono, pero para mí la escritura tiene que ser dinámica, un movimiento continuo.

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