Arte

Teatro, Comedia
3 de 5 estrellas
Arte
©Vanessa Rabade

Autora: Yasmina Reza. Director: Miguel del Arco. Intérpretes: Roberto Enríquez, Cristóbal Suárez y Jorge Usón.

Hace más de dos décadas que la escritora francesa Yasmina Reza reventó los cimientos de la amistad entre hombres con este triángulo dramático en torno a un cuadro en blanco. El mismísimo Sean Connery produjo el primer montaje inglés de la obra y en España siempre la han acometido elencos solventes, aunque la primera vez ha quedado encuadrada casi en la categoría de mito, pues el combate entre Flotats, Hipólito y Pou (Teatro Marquina, 1998) fue de órdago.

El montaje de Miguel del Arco que ahora puede verse en Madrid no tiene nada que envidiar a sus predecesores. Ritmo y cadencia justos, equilibrio entre lo dramático y lo cómico, entre lo grotesco y lo filosófico. Una escenografía más simbólica que realista, más al servicio de la evocación que de la identificación, con predominio de tonos grises en la plástica general de la obra rotos solo por dos ejemplos fugaces de otros estilos artísticos que van de lo figurativo al pop art. El arte sigue ese camino que va hacia la nada (el cuadro blanco), siempre con la intención de autodestruirse y luego reinventarse o renacer. La amistad no es menos, también se agota a fuerza de convertirse en convencional.

‘Arte’ es un tratado sobre la mirada, sobre mirar al amigo, a la amistad, quizás el modo de relacionarse más puro entre seres humanos, puesto que obedece a leyes de libre elección, y sobre mirar el arte, que es aquello que más nos acerca a la divinidad y más nos aleja de la animalidad, pues es lo que creamos para explicarnos y para epatarnos. Si un amigo no sabe mirar igual que tú una obra de arte, sientes tu amistad en peligro. Y eso es lo que les pasa a Sergio, Iván y Marcos (Suárez, Usón y Enríquez, respectivamente).

Todo esto se ve y se disfruta, pues hablamos básicamente de una comedia, aunque pelín rebajada por Miguel del Arco con unas gotas de veneno. Por eso entra más áspera que de costumbre. En esos dos extremos, lo cómico (incluso patético, en el buen sentido) y lo agrio (agrio por principio de putrefacción), están Jorge Usón (qué gran cómico, qué gran payaso torpe y tierno) y Roberto Enríquez (qué paleta de colores tiene, oye). Y en medio, el que para mí se lleva el gato al agua, en lo interpretativo: Cristóbal Suárez, que no deja de ser el desencadenante de todo, el centro sobre el que orbitan los otros dos, y ese lugar lo defiende el actor con aplomo y sin fisuras. Es el pálpito de toda la obra, el latido que la mantiene viva.

Por Álvaro Vicente

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