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Blanca Portillo
©Alfredo Arias

Blanca Portillo: "Todos los personajes me han dejado cicatrices en el alma"

Con un ramo de flores en las manos, la actriz interpreta a la señora Dalloway en el Teatro Español. Está convencida de que esta experiencia le cambiará la vida

Por Josep Lambies
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"La señora Dalloway dijo que ella misma se ocuparía de comprar las flores". Así es cómo empezaba la novela de Virginia Woolf. A Blanca Portillo, las flores se las hemos llevado nosotros. Para la ocasión hemos escogido un ramillete de mimosas, que en Italia es tradición regalar a las mujeres cada 8 de marzo. A todo esto, hoy hablaremos de teatro, sin rodeos, empezando por la Mrs. Dalloway que lleva al escenario del Español bajo la dirección de Carme Portaceli.

¿Cuándo leíste La señora Dalloway por primera vez? ¿Ha sido una novela importante en tu vida?
Se está convirtiendo en un texto importante ahora, mucho más de lo que pensaba. Siempre he tenido una relación estrecha con Virginia Woolf, que es un referente, más aún si eres feminista. Recuerdo que la película de 'Las horas' me dejó muy tocada. ¿Por qué aparece ahora en mi vida? Es algo que me pregunto. Los personajes siempre me llegan de manera sorprendente. Yo no los busco, son ellos los que vienen a mí.

¿Cuál es tu hipótesis?
Ahora mismo, Clarissa Dalloway es un personaje que necesito hacer, que debo hacer. Porque me obliga a mirar una parte de mí que me interesa mucho explorar. Es una mujer en la madurez, como yo, que tiene una gran conciencia de sí misma, de su intimidad, de su mundo interno, y vive en la defensa permanente de su ser, de lo que necesita, siente y piensa. Yo la imagino ahí, sentada en una silla, esperándome. Estoy dispuesta a sumergirme en esas aguas procelosas. Creo que tengo cosas que ofrecerle. Y ella a mí.

¿Te da miedo?
Da vértigo. Emocionalmente va a ser fuerte, porque en lo hermoso de la obra se ocultan grandes ríos, con mucho caudal. Intuyo que voy a salir de aquí cambiada. Todos los personajes son sanadores.

La novela funciona como un raudal de conciencia, en el que el presente se funde en el pasado. ¿Cómo se traduce esa prosa torrencial en el teatro?
Tal cual. En 'La señora Dalloway' hay un tiempo inexorable y ella está en sintonía con eso, con la idea de la vida que pasa, y también con ese otro tiempo estable dentro de ella que son sus recuerdos. Hay una búsqueda constante de belleza, incluso en la idea de la muerte. Porque ella convive con la posibilidad de la muerte, de cortar el hilo. Y es muy actual. La versión que ha hecho Carme Portaceli transcurre a día de hoy. Ves a la señora Dalloway con un móvil en las manos y funciona.

Es la primera vez que te enfrentas a un personaje de Virginia Woolf. ¿Te hubiese gustado hacer, por ejemplo, 'Orlando'?
Da la casualidad de que en un momento de mi vida 'Orlando' se cruzó en mi camino y pasó de largo. Ya nos veremos en el futuro, cuando tenga que ser.

¿Qué ocurrió? ¿Por qué no llegó a cuajar?
Fue no hace mucho. Me lo propuso Lluís Pasqual, justo después de hacer 'El testamento de María', que era un monólogo. Lo que él me ofrecía era otro monólogo, y yo había visto que la idea de estar sola en un escenario no me gusta nada.

Aparte de que 'El testamento de María' era un texto tremendo y exigente. Imagino que debías de estar agotada.
Era un reto, porque se trataba de destruir un arquetipo, de transformar a la Virgen María en una mujer sin más, en una madre. Fue dificilísmo, porque consistía en vivir cada día la muerte de un hijo, que no es plato de buen gusto para nadie. Pero me enseñó mucho, porque era un personaje que se sentía culpable y asumía sus responsabilidades, convivía con sus errores y no echaba balones fuera. "Yo escapé y no le vi morir, no fui capaz de quedarme". Que alguien como ella confesara algo así...

¿Siempre hay algo de los personajes que te llevas contigo, incluso cuando se baja
el telón de la última función?
Sin duda. Los tengo a todos ahí, guardaditos, y los visito de vez en cuando, hablo con ellos. Cada uno me ha dejado unas cicatrices en el corazón, en el alma, en la vida, y unas heridas que luego se curan, pero ahí están las señales que no se borran.

Antes hablabas de desmontar arquetipos. Tú hiciste del príncipe Segismundo en el montaje de 'La vida es sueño' de Helena Pimenta. ¿Qué significó que una mujer hiciera ese personaje? ¿Era una manera de decir que los personajes son de todos?
Yo creo que sí, que desmontábamos la idea de que para hacer un personaje masculino se necesite un hombre. En Francia, cuando la representamos, alguien del público dijo que no entendía que hubiesen cogido a un chico tan gay para hacer de Segismundo. Supongo que no había leído el programa. En fin. Se trata de meterse dentro de un ser humano, más allá de las fronteras del género. El otro día un amigo me decía que mataría por hacer de Bernarda Alba.

¿Cómo es trabajar con Carme Portaceli?
Es una mujer muy valiente. Es como Virginia Woolf. Tiene convicciones, se arriesga y reivindica su derecho al error.

Vuelves al Español, donde hace un año dirigiste 'El ángel exterminador' de Buñuel. ¿Cómo lo recuerdas?
Exterminador. Y a la vez una aventura increíble. Yo también digo de mí que reivindico el derecho al error. Lo más duro fue tirar de las riendas de veinte actores que estaban todo el tiempo en escena. Recuérdame que no lo vuelva a hacer.

¿Cómo eres tú como directora?
Soy exigente. Porque creo que un director tiene que sacarte de tu zona de confort. A mí me pasa como actriz. A mí pónmelo difícil, porque si no me aburro. La mayoría de actores a los que he dirigido están encantados. Luego hay algunos que piensan que soy imposible, pero no pasa nada. Ya lo dice mi terapeuta: "Ay del día que no te despiertes con un enemigo más".

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