El tratamiento

Teatro
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El tratamiento

Autor y Director: Pablo Remón. Intérpretes: Ana Alonso, Francesco Carril, Bárbara Lennie, Francisco Reyes y Emilio Tomé

Aparte de subsistir, la razón de la existencia podría estar en contarle a otros cómo subsistimos. En el tiempo de las cavernas, probablemente era tan importante saber dónde y cómo cazar para comer, como contar a otros lo averiguado y experimentado para perpetuar la especie. Y así la humanidad progresó, contándose historias, fieles, adornadas o, directamente, inventadas, hasta este tiempo nuestro en el que vivimos rodeados de ficciones: ficciones literarias, ficciones publicitarias, ficciones políticas, ficciones televisivas, ficciones cinematográficas y ficciones teatrales que, como 'El tratamiento', le hacen un homenaje al arte de contar historias. 

Todos tenemos algo que contar porque todos tenemos una vida, unos recuerdos, una imaginación. Solo uno puede contar su propia historia, y vale la pena intentarlo. El personaje central de 'El tratamiento', Martín (impecable Francesco Carril dándole vida) es un pobre hombre empeñado en contar su historia, en su caso a través de un guion de cine, lo que le sirve a Pablo Remón (guionista de cine también él) para homenajear a esa profesión-semillero experta en alumbrar relatos que, quizás, un día verán la luz en imágenes filmadas. La historia de Martín son muchas historias, porque toda vida es caleidoscópica, y eso se refleja perfectamente en una obra de múltiples voces. 

También esa multiplicidad dice mucho de un personaje que deja que sean otros los que narren su vida (literalmente). La peripecia, con saltos espacio/temporales, avanza mecida en un amable tono de comedia (con lugares para el despiporre gracias sobre todo a las intervenciones de Emilio Tomé y Francisco Reyes), pero con ese regusto amargo que dejan siempre las obras de Remón. Ana Alonso y Bárbara Lennie tienen con sus varios personajes más zurrón de matices para lucirse y lo hacen. Aunque a mí lo que más me gustó de todo fue el juego espacial y de objetos a partir de la escenografía de Mónica Boromello, esa progresiva desaparición de elementos que termina con un panel vacío de fondo. Me hacía pensar en un corcho de guionista del que desaparece todo una vez se da por concluida una historia. Limpio de nuevo, dispuesto para un nuevo relato. 

Por Álvaro Vicente

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