Gon Ramos: "El sentido del arte está en el poder de transformación que tiene"

Hablamos con uno de los protagonistas de la escena Off madrileña, aprovechando que 'Yogur Piano' y 'Un cuerpo en algún lugar' coinciden en la cartelera teatral
Gon Ramos
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En la pequeña historia del teatro madrileño, los comienzos del siglo XXI serán recordados como los de la explosión de la escena Off, con hitos de gran calado como 'La casa de la portera', donde se bregaron dramaturgias hoy respetadas a gran escala como las de Alberto Conejero, Antonio Rojano y Paco Bezerra. Pero si hay una obra que reúne todos los ingredientes necesarios para retratar aquella época, esa es 'Yogur Piano': gente joven, creadores genuinos e incipientes, temas contemporáneos, riesgo asumido desde la precariedad, visión de futuro, intérpretes versátiles y muy bien formados y pasión ciega. 

Al frente de aquel grupo estuvo y está, como actor, autor y director, Gon Ramos, un tipo de mirada chispeante y sonrisa candorosa que, dos años después de aquella aventura, llega con esta obra al Centro Dramático Nacional. Su segunda obra, 'Un cuerpo en algún lugar', se repone en El Pavón Teatro Kamikaze tras agotar las entradas en su estreno el pasado mes de septiembre. 

Empecemos por el final, por ese cuerpo en algún lugar, una obra que habla de hasta dónde somos capaces de llegar en la búsqueda del amor. ¿Cómo has sido capaz de crear semejante maravilla solo con dos actores y dos sillas?
Pues tiene mucho que ver con esos dos actores precisamente, Luis Sorolla y Fran Cantos, que tan importantes son para mí. Ha habido como un amor, por muy cursi que suene, latiendo inevitablemente todo el rato. No ha habido ni asomo de conflicto, sin que por ello hayamos dejado de hablar de todo, de todas las inseguridades que surgían. Ha sido un proceso muy purificador artísticamente y esa energía se percibe. No estábamos aquí para hacer una obra no sé dónde, sin más, sino que estaba conectado con lo que yo creo que tiene sentido estando en el mundo del arte, que es el poder de transformación que tiene. Son dos personas diciéndole palabras al público en un acto puro, sin música, sin artificios, sin sorpresas. 

Además, el público es invitado desde el minuto a entrar en la ficción. ¿O es la ficción la que sale hacia él?
Eso tiene que ver con la propuesta que hacemos para contar la historia, una historia que yo claramente he deconstruido. Quise deshacer el puzzle de escenas para ver cómo esas asociaciones de escenas y de tiempos tomaban el poder de la obra. Por eso Luis, antes de empezar, se dirige al público y les dice: hola, soy Luis Sorolla y no sé cómo ordenar esta historia para contarla. Vamos a intentar contarla de esta manera, yo voy a hacer tales personajes. Yo estoy con ustedes y espero que ustedes estén conmigo. 

Pero hubo días que se generaron auténticos debates hasta el punto de retrasar el comienzo de la obra 5 o 10 minutos.
Sí, eso es maravilloso. Como Luis les habla de la búsqueda del amor, un día una señora dijo: vaya, qué idea más antigua del amor. Yo no dije nada, claro, porque estoy detrás, en la cabina con el técnico, pero pensaba: señora, esto es teatro, es una concepción poética de las relaciones, no estamos diciendo que hay que hacer esto o lo otro, ya sabemos que la pareja no es la única manera de vivir el amor, pero… este es el compromiso de este tío, que quizás parece un obseso, pero no deja de ser un estiramiento poético de lo que yo siento todos los días respecto al amor. Forrest Gump ahí es un gran referente. ¿Es verdad que estuvo corriendo sin parar un año, once meses y tal? Seguramente no, porque habría muerto, pero lo maravilloso es que tú puedes ver algo de ti en ese personaje tan aparentemente exagerado. 

¿Hasta qué punto 'Un cuerpo en algún lugar' es la evolución lógica de 'Yogur Piano'?
Lo es en el sentido de que en 'Un cuerpo en algún lugar' me interesaba más transitar el concepto de personaje, el concepto ficcional. En 'Yogur Piano' no está tan presente la idea de personaje. Y además, después de aquel proceso, eminentemente colectivo, aquí quería enfrentarme a la soledad de la lamparita y el ordenador y redescubrir el placer de escribir a solas, sin preocuparme de la dirección o de lo que se iba a poder hacer o no. 

Tú te formaste como actor, pero ¿desde qué momento sientes que integras en ti por igual al director, al autor y al actor? 
Desde 'Yogur Piano'. Yo lo era en potencia y en voluntad antes, no es que sucediera de pronto. Antes de irme a Argentina a estudiar teatro ya había dirigido en la universidad 'Bajarse al moro', donde estaba Nora Gehrig, la Nora de 'Yogur Piano'. Yo empecé estudiando interpretación en el Laboratorio William Layton y me fascinaba tanto la dirección que los profesores me echaban la bronca, me decían que tenía que decidir si actuar o dirigir. Allí tuve a mi primer maestro, Cipriano Lodosa, del que aprendí la mirada más precisa que yo he visto en alguien en mi vida, un nivel de observación insuperable. 

Pero fue en Argentina donde terminaste de modelar esa esencia de creador total, ¿no?
Es que allí estudié en Timbre 4 con Claudio Tolcachir y luego hice dramaturgia con Mauricio Kartún. Con semejantes maestros, cuando volví a Madrid tenía la necesidad de embarcarme en algo, de darme hostias contra la pared para ver qué significaba todo aquello que había aprendido. 

¿Cuánto tiempo estuviste en Argentina?
Me fui con 22 años, y volví con 25. Me fui de casa de mis padres a 10.000 km de distancia de golpe y me pasé un año sin verlos. Fue una madurez a marchas forzadas, tanto personal como artística. Hubo momentos de mucha angustia al principio, de decir qué coño es esto, quién soy, no entiendo nada… 

¿Cuál es la enseñanza básica que te dejó Tolcachir? 
Tiene una capacidad impresionante para escuchar nuestras inseguridades, miedos, bloqueos… Te dice: tranquilo, no pasa nada, y empieza a hablarte, te da la vuelta a algo que tú tienes muy claro, para que no lo tengas tan claro, y a partir de ahí la escena se da la vuelta contigo y es magia, es algo que yo no he visto en mi vida, este nivel de hablar casi de lo intangible, pero que luego va y ocurre.

Vuelves de Argentina y poco después montáis 'Yogur Piano'. Y al poco de estrenarse, era ya un fenómeno, todo el mundo hablaba de esa obra.
Lo del boca a boca fue un tsunami. A una semana del estreno ni teníamos el texto terminado y pensábamos que íbamos a hacer 3 o 4 funciones. Y después de la tercera, a los dos días, Marta Matute, una de las actrices, me manda una captura de pantalla con una conversación con Miguel del Arco. Ella le había escrito en plan: hola Miguel, no me conoces de nada, pero me gustaría invitarte a ver 'Yogur Piano'. Respuesta de Miguel: no me invites, ya tengo yo compradas las entradas para la próxima función. Yo pensaba que se había equivocado, te lo juro. Y así un montón, vino Alberto Conejero, Paco Bezerra, Alfredo Sanzol… gente que yo admiro tanto que me decía: esto no puede estar pasando.

¿Alguno de ellos te dijo algo que te haya quedado marcado?
Hubo una frase, que lo mismo no es para enmarcar, vale, pero para mí fue muy importante. Fue justamente de Alfredo Sanzol. Yo había visto poco antes su obra ‘La respiración’, que me había revolucionado artísticamente y destrozado profundamente. Eso era lo que yo quería hacer. Y vino a ver 'Yogur Piano', me esperó y cuando terminé se me acercó muy tímido y me dijo: hola Gon, soy Alfredo Sanzol, me ha gustado muchísimo, y me encantaría ver la siguiente. Algo tan simple para mí fue el mayor de los regalos. 

¿Dónde está el germen de 'Yogur Piano'? Porque así quizás entendamos todo esto tan fuerte que genera en los espectadores…
No me acuerdo bien, algo que vi en una obra o una peli, algo de una fiesta. Me surgió la idea de que yo llego a una fiesta donde no conozco a nadie y el anfitrión no aparece, nunca llega. Me parecía una situación muy guay para actuar: qué perspectiva de mí dejo ver con unos y otros, qué yo quiero ser hoy, qué yo horrible, qué yo maravilloso, qué yo fucker… Sobre esta base empezamos a improvisar y yo luego iba escribiendo monólogos para cada actor y los íbamos ensayando. Improvisábamos sobre una fiesta, ensayábamos monólogos que no sabíamos para qué iban a ser y practicábamos la canción 'Fjögur píanó' de Sigur Rós al piano a cinco manos. 

¿Así que el título de la obra es una deformación medio chistosa de la canción?
Pusimos el nombre de la canción al grupo de whatsapp, porque realmente era lo único que nos unía al principio, no teníamos idea de ser una compañía ni de tener un nombre. Y alguien dijo: suena a Yogur Piano, y me pareció tan marciano y tan bonito al mismo tiempo… Nunca jamás había escuchado esas palabras juntas. 

Cuántas veces te habrán preguntado qué significa ‘Yogur Piano’…
Todos los días después de la función. Lo típico: el piano sí, pero el yogur ¿dónde está? La siguiente cuál es, ¿cuajada trombón? Es la mitología propia de la obra, coñas inevitables. 

 

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