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Sílvia Pérez Cruz y Rocío Molina
©María Días Sílvia Pérez Cruz y Rocío Molina

Rocío Molina y Sílvia Pérez Cruz bailan a la vida

La bailarina y la cantante se unen en el escenario en ‘Grito pelao’, un espectáculo sobre el amor, la creación y el hecho de ser madre

Por Bàrbara Raubert
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Viscerales y auténticas, dos mujeres de órdago. Rocío Molina es una de las bailarinas del momento, residente del Théâtre National de Chaillot, y ahora actúa embarazada. Sílvia Pérez Cruz es una cantante que no tiene miedo. La asociación de las dos no puede ser sino explosiva. Y más teniendo en cuenta que lo que las ha unido es la maternidad.

En 'Grito pelao' (Teatros del Canal, entradas agotadas) habláis de deseos, de inseminaciones y de dolores femeninos muy íntimos, de los que no se suele hablar en público. ¿Es una reivindicación?
Sílvia: La obra nace del deseo de ser madre y del viaje que supone.
Rocío: La reivindicación es una lectura posible, pero más importante es compartir el viaje. Si los primeros meses no quería explicar que estaba embarazada, ni el tema de la inseminación, después bailarlo me ha sanado.

Es poner la vida en primer plano.
Rocío: No soy solo yo la que está gestando una vida. Juntas en el escenario, Sílvia y yo creamos una criatura que no conocemos todavía y que es más fuerte que lo que queríamos decir. El sufrimiento de la mujer o la fluidez del género forman parte de un planteamiento, pero nada de esto tiene más fuerza que lo que hacemos.

¿Cómo cambia tu cuerpo de bailarina mientras el vientre crece?
Rocío: El embarazo fue parar de golpe: te cambia la energía, los pechos no dejan de crecer, al hacer ejercicio los músculos se expresan con un dolor totalmente desconocido... ¡Es tan salvaje!

La conciencia de quiénes sois es clave para esta transformación del cuerpo de Rocío, y también porque intercambiáis roles, Sílvia moviéndose y Rocío con la voz.
Rocío: Hemos tenido que desaparecer, perder las formas y, del vacío, crear la masa madre. Sílvia: La idea de masa madre nos ha llevado a la dimensión del amor. Nos afectamos de manera mutua. Con las manos, con los brazos, hago movimientos que son suyos.

La madre de Rocío también aparece.
Rocío: Al principio le propuse que estuviera en el trabajo de mesa, por si podía aportar algo. Se lo tomó con tal profesionalidad que en las improvisaciones no podíamos creer lo que veíamos. Se lanzó sin pudor. Yo he necesitado 20 años de carrera para llegar aquí.

Ella será abuela, Sílvia ya es madre y Rocío está embarazada... Sois tres fases distintas de la maternidad.
Sílvia: Las tres somos mujeres fuertes y valientes, con historias que se parecen en muchos puntos. Pero yo entre la vida y el arte tengo la barrera puesta en otro sitio. Me alimento de la vida pero no la muestro. Y cuando veo su exposición me remueve.

Al ser madre se revive la propia infancia.
Sílvia: Aquí, en Grito pelao, me he propuesto moverme con el mismo compromiso que cuando canto, pero sin controlar la técnica, y eso comporta humildad y te hace volver a cuando eras pequeña.
Rocío: En la primera improvisación juntas nos salió comportarnos como niñas y hacer tonterías.

Esta obra es la imagen más clara de un arte efímero. ¿O es que la seguiréis haciendo después del embarazo?
Rocío: Es muy romántico decir que la obra morirá cuando aparezca la vida, ¿verdad? Pero es una obra muy viva. Tanto, que a veces perdemos el control.

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