Una habitación propia

Teatro, Drama
4 de 5 estrellas
Una habitación propia
©Diego Ruiz

Autora: Virginia Woolf. Versión y dirección: María Ruiz. Intérprete: Clara Sanchis

Lo terrible de 'Una habitación propia' es que parece haber sido escrito ayer. Esto nos puede dar una dimensión de la desquiciante lentitud de los avances feministas, de la fortaleza de las estructuras patriarcales y de las extraordinarias dosis de ilusión y lucha que conlleva cualquier pequeña conquista de las mujeres en este mundo concebido por hombres. Es sorprendente comprobar que las reivindicaciones de Virginia Woolf no diferían, en esencia, de las actuales. Y es muy oportuna esta revisión y adaptación teatral de María Ruiz; no es lo mismo saber que Woolf arengaba a las señoritas bien de su época para que ocupasen puestos de responsabilidad –y ya le parecía que iban despacio, “Hace nueve años que se aprobó el sufragio femenino, ¿a qué esperan?”, afirma–, a que un cuerpo y una voz como los de Clara Sanchís se lo espeten directamente al público del nuevo milenio, en un ejercicio de performatividad transhistórica que remueve y conmueve.

Y hace reír. Mucho. Aunque los primeros 20 minutos de función el espectador los viva desde la desorientación, a partir de que Sanchís-Woolf se mete en harina con el feminismo, empieza la fiesta. A Sanchís le resuenan todos y cada uno de los sarcasmos de Woolf, a nosotros nos resuenan todos y cada uno de los sarcasmos de Sanchís. La actriz nos maneja a su antojo y nos hace viajar por su línea de pensamiento mientras reímos, nos asombramos y, sobre todo, con la perspectiva que da la distancia histórica, nos fuerza a un ejercicio de empatía con nuestras antecesoras. Articula una genealogía hablando al presente. Proporciona pasado y explicaciones de futuro. Enraiza y cuestiona. La propuesta, sencilla en su puesta en escena, implica, sin embargo, para el espectador un ejercicio intelectual y emocionalmente complicado del que no va a salir indemne. Ni ellas ni ellos.

La austeridad de la escenografía es llamativa al principio, pero pasa a un segundo plano en cuanto el contenido y la auténtica apuesta toman el mando. Sanchís es colosal y destila inteligencia, al igual que la mano y el ojo de María Ruiz, una directora que firma con tinta invisible, pero que esconde en cada giro, en cada pausa, en cada gota de sudor impecablemente recogida por la actriz con su pañuelo, una propuesta y una solución cargadas de intención y de oficio. Ruiz, cuya trayectoria, en manos de un hombre, sería motivo de comer una y contar veinte, rubrica una pieza imprescindible para comprender el mundo en el que vivimos. Las batallas también se pueden ganar con humor, y 'Una habitación propia' derrota cualquier susceptibilidad contra el feminismo a base de la ironía de los datos y de la gracia intelectual.

Por Pilar G. Almansa

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