Bar Leo

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©Iván Moreno
Bar Leo
La Barceloneta

Las letras de Bar Leo llaman desde su traje de trazo inocente y grueso de un niño que aprende el abecedario mientras juega a la pelota. Y es esta grafía rotunda y naranja que se come el dibujo de una marina de aquellas que regalaban los basureros durante los días de Navidad a cambio de una voluntad forzosa. Leo, la propietaria del bar, rompe el maleficio de los días ordinarios con un concierto de vermut del domingo al mediodía que se alarga hasta la noche. En esta esquina bulle una rumba que está hecha de una felicidad de quinto y gramola donde la gente elige su canción a cambio de unas monedas y un parterre de pañuelos de papel, colillas y serrín. Arrimados unos contra otros, no falta nadie en la fiesta. Están todos, los del chándal reluciente, el chico con camisa nueva, el punki con cresta y su perro y las guiris rubias, que esta tarde toca la ruta de la auténtica Barceloneta. De las paredes cuelgan, como en un mausoleo de centro cívico, cientos de imágenes forradas con aironfix transparente para que nadie manche la memoria de Bambino, el rey trágico de la rumba flamenca. Las fotografías antiguas del rumbero y también  Leo llenan el firmamento arañado del bar. Ella, pequeña, vigila la clientela con unos ojos aún más pequeños, que conocen la fugacidad de la alegría. Y es en esta esquina donde los domingos reconozco a Leo con la misma emoción que veo uno de esos bares que ganan la lotería por la tele. El espumillón dorado sobre las botellas de Soberano, la máquina tragaperras y el cava helado del tiempo que hace que espera en el infierno gélido del frigorífico. Leo y su hijo miran a la cámara, exultantes, con el orgullo desdentado y la cafetera en marcha.

Nombre del lugar Bar Leo
Contacto
Dirección Sant Carles, 34
Barceloneta
Barcelona
08003
Horas de apertura Cada día, de 12 a 21.30 h
Transporte Barceloneta (M: L4)

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Alba J

Debe ser que el bar es famoso por su pintoresca dueña, la decoración o el espectáculo que allí se crea, porque en cuanto a la comida... Ir al Bar Leo a comer unas tapas es estropear el domingo. Entre congeladas y recalentadas, las tapas son el menú del bar que, a escondidas y con las manos sucias -de tocar vete tú a saber qué-, te van poniendo en el plato. Y no es que sea escrupulosa, es que están malas. Y además, caras. Ni calidad ni precio.


Para tomar unas cañas quizás vaya algún día. Pero eso sí, una vez haya comido en otro lugar en condiciones. Nada recomendable.