Viajar al pasado o al futuro es posible en el Centre Martorell d'Exposicions en la Ciutadella

El Centre Martorell d'Exposicions acoge ‘La invención del tiempo’, una exposición que nos acerca a los avances científicos y a las interpretaciones culturales que han intentado comprender este fenómeno tan abstracto y tan central para la vida humana
  1. 'La invenció del temps'
    Centre Martorell d'Exposicions | 'La invenció del temps'
  2. Centre d'Exposicions Martorell
    Photograph: Shutterstock | Centre d'Exposicions Martorell
Time Out en colaboración con Museu de Ciències Naturals de Barcelona
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Porque... ¿qué es el tiempo? ¿Cuál es su origen? ¿Cómo lo percibimos? ¿Cómo surge el tiempo en la mente de los humanos? ¿Podemos viajar al pasado? ¿Se puede predecir la historia? A partir de estas y otras preguntas, la exposición La invención del tiempo, producida por el Museo de Ciencias Naturales de Barcelona, nos invita a mirar uno de los grandes misterios de nuestra existencia desde la ciencia, pero también desde la filosofía y el arte.

El marco de esta experiencia no podría ser más idóneo: el Centre Martorell d'Exposicions, un histórico y emblemático edificio neoclásico recientemente rehabilitado en pleno parque de la Ciutadella. Situado justo al lado del Invernadero, este espacio arquitectónico de referencia se consolida como una sede cultural imprescindible en el centro de la ciudad, ideal para acoger un proyecto de esta envergadura.

Nada más entrar, la exposición nos sumerge de forma inmersiva: atravesamos un pasillo envuelto en imágenes del Big Bang que nos absorben desde el primer segundo. A partir de ahí, el recorrido se despliega en dos grandes mundos: el tiempo percibido y el tiempo construido. El primero nos lleva a escalas que van mucho más allá de nuestra vida cotidiana: el tiempo de la Tierra, el tiempo de la vida y el tiempo de la especie humana. Es aquí donde nos preguntamos de dónde viene el tiempo, qué nos explican los fósiles sobre el pasado, cómo han evolucionado los seres vivos o en qué momento los humanos empezamos a ser conscientes del paso del tiempo.

La segunda gran parte da otro salto: del tiempo que experimentamos al tiempo que hemos aprendido a pensar, medir e intentar predecir. En ella entran la cultura y los instrumentos con los que lo hemos ordenado, pero también cuestiones como la predeterminación, la relatividad de Einstein, la posibilidad de predecir el futuro y la teoría del caos. Dicho de otro modo: pasamos de los calendarios y los relojes a preguntarnos si el tiempo avanza siempre en una sola dirección, si transcurre igual para todo el mundo o si, conociendo perfectamente el presente, podríamos llegar a saber qué pasará mañana.

Y todo esto no se explica solo con paneles. La muestra combina dieciséis audiovisuales, cuatro interactivos, objetos de colección, réplicas, maquetas, ilustraciones y piezas creadas por artistas, en un relato en el que dialogan la biología, la evolución, la neurociencia, la física y las matemáticas con la filosofía, el arte, la literatura y el cine. Entre las piezas más atractivas se encuentran la Máquina del Tiempo, vinculada al universo de H. G. Wells, e incluso la icónica librería de Interstellar. Una escenografía de gran formato que convierte una pregunta aparentemente sencilla —¿qué es el tiempo? — en un viaje con muchas más respuestas, ¡y aún más preguntas! ¡Seguid leyendo, que os damos más detalles!

La escala vertiginosa del cosmos

¿Qué pasa cuando intentamos entender la historia del universo? La primera parte de la muestra nos lleva directamente al Big Bang, hace 13.800 millones de años, para plantear una de las grandes preguntas del recorrido: ¿cuál es el origen del tiempo? La física contemporánea nos obliga a abandonar la idea intuitiva de un reloj universal que siempre ha avanzado de la misma manera. Espacio, materia y tiempo forman parte de una misma historia cósmica y, cuando retrocedemos hasta los primeros instantes del universo, incluso la pregunta qué había “antes” se vuelve problemático.

Después, la exposición cambia radicalmente de escala y pasa del cosmos a la Tierra y a los seres vivos. Los fósiles y otros testimonios del pasado nos permiten reconstruir una historia marcada por la evolución y las extinciones. Cada organismo vivo es, en este sentido, también una especie de archivo del tiempo: el resultado provisional de una cadena evolutiva de miles de millones de años. Y la muestra juega con estas escalas tan diferentes, desde la brevedad de la vida de una mariposa hasta los ritmos mucho más lentos de la geología, para hacer visible una magnitud que a menudo nos cuesta imaginar.

Un cerebro con tiempo propio

El tiempo tampoco pasa exactamente igual dentro de nosotros. Una de las partes más reveladoras de la exposición entra de lleno en la neurociencia para explicar cómo el cerebro construye nuestra experiencia del pasado, el presente y el futuro. Una gran maqueta interactiva permite explorar las áreas cerebrales relacionadas con la memoria y la percepción del tiempo y entender por qué la sensación que tenemos del tiempo puede cambiar según lo que estamos viviendo.

La capacidad de imaginar el futuro es especialmente importante. El cerebro no se limita a almacenar recuerdos: utiliza la experiencia pasada para anticipar escenarios, planificar y tomar decisiones sobre cosas que aún no han sucedido. Esta mirada al futuro, junto con la memoria del pasado y la conciencia del presente, es uno de los ejes que el propio museo destaca en el relato de la exposición.

Y aquí la muestra entra también en un terreno especialmente humano: ¿qué pasa cuando este mecanismo se altera? El alzhéimer permite ver hasta qué punto memoria, identidad y tiempo están relacionados. Cuando se pierden los recuerdos, no desaparece solo información sobre el pasado: también se transforma la manera en que una persona se sitúa en el presente y construye su continuidad vital.

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¿Y si el tiempo fuera una ilusión?

La física todavía complica más las cosas. Durante siglos imaginamos el tiempo como una magnitud absoluta que avanzaba igual para todo el mundo. Einstein cuestionó esta idea: con la relatividad, espacio y tiempo quedan entrelazados y la duración depende del movimiento y de la gravedad. No existe, por lo tanto, un único reloj cósmico que marque el mismo “ahora” en todo el universo.

Pero entonces, ¿por qué experimentamos el tiempo siempre en una sola dirección, del pasado hacia el futuro? Aquí entra en juego otra de las grandes ideas que atraviesan la muestra: la flecha del tiempo y la diferencia entre unas leyes físicas que no siempre distinguen tan claramente entre pasado y futuro y un mundo macroscópico donde vemos que los procesos avanzan en una dirección determinada.

La pregunta por el futuro abre todavía otro problema. Si conocemos el presente, ¿podemos saber exactamente qué pasará? La teoría del caos nos enseña que incluso los sistemas gobernados por reglas deterministas pueden ser extraordinariamente difíciles de predecir, porque pequeñas diferencias iniciales pueden acabar generando resultados muy diferentes. Predecir no es lo mismo que determinar, y esta distinción pone límites muy concretos a nuestra capacidad de conocer el futuro.

Es en este punto donde la Máquina del Tiempo adquiere todo el sentido. Inspirada en la novela de H. G. Wells, funciona como un icono del deseo humano de superar estos límites y conecta ciencia, literatura e imaginación. La posibilidad de manipular el tiempo ha fascinado tanto a la física como a la ficción, y la exposición aprovecha esta frontera para preguntarnos hasta dónde llega lo que sabemos y dónde empieza lo que todavía solo podemos imaginar. ¿Sería posible construir una máquina para viajar al pasado o estamos atrapados para siempre en el presente?

El tiempo de la vida

Antes de los relojes ya había organismos capaces de sincronizarse con el mundo que los rodeaba. La muestra entra también en la cronobiología, el estudio de los ritmos biológicos que permiten a los seres vivos ajustarse a fenómenos periódicos como el día y la noche o las estaciones.

Esto ayuda a entender una de las preguntas más curiosas del recorrido: ¿pueden las plantas prever el futuro? No lo hacen, claro, como lo hace un cerebro humano cuando imagina qué pasará mañana, pero sus relojes biológicos les permiten anticipar cambios regulares del entorno. Una planta puede sincronizar procesos fisiológicos con los ciclos de luz y oscuridad y prepararse para condiciones que aún no se han producido. El “futuro”, visto desde la biología, adquiere así un significado muy diferente.

Y esta relación entre vida y tiempo lleva inevitablemente a otro límite: ¿la inmortalidad es posible? La evolución ha producido estrategias vitales y longevidades extraordinariamente diferentes, pero nacer, reproducirse, envejecer y morir forman parte de la historia de los organismos. La muestra utiliza estas diferencias para ampliar una vez más la escala: el tiempo de una vida humana es solo una de las muchas maneras posibles de vivir el tiempo.

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La invención del reloj

¿Cómo hemos pasado de mirar las estrellas para saber cuándo sembrar a vivir obsesionados por los minutos? La exposición explica cómo las diferentes civilizaciones necesitaron “inventar” el tiempo para organizar la vida en sociedad. A lo largo del recorrido veréis desde calendarios astronómicos antiguos y péndulos hasta sistemas de datación científica como el carbono-14, descubriendo la necesidad humana de medir, contar e intentar predecir el futuro.

Y todavía hay una cuestión anterior al reloj: ¿cuándo empezamos a ser conscientes del tiempo? La evolución humana fue acompañada de capacidades cognitivas que nos permiten conservar experiencias, anticipar necesidades y planificar acciones futuras. Las herramientas prehistóricas presentes en la muestra conectan precisamente con esta profundidad temporal: fabricar una herramienta ya implica, de algún modo, actuar ahora pensando en una necesidad futura. El tiempo humano no es solo lo que pasa; también es lo que recordamos, medimos y proyectamos.

Lecciones de un viaje fascinante

Salir de la exposición deja una sensación clara: nuestra relación con el tiempo es relativamente reciente y está llena de descubrimientos sorprendentes. Sorprende saber, por ejemplo, que la geología no se consideró una ciencia hasta el siglo XVIII y que, hasta entonces, la humanidad no tenía ni idea de la verdadera antigüedad de la Tierra. La muestra permite valorar la huella de grandes mentes como Newton, Darwin o Einstein, a la vez que nos hace tomar conciencia de nuestro propio lugar en la historia: ver cómo la línea evolutiva nos ha llevado hasta el Homo sapiens nos recuerda que, dentro del gran reloj del cosmos, nuestra existencia es un capítulo reciente pero apasionante.

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Un debate que continúa fuera

La invención del tiempo no se acaba cuando salís del edificio. El proyecto se completa con un amplio programa de actividades paralelas que convierten el museo en un espacio de debate accesible para todo el mundo. Encontraréis desde visitas comentadas por expertos hasta ciclos de charlas sobre ciencia y filosofía, pasando por itinerarios y talleres temáticos que conectan el contenido de la muestra con el propio parque de la Ciudadella.

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