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El director Andrew Stanton recupera la magia de la saga enfrentando a Jessie y los juguetes clásicos a la era digital

¿De verdad han pasado ya 30 años? Para una saga de animación que conectó directamente con nuestra nostalgia infantil desde el primer momento allá por 1995, enfrentarse a una nueva película de Toy Story se siente ahora como subir a una máquina del tiempo que te devuelve al momento exacto en el que viste la primera –una especie de metanostalgia para la que seguro que los alemanes tienen una palabra específica–. El pobre Woody ya tiene una zona calva en la cabeza y algo de barriga –aunque, de toda la banda original, solo él parece haber envejecido–. Bueno, él y nosotros.
Con muy buen criterio, Toy Story 5 –una entrega de ritmo ágil e imaginativa– se apoya en las mismas tensiones que alimentaron las tres primeras películas: el miedo a que los niños crezcan y los dejen atrás, y la paz que da aceptar cuándo ha llegado el momento de soltar. Los más cínicos señalarán que la propia Pixar tiene un problema similar a la hora de soltar su franquicia estrella. Y también apuntarán que introducir el miedo a la tecnología –encarnado aquí por una tablet llamada Lilypad (con la voz de Greta Lee)– resulta un poco hipócrita viniendo de un estudio tecnológico pionero que ayuda, precisamente, a mantener a los niños pegados a las pantallas.
Pero esta franquicia todavía tiene el poder de desafiar al cinismo. Llamadme blando, pero Toy Story 5 me ha devuelto esa sensación de asombro febril de la trilogía original. Una inmensa alegría por estar de vuelta en este mundo encantador, con sus maravillosos himnos de Randy Newman, su celebración de lo excéntrico, lo raro y lo directamente chiflado, y su gran corazón. Barbie nos hizo sentir empatía por un juguete; esta película lo consigue con una docena.
La mayoría de los juguetes y artilugios de las cuatro películas anteriores están de vuelta, incluyendo a Forky (Tony Hale), el motorista acrobático de Keanu Reeves, Duke Caboom, y el héroe de culto Combat Carl (Ernie Hudson). Woody y Buzz pasan a un segundo plano esta vez, ya que el guion de Andrew Stanton y Kenna Harris convierte a Jessie (Joan Cusack) en el juguete favorito de una Bonnie dolorosamente tímida... hasta que es usurpada por Lilypad.
"¡La era de los juguetes ha terminado!", grita aterrorizado un juguete con forma de cacahuete y disfraz de lucha libre llamado Dr. Nutcase –por favor, queremos un spin-off ya–, emulando a aquel Randy Quaid conspiranoico de Independence Day que berreaba sobre una invasión alienígenas. Y tienen toda la razón para estar preocupados, porque Lily no tarda en facilitarle a Bonnie nuevas amistades online, y el tiempo de pantalla pasa a ser a todas horas. Incluso la tecnología de primera generación, como el desternillante juguete para aprender a ir al baño Smarty Pants (un Conan O'Brien que se roba la función), está quedando obsoleta. El futuro ya está aquí y es recargable.
'Barbie' nos hizo sentir empatía por un juguete; esta película lo consigue con una docena
Este es el primer trabajo de Stanton como director en Pixar desde Buscando a Dory, y aporta el dinamismo y la energía que en gran medida le faltaron a Toy Story 4. Y vaya si se necesitan, porque la historia salta de una misión de rescate a otra a medida que varios juguetes se quedan aislados, varados o son directamente desechados. (Esta es la mayor cantidad de misiones de rescate que he visto en una sola película que no involucre a Gene Hackman y a un campo de prisioneros del Viet Cong). Mientras tanto, un escuadrón de Buzz Lightyears de última generación se pone en marcha para repetir algunos de los momentos clásicos de Toy Story, mientras el auténtico guardián espacial recupera un poco de aquel 'Buzz español' en sus esfuerzos por cortejar a Jessie.
Jessie, sin embargo, está ocupada intentando mantener la sonrisa de su humana y encontrando su propio camino para superar el miedo al rechazo. Un viaje que la lleva hasta otra niña solitaria, Blaze (Mykal-Michelle Harris), en una granja a las afueras de la ciudad. Y si estáis pensando que el fiel corcel Perdigón se va a cruzar con un caballo real y va a sufrir una crisis de identidad en toda regla, bueno, estaréis en lo cierto a medias. Los dos se convierten en grandes amigos, uno de los nuevos y emotivos vínculos que hacen que esta quinta entrega se sienta fresca.
El mensaje de encontrar un equilibrio entre lo analógico y lo digital, entre los juguetes de la vieja escuela y la tecnología, puede parecer un poco difuso para algunos. Pero el equilibrio parece la única solución a este dilema parental del siglo XXI, y tal vez al problema de Hollywood con las secuelas tardías–: explota tus viejas fortalezas, pero hazlo con un propósito oportuno. Toy Story 5 logra ese equilibrio a la perfección.
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