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Reseña
La nit de les tríbades, de Per Olov Enquist, és uno de los montajes míticos del primer Lliure, el de Fabià Puigserver. Nos sitúa en Copenhague durante el ensayo de una obra de teatro, La més forta, con la presencia del autor, August Strindberg, y su esposa, la actriz Siri von Essen, de quien se está separando. En medio de los dos, está Marie-Caroline David, la otra actriz del montaje, lesbiana reconocida y con una historia común con la pareja. Mientras intentan levantar la obra, Strindberg mostrará su peor cara: machista, déspota, lo que hoy diríamos un abusador de manual.
Oriol Broggi ha decidido repasar un texto que no se representaba desde que Lluís Pasqual lo recuperó la temporada 1999-2000, y lo ha hecho en un escenario nuevo para La Perla 29, el Teatre de Sarrià, un espacio precioso que se ajusta como anillo al dedo a su propuesta, con un tempo diferente al de aquel Lliure con Anna Lizaran, Quim Lecina y Muntsa Alcañiz. No tenemos ni una Maria-Carolina desatada, ni un August fuera de sí, ni una Siri con ganas de juerga. Respectivamente, Cristina Arenas, Joan Marmaneu y Clara Mir están mucho más contenidos. Nadie alza la voz: la guerra es psicológica, verbal, precisa.
La pieza de Enquist no ha perdido un gramo de actualidad
El reparto del Teatre de Sarrià lo completa Jordi Llovet, en el papel de Viggo Shiwe, un ferviente admirador de Strindberg que probará en carne propia su mala leche y la falta de escrúpulos.
Lo más sorprendente de todo es que la pieza de Enquist no ha perdido un gramo de actualidad. En el contexto de los 70, que un autor sueco disparase contra el gran padre del teatro sueco contemporáneo, para tratarlo de bestia, tuvo un impacto importante. Hoy, los insultos de Strindberg, todo lo que dice de las mujeres, nos queman en los oídos, pero no debemos olvidar que el mundo no ha cambiado mucho en un siglo y medio y que hay muchos hombres que piensan justo lo mismo que el autor de La senyoreta Júlia, que las mujeres son inferiores, manipuladoras, egoístas e incapaces de hacer nada sin un hombre al lado.
Broggi ha optado por una puesta en escena clásica tomando todo el teatro como escenario, no solo las tablas por donde se mueven actores y actrices, donde incluso ha colocado tres filas de espectadores. Quizás ha sido un poco conservador, el director. Sí, ha rebajado el tempo, la intensidad de la función, con un montaje menos físico que el histórico. Pero la clave está en el reparto, toda una apuesta. Acertada, sobre todo en los casos de Mir y Arenas.
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