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Reseña
Pau Vinyals debutó como autor con una obra, El gegant del pi, en la que buscaba los trapos sucios de su genealogía familiar justo en el momento en que decidía, con su pareja, la escenógrafa Judit Colomer, tener un hijo. Un gran ejercicio, tanto a nivel escénico como textual. Tendrament, pues, puede entenderse como la continuación de aquel proyecto, y la presencia en un rincón del hijo de ambos, proyectado en una pantalla mientras duerme, así nos lo podría confirmar.
Todo empieza con Colomer y Vinyals, en un escenario vacío, intentando montar una mesa de comedor. Enseguida vemos que él es el gracioso, el disléxico, el que carga las maderas. Y ella es la que ordena, pone las cosas en su sitio. Él es la figura pública. Ella la que se mantiene detrás. Durante buena parte de la obra, repetirán y ampliarán este esquema: una pareja joven que busca su lugar tratando de encajar su individualidad en este mundo dual.
Ya sabíamos que Vinyals es uno de los grandes actores de su generación. Colomer no se queda atrás
El problema aparece cuando se va repitiendo en bucle la fórmula y, mientras tanto, van apareciendo subtemas que enriquecen el punto de partida: los roles de género, el deseo, el lugar que ocupa el trabajo y el ansia de deshacerse de las fajas que los aprietan. Atan pocos cabos, cosa que convierte Tendrament en un montaje algo difuso y que se aguanta gracias a la personalidad de los dos intérpretes y a la verdad que desprenden. Ya sabíamos que Vinyals es uno de los grandes actores de su generación. Colomer no se queda atrás.
Es inevitable poner Tendrament al lado de clásicos como ¿Quién teme a Virginia Woolf?, Secretos de un matrimonio o de más recientes, como Cor dels amants, de Tiago Rodrigues. Incluso de aquel Sé de un lugar de Iván Morales. La diferencia, clave, es que Vinyals y Colomer nos están contando su propia historia, sus dudas, sus inquietudes.
'Tendrament' es una obra que, generacionalmente, funciona
A nivel formal, es impresionante cómo ambos, con una mesa y una silla, son capaces de ocupar el espacio, llenar con cuerpo y palabra muchos metros cúbicos de aire, incluso traspasar la cuarta pared sin ningún problema, sin incomodar al público, sin artificios. Pero quizás abandonan un poco demasiado la escena. Hay demasiados momentos en los que, literalmente, no están y es ahí donde el ritmo del montaje baja. La filosofía nos ha enseñado, en el último siglo, que un umbral es algo sagrado y que, cuando este desaparece, nos encontramos en un callejón sin salida: no es fácil salir de él.
Tendrament es una obra que, generacionalmente, funciona, que consigue que muchos espectadores se vean reflejados, que se agarren a ella, porque es inevitable buscar quién eres tú cuando hablan de ti, o de personas como tú, en tu presente o en tu pasado. Vinyals y Colomer, además, se meten en tu bolsillo y te acompañan durante horas, más allá de la hora y media de función. Pero hay una cierta pregunta que nos persigue: ¿de qué nos han hablado?
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