5 razones para ver la exposición 'Derain, Balthus, Giacometti'

La Fundación Mapfre propone un juego de diálogos entre tres grandes artistas del siglo XX
Isabel Lambert
Foto: ©North Carolina Museum of Art Isabel Lambert
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Decir que el mundo del arte es un laberinto enigmático suena a frasecilla estúpida de poetastro de tres al cuarto. Sin embargo, no deja de ser cierto. Desde el 1 de febrero hasta el 6 de mayo, la Fundación Mapfre acoge la exposición 'Derain, Balthus, Giacometti', comisariada por Jacqueline Munck (conservadora del Musée d'Art Moderne de la Ville de París), que dibuja un recorrido delicioso a través de la amistad entre estos tres artistas, empezando en los años 20 y terminando en los 60. A través de más de 200 piezas, que incluyen pintura, dibujo, escultura y alguna sorpresa más, la muestra nos propulsa hacia un diálogo en el que las obras de unos y otros se hablan e interpelan, en un juego estimulante y sensual lleno de voces que hacen eco en las paredes. Os damos cinco motivos para que no la dejéis pasar.

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Geneviève con manzana
Foto: © Thomas Hennocque

Nos acercaremos al Derain desconocido

Si por algo conocemos a Derain, sobre todo, es por su vinculación al fauvismo, ese movimiento que nace en el 1905 bajo el impulso de pintores como Henri Matisse, cuyos colores vivos y asalvajados teñían la realidad de una línea cromática impensable. Verdes, amarillos, morados. Pero hay un segundo Derain más crepuscular y sombrío. Es el Derain que después de combatir en la Primera Guerra Mundial regresa a París e inicia una segunda etapa de paleta menos eufórica, tal vez abrumado por la sangre y el lodo de las trincheras. En los años 20 pinta un bodegón sobrio en el que se ven tres peras partidas por la mitad sobre un fondo negro, como en algunas escenas de los maestros del flamenco. Balthus y Giacometti, ambos artistas de una generación más joven, descubren ese lienzo y quedan fascinados. Así se traba la amistad entre los tres.

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Los días felices
Foto: © Cathy Carver

Los artistas y sus modelos

A mediados de diciembre el Metropolitan de Nueva York anunció que no retiraría el cuadro 'Teresa soñando' de Balthus de su exposición permanente, después de recibir una queja con más de 10.000 firmantes que lo tachaban de escandaloso, y que por su valor impúdico pedían que no se volviera a mostrar jamás ante el público. Balthus siempre ha estado en la cuerda floja de la moral, por esos interiores burgueses en los que representa a muchachas adolescentes en actitud procaz, con la falda arremangada, las piernas descubiertas, las bragas a la vista. Como en esta obra, 'Los días felices', donde vemos a una niña mirándose en el espejo mientras un hombre con el torso desnudo atiza el fuego. Es una de las piezas que veremos en esta exposición, en una sala dedicada a la relación que los tres artistas tenían con sus modelos. 

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Figurines para 'Los Cenci', de Antonin Artaud

Figurines, decorados, farándula

Una de la salas del segundo piso de la Fundación Mapfre nos habla del vínculo que los tres mosqueteros del cartel tuvieron con el mundo del teatro. Balthus, por ejemplo, trabajó con Antonin Artaud diseñando el vestuario y los decorados para 'Los Cenci', la obra inaugural del teatro de la crueldad –en la imagen–. Derain también se involucró en el terreno de las artes escénicas, en 'La prueba del amor o Chung-yan' para el Ballet de Montecarlo, donde echó mano del imaginario oriental épico, y en un gran montaje de 'El barbero de Sevilla' –aparte de los figurines, veréis algunos de los trajes reales expuestos–. Giacometti fue, de los tres, el que tuvo un acercamiento más tímido: es el autor de una sola escenografía, el árbol deshojado, casi exiguo, de 'Esperando a Godot' que a principios de los 60 construyó en su taller por petición de Samuel Beckett. 

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El pintor y su familia
©Tate, Londres 2017, dist. RMN-GP / Tate Photography

El retorno a los clásicos

Una de las virtudes que Balthus y Giacometti admiraron de esas peras que Derain pintó a su regreso del frente fue el aire condensado de los maestros del pasado. A pesar de su carácter disruptivo, los tres artistas sostuvieron una relación muy íntima con distintas tradiciones pictóricas y escultóricas que los habían precedido. En 1926, Balthus pasó un verano en Arezzo haciendo copias de las obras de Piero della Francesca, de las distintas estampas de 'La leyenda de la Santa Cruz' y de 'La resurrección', buscando el gesto de luz y movimiento, la síntesis del color, más que el misterio iconográfico. Giacometti, a lo grande, estudió las líneas de la escultura etrusca y egipcia, e hizo una serie de bocetos en las tumbas de los Medici de Miguel Ángel, donde se encuentra 'El pensador'. Derain, fiel a sus influencias flamencas, nos legaría entre otras cosas una variación de un cuadro de Brueghel que representa la Matanza de los Inocentes en un paisaje nevado. Podemos verlo en la exposición. 

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El hombre que se tambalea
Foto: © RMN-Grand Palais / Mathieu Rabeau

El Angst, la náusea, el pánico

El tramo final de la exposición corta la respiración y te hace salir con una mueca de desasosiego. La angustia, la pesadilla, la sensación de vacío... En la última sala nos sentimos presas de un juego oscuro, macabro, que envuelve a los tres genios. Empezando por 'El hombre que se tambalea', este bronce de Giacometti esquelético, muestra de la desesperación anatómica que tan bien encarna el terror existencialista que en los años de entreguerras aflora en Francia. 'La falena' de Balthus, al lado, es una composición gobernada por una luz abrasadora, que parece que esté a punto de prender fuego al único personaje que habita el cuadro, y en el centro vemos el destello casi desaparecido de las alas de una mariposa dorada. Una maravilla. En esta sala encontraréis, también, la 'Gran bacanal negra' de Derain, una orgía femenina en la que los cuerpos de las mujeres se figuran como llamas huidizas en las profundidades del infierno. Te agarra por el cuello hasta asfixiarte.

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