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5 claves terroríficas de la nueva 'Suspiria'

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He aquí un asunto de alto riesgo. Luca Guadagnino, el aclamado director de 'Call me by your name', dirige una libre versión de 'Suspiria', la obra maestra del italiano Dario Argento, un relato de terror feérico estrenado en 1977 en el que había brujas satánicas, sangre anaranjada y una banda sonora que ponía los pelos de punta, y que transcurría en una escuela de baile. ¿Cómo ha resultado el experimento? El 'remake' de Guadagnino llegará a los cines el 5 de diciembre. Nosotros ya lo hemos visto y, sin destripar misterios ni sorpresas, aquí van nuestras primeras impresiones.

1. No tiene los colores del 'giallo'. Todo parece apuntar que, en realidad, la apuesta de Guadagnino era alejarse diametralmente de la 'Suspiria' de Argento, acuñar mitos nuevos, muy diferentes, y al mismo tiempo renunciar a su estilización del horror. Aquí no encontraréis los reflejos iridiscentes del 'giallo', ni cristaleras de colores, ni la fachada fucsia de la escuela de baile, ni el pañuelo morado de Jessica Harper que se agitaba en la tormenta con la que empezaba la cinta original. El paisaje que dibuja es el del hormigón del Muro de Berlín y el mármol brutalista de un edificio acorazado en el frío de una ciudad invernal que se hiela bajo el tacón de las botas. Y su protagonista, Susie Bannion, lleva un chándal gris raído.

 

2. Los dos pulgares de la bruja. En el papel de Madame Blanc, a quien Joan Bennett dio vida en la película de Argento con el rostro muy empolvado y un lunar pintado en la mejilla, encontramos a Tilda Swinton, vestida con una túnica marrón, el pelo lacio y los brazos blancos como las ramas de un árbol quemado, siempre con un cigarrillo encendido entre los labios. Se desliza sobre el suelo de madera como si flotara, incluso hay un momento en el que corre las cortinas de los ventanales como una bruja montada sobre la escoba. Sus pómulos son duros, cortantes, como piedras muy afiladas. Pero su fuerza maligna reside en esos dos pulgares con los que aprieta las muñecas y tobillos de sus discípulas.

 

3. El músculo es el infierno. Guadagnino concibe la danza como un acto macabro. El personaje de Susie (a quien interpreta Dakota Johnson con la cabellera rojiza, tal vez una lejana encarnación de la Moira Shearer a quien Michael Powell filmó en 'Las zapatillas rojas' en un flamígero Technicolor) nos aparece como un emisario de la muerte. Es brutal la escena montada en paralelo en la que la vemos bailando en el aula magna mientras, en otro lugar, una muchacha se retuerce entre gritos ahogados y crujidos, al tiempo que le van reventando todos los huesos, en una contorsión agónica que es angustiante, larguísima. Es como si los dos cuerpos formaran parte de la misma coreografía.

 

4. Los ecos de la historia. Aunque la idea tenía su potencial, Guadagnino es menos hábil cuando intenta radicar la magia negra en una especie de mal endémico de la historia. La escuela de danza es como una fortaleza llena de pasillos secretos, por donde el diablo anda de puntillas, pero a la vez llegan periódicos, se sintonizan televisiones, se comentan las noticias. Todo sucede en la Alemania de 1977, el año en que el FPLP secuestra el vuelo 181 de Lufthansa con dirección a Frankfurt. Se producen detenciones, cada noche estallan bombas en las calles y hay pancartas por todas partes. Por ahí circula un cuaderno que relaciona el clima político con las artes sacrílegas de la brujería.

 

5. Aquelarre a la hora del desayuno. En esa ciudad fría y convulsa, las brujas se reúnen por las mañanas alrededor de una gran mesa que huele a café muy cargado. Los copos de nieve como una lluvia de ceniza caen a través de los cristales. Dentro de la cocina vamos conociendo al elenco de hijas de Satán, con sus risas y sus gestos, en bata y camisón, encadenando cigarrillos y miradas siniestras. Ahí, Guadagnino crea una atmósfera sorprendente, familiar a la vez que letal, que es de lo mejor de la película. Casi hace que le disculpemos todas las torpezas que comete, incluido un final con mucha víscera que en su intento de parecer tenebroso solo consigue rozar el ridículo.

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