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Las 5 fotografías más impactantes de la exposición de Anthony Hernández

Anthony Hernández
'Los Angeles #14', 1973

Desde los suburbios de Los Ángeles, en un ambiente de jazz y cultura callejera, Anthony Hernández se ha convertido en uno de los fotógrafos americanos más afamados de las últimas décadas. De joven se codeó con Diane Arbus y Garry Winogrand, el gran reportero del Bronx, de quien se considera discípulo emérito. De hecho, él mismo se ha dedicado a fotografiar las zonas más lumpen de las ciudades californianas, los barrios obreros, los mendigos, el detrito urbano. La Fundación Mapfre le dedica una retrospectiva que recorre 45 años de carrera. Nosotros os damos las claves de su trabajo en cinco instantáneas.

1. El día que ganó una rifa. Hijo de inmigrantes mexicanos, criado en Aliso Village, Anthony Hernández cuenta siempre que pudo comprarse su primera cámara gracias al dinero que ganó en una rifa. "En aquella época había un concurso en el periódico de Los Ángeles en el que jugabas con tu número de la seguridad social. Mi madre puso el mío, sin decírmelo, y un día me despertó entusiasmada diciéndome que me había tocado, 125 dólares, que entonces era mucho". Las primeras fotos que tomó eran de un taller mecánico al lado de su casa. Restos de carrocería, herramientas de soldar, manchas de grasa y alquitrán.

2. El camino más largo para volver a casa. Sus fotos nos enseñan que es como un gato callejero, ágil y escurridizo, capaz de meterse en cualquier rincón. Desde una casa desahuciada con el precinto de 'cerrado por derribo' al rincón más oscuro del gueto más remoto. Empezó a despuntar a finales de los 60, con una serie de retratos que mostraban la ebullición de las zonas más populares de Los Ángeles, la vida de los inmigrantes, el día a día de la clase trabajadora y también los 'homeless' de la ciudad. Era todo aquello que quedaba a la sombra de Hollywood, al margen del paraíso californiano. Era el pulso de lo real.

3. Los Ángeles, ese gran plató. Empezó revelando sus fotos en un laboratorio 'amateur' que él mismo construyó en su casa y no dispuso de un estudio fotográfico hasta que ya era un tipo bastante célebre. Pero no le importó trabajar en precario, al contrario: para él, la ciudad le daba todo lo que necesitaba. Sus series más famosas tienen algo fortuito, espontáneo: paradas de autobuses abandonadas, cotos públicos de pesca, desguaces en los que se acumula la chatarra, el cemento, el asfalto... "Trato de convertir lo cotidiano en extraordinario", dice. Y lo cierto es que sus imágenes son de una belleza sobrecogedora, magnética.

4. El uso del color. En 1984, Hernández abandonó el blanco y negro que marcó toda su primera etapa y se lanzó al color en la serie 'Rodeo drive', tomada en las calles de Beverly Hills, lugar radiante y ostentoso donde triunfan el dinero y la vanidad. La impresión de cada imagen en 'cibachrome' le permitió recrear a brochazos esa atmósfera de moda y lujo, de gente rica y boutiques. Lo importante es que ahí inauguró una manera de trabajar que poco a poco le ha conducido hasta sus fotografías actuales, cada vez más abstractas, donde la forma humana ya no tiene lugar, donde solo queda el abandono, los escombros. 

5. A través de una plancha metálica. Un día, casi por azar, empezó a tomar fotos de la chapa de una parada de autobús, porque le gustaba cómo se reflejaban en ella las luces de la calle, esas figuras flamígeras fluctuando en el metal, donde el rumor de la ciudad se reducía a su mínima expresión. Le gustó tanto el efecto que le pidió a un amigo que le fabricara una pantalla metálica y desde entonces fotografía siempre sobre ella, modulando un reflejo insinuado del mundo real. Lo último que veréis en la exposición es una serie paisajista titulada 'Nevada and the west', homenaje a los trabajos del fotógrafo Edward Weston. 

 

 

 

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